Rebosas el llamado…

 

Rebosas el llamado
devuelves la tarde
hipnotizada de soplos

Retornas al agua
corres tras su voz
que te susurra

Resucitan las eras
todas al pie
de un verde nupcial

Mana la savia
una vez más el grito.
Tú avanzas en círculo

como un abrazo sin tiempo.

 

©Natalia Lara

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Un poema

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Azotas tu garganta

para no parir palabra

en el forjado humo…

 

 

 

Mayor te has hecho

bajo el polvo del futuro:

e   s    q   u   e   l   e   t   o           s   e     m     b     r    a     d    o

 

 

Atrás

los gases lacrimógenos

las rojas espadas

el tanque y el fuego

 

 

Si dormir en el lecho

de un desierto sin nombre

¿qué voz se escucharía?

 

 

Conduces hasta ti

retardando a la niebla

¡cuán larga es la hora del horno!

 

La retama florece

en un campo baldío…

 

Seguirás

total ausencia

d   e   v   o  r   a   d    a

 

Buscas a tu fantasma

 

                                                           en ti anida.

 

 

© Natalia Lara

 

 

 

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Foto: Martin Stranka

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La exclusa

 

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                     “En las hojas de mi cebolla

                                         escondo los peces

                                           que se alimentan

                                                   de mi alma”.

                                                 Yolanda Vale

 

 

 

Haz del instante el hallazgo

la sílaba escondida en areniscas

arroja lluvia en yermo espacio

descarría los ayunos

y las migas.

 

Cíñete a la protesta del verbo

quema la lágrima, o habítala

reviste de amor despertares

crisol que selle jubiloso

la dorada flor y su fatiga.

 

 

Arrástrate a los pies de los

[escombros

desdenes aniden las pupilas

estrangula el fuego y modela

la tierra del pecho blanco oliva.

 

Siembra de ofrendas a la Luna

mordisquea gozoso el hondo lecho

rimando los dedos de la brizna.

 

Que el golpe de tu lengua sea oleaje

en el cruce de piernas se derritan 

 

alvéolos                bocas                              

               muslos

 

y merodee tus puntos cardinales 

 

humedad                  la exclusa                                      

               humedad.

 

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©Natalia Lara

 

 

 

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Foto: cocinillas.es

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Elizabeth Schön y su palabra poética

 

 

 

 

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Al tocar el fuego se olvidan las ausencias

las distancias

aun el odio

el amor

así de rotunda su íntima condición, su ínsita presencia para

desahogo de lo infinito.

Mas

cuando se prende frente a nosotros y lo miramos por largo

tiempo pareciera que un velero hubiera desplegado sus

velámenes.

Así de flexibles son sus movimientos, sus elevaciones,

el instante en que se dobla, sucumbe, para verlo crecer lejos

como llegando a otra isla.

El Ser jamás es resistente, nunca es contrario al aparecer,

desaparecer.

 

 

 

*

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No teníamos necesidad de hablarnos.

Vivíamos

de lo que deponían nuestros ojos

después que se habían alimentado

con el ímpetu de la tierra.

Muy poco supimos de controversias.

Si surgía alguna

la arreglabas con tu dúctil vuelo

con la exactitud de tu cantar

llegando siempre con el sol

el atardecer, la noche.

¿Para qué

queríamos más?

Estaban tus andanzas

y ese constante ir y regresar tuyo

que traía consigo

lo más íntimo de lo íntimo

asentado en la gleba

la semilla

la amistad

el amor.

 

*

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Que la tierra gire y no se desmorone

es certeza de nacimiento

y de la entrada precipitada

de los vientos y los hombres.

Y se clama y se palpa.

Hay que dejar a la piel

que roce con todas las demás

así se descubrirán las vertientes

y el testimonio brindará la rectitud

del vértice poseyéndose íntegramente.

 

*

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   En un portón un niño juega con una perinola, su hilo ágilmente se dobla, se alarga, se curva, mientras el niño inmóvil, no ríe, no habla, permanece alerta el hilo que se estira, se encoge, forma una circunferencia que la claridad traspasa y el viento no destroza.

 

 

 

 

*

 

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—Lucía, mañana será otro día y es como si ambos nos dijéramos: mañana miraremos la hoja que hoy no pudimos contemplar, aquel grano que permaneció escondido debajo del almácigo de maíz.

—Pasada la noche, el sol alumbrará de nuevo, y volveremos a salir y admiraremos la ciudad donde  marchan los seres, a veces callados, a veces saludando, charlando, mas siempre sin detenerse.

—¿Recuerdas aquel hombre que con un saco de harina colgado sobre su hombro, escarbaba con un bastón roñoso, un montón de latas vacías? Ese hombre no hablaba. Harapiento, tenía una barba larga, oscura; los cabellos le cubrían parte de las orejas. La piel tenía la resistencia de un muro demasiado arcaico. Le hablamos y sólo nos miró. Nunca olvidaré el brillo de sus pupilas, era un brillo que reflejaba un dolor muy profundo pero que soportaba quieto, calmo, mientras removía las latas y un olor a brea se esparcía en el espacio.

   La noche comienza. ¡Mira la nube que envuelve la cima del Ávila! Allí, entre ella y la cumbre, ha asomado el primer lucero, en un lucero pequeño, un barco luminoso con forma de gota.

 

*

 

 

 

elizabeth schonElizabeth Schön (Caracas, 30 de noviembre de 1921)  Una de las poetas venezolanas más representativas del siglo XX. Realizó cursos de literatura en el Instituto Pedagógico de Caracas. Estudió filosofía en la Universidad Central.  Tomó cursos de Historia de la Música en la Escuela Nacional de Música. Publicó una prolífica obra poética: La cisterna insondable (1971), Concavidad de horizontes (1986), La flor, el barco, el alma (1995), Las coronas secretas de los cielos (2004), entre otros. Obtuvo el segundo premio en el concurso de teatro, Ateneo de Caracas, 1956; Segundo premio del concurso literario, mención teatro, Universidad del Zulia, 1966; Premio Municipal de Poesía de Caracas, 1971; y en 1994 el Premio Nacional de Literatura. Fallece en la ciudad capital en el año 2007.

 

 

 

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Pintura: Gordon Hunt

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Tres poemas de Anna Ajmátova

 

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V

 

HACE diecisiete meses que grito

y a la casa sin cesar te llamo,

que me arrojo a los pies del verdugo maldito,

que eres mi horror y el hijo que yo amo.

Todo se confundió por los siglos venideros

y ahora me es difícil descifrar

quién es una fiera, quién es un hombre verdadero,

cuánto la ejecución he de esperar.

Y sólo escucho incensarios distantes,

y sólo veo flores rozagantes

y, sin ir a parte alguna, huellas.

Y mira a mis ojos, insistente,

con amenazas de una muerte inminente

una enorme estrella.

 

 

(1939)

 

 

*

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El poeta

 

Miren qué clase de trabajo el mío;

llevar toda una vida sin cuidados

y robarle sus sones a una música

haciéndolos ya nuestros, bromeando.

 

Y al poner un alegre scherzo ajeno

en alguna que otra línea nuestra,

jurar que así gime el corazón apenado

entre esplendentes trigales y veredas.

 

Y luego sorprender del bosque los murmullos

que emiten los pinos, al parecer callados,

mientras se extiende por doquier, como el humo,

un vago cortinaje de neblinas, alado.

 

Tomo un poco de todo, sin escoger apenas,

ni sentirme culpable ni un segundo.

Algo recojo a veces de esta pícara vida

jovial. Y todo, del silencio nocturno.

 

(1959)

 

Traducción de Verónica Spassakaya;

Versión de Fina García Marruz 

*

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El último poema

 

Uno irrumpe, como el trueno,

alborotado por alguien.

Entra en casa, ríe, palpita,

gira, centellea, aplaude.

 

Nace otro en el silencio

de medianoche, venido

de no se sabe, murmura,

mira del espejo vacío.

 

Llegan otros, a pleno día

como si no me notasen,

suaves fluyen en el papel,

igual que un arroyo limpio nacen.

 

Otra vez, algo secreto

sin colores, sin sonido,

viene, cambia, serpentea,

y no se deja coger vivo.

¡Pero este! Saca sangre,

niña malvada, juventud, pasión,

y sin decirme una palabra

hace silencio alrededor.

 

Y no sé si haya partido.

Y no conozco desgracia mayor,

que su huir sin dejar huellas.

Sin él. . . voy muriendo yo.

 

(1959)

 

Traducción de Verónica Spasskaya;

Versión de Fina García Marruz 

 

 

anna_ajmatovaAnna Ajmátova (Odesa, 1889-Moscú, 1966). Seudónimo de Anna Andréievna Gorenko, quien al terminar su escolaridad básica, ingresa en la Facultad de Derecho de Kiev. Después estudia Filosofía y Letras en la Universidad de San Petersburgo. En 1903 conoce al poeta ruso Gumiliov, con quien se casa en 1910, permaneciendo juntos hasta 1918. Junto a Osip Mandelstam, Zenkevichy, Narbut, creó la editorial Acmé (palabra tomada del griego que significa la “cima”, la “perfección”, el “momento de mayor intensidad”) y con ellos fundó, en 1911, el Taller de los Poetas, el cual actuó hasta 1915 como lugar de reunión. De allí surgió Hiperborrea, la revista del movimiento, así como varios volúmenes colectivos de poesía y los primeros poemarios individuales de Ajmátova y de Mandelstam. En 1922 se casa con el orientalista Chileiko. En la trayectoria poética de Anna podemos distinguir El atardecer (1912), Rosario (1914), Bandada blanca (1917), Llantén (1921) y Anno Domini MCMXXI (1922).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Ilustración: Daria Petrilli

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Las cartas de Lemebel: Bésame otra vez forastero

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Carta 3

 

 

 

Santiago sur, marzo de 1994, 12 p. m.

 

   Amado:

 

   Por primera vez escribo esta palabra para dirigirme a usted. Lo hice sin pensar, como quien saca un casete al azar y encuentra la música precisa para esta hora de la noche, cuando los perros han dejado de aullar y la ciudad es una campana silenciosa.

   Me pregunto cuál fue el impulso que me hizo llamarlo de esta manera, tan cursi y sentimental. Usted comprenderá que hay palabras que no se pueden decir, porque son peligrosas. Palabras que nos traicionan cuando uno tiene que decir otras: ¿cómo estás? Hace frío. Mucho gusto, y esas chorradas que inventaron para comunicarnos.

   Sé que esta palabra lo puede incomodar, pensando si es verdad o sólo una gentileza que vuela por correo hasta su corazón. No importa, la verdad es un chispazo. Pensemos que en ese momento, sólo en ese momento, cuando yo escribía esa palabra, usted era el más amado del mundo, la púnica estrella negra en el cielo de las luces. Imaginemos que en esa ráfaga de tiempo puse mi vida a sus pies y usted no lo supo hasta leer esta carta. Y ese instante le servirá el resto de su vida para decir que alguien lo amó intensamente sólo un instante, un segundo en que usted se asoma en la baranda del forastero amor, sin conocerlo. Quizás estoy delirando al comunicarle estas impresiones, pero no puedo evitarlo, soy incorregible y no puedo cambiar. A usted lo llevaré donde vaya mientras dure su recuerdo, como una sombra pegada a mi sombra. Después, tal vez lo olvide, cuando mi corazón vagabundo ande en otra mirada tibia. Pero a usted quién lo llamara amado con la boca llena de plumas vivas. Quién lo pensara de esta forma demente, leyendo esta carta en el acuario de su pieza. Dígame, quién podría zambullirse en su pecho tan dulcemente al son de un ritmo fatal.

 

 

 

 

 

 

 

 


Pedro Lemebel, Adiós mariquita linda. Editorial Random House Mondadori, Colección Otras Voces.  Caracas, Venezuela, 2005.

 

 

 

 

 

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Foto: Paz Errázuriz

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La narrativa en María Eugenia Catoni

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Ars narrativa

 

 

Cuando me entrego a la ausencia de la nada me siento mejor equipada para actuar a tono con el universo. Desaparezco y surjo con mis relatos. Nace algo lúdico mientras asoman pedidos de mi necesidad interior. Estar vacía, olvidar la mente, olvidar el cuerpo, olvidar por qué lo hago. Queda allí la naturaleza del oficio y la esencia de hacer mi trabajo como arte.
Encontré un formato sin fin, allí puedo expresarme con recursos diferentes a mi soporte usual y utilizo materiales asequibles como una hoja en blanco con su tinta, fluido cautivador. Manan al respiro las ideas y reaparecen frases cargadas de memorias.
Fascinada por la dimensión de la palabra en verso, entré al mundo de la literatura. La poesía me brindó una perfecta transición por su ritmo y capacidad de síntesis. Al principio dudé en mostrar mis poemas y muchos archivados por años evolucionaron a imprevistas narraciones poéticas. Algunas de mis historias entrelazan el mundo de los sueños y la magia; flotan en un clímax de ficción mezclado con la cruda cotidianidad. Personajes no intuyen su existencia y añoran un pasado presente. Otros sucumben en libertad por el encierro de su ánimo espiritual.
Cuando rozo mi otro mundo, sus gritos me despiertan.

 

*

 

 

“Tric”

 

Desgarbado, torpe, lleno de morbosos y rebeldes pensamientos. Inevitables. Opresivos. Contenido en cuatro paredes las intenciones friccionan entre sí. Su imagen se refleja en un gran espejo cuadrado frente a él, y logra examinar con facilidad su rostro ajado, tembloroso, desaliñado y amargo. Escudriña cada movimiento de sus músculos faciales, mira su tez llena de surcos y protuberancias que hablan de una relación viciosa. No puede dejar de palpar en su bolsillo, ni es capaz de alejar ese soniquete maravilloso, producto del contacto de sus yemas con el lado oscuro y áspero de aquellas paredes. Tabiques desgastados de tanto uso, limpios de granos e inservibles, al punto de no producir más sacudidas. Chispazos tiranos, cómplices de su éxtasis. Vuelve a observar esos ojos que le critican de frente, saborea la tufarada piel agria y seca. Corteza que ha perdido la fortuna de lavarse orgias y festines cotidianos. Baja la mirada y sonríe al ver sus viejas botas negras, raídas de tanto zanquear el horizonte, con breñas hinchadas de dolores y aventuras. Bucaneras peregrinas de lo que hace mucho tiene sin saberlo y que, con cada gesto, lo transmite naturalmente. Hurga nuevamente el saquillo con sus dedos nudosos y marchitos. Tósigos, estropeados por el daño alucinífero. Soban continuamente con nerviosa rapidez. Escucha el tañido que paraliza su inteligencia y su cuerpo. Vencido dentro del cerco de colores blancos, negros y rojos. De pronto, en su mente se le revela un pensamiento y toma una decisión: ingrata, casi absurda para él, después de tantos años con su apego. Elimina el reventón habitual y, como una vulgar e inanimada cosa que nunca tuvo vida, ni brotes de descargas multicolores, ¡Lo lanza a la basura! Inmediatamente toma entre sus dedos un objeto cilíndrico, amarillo despojo, transparente, frío y calculador. Y en un “tric” produce un chasquido insolente que le devuelve a su rostro el brillo abrazador de “novia fiel”.

 

 

*

 

 

 

Invernadero de almas

 

Inesperadamente, una sensación de imágenes poderosas estremece el espacio. Un pájaro me mira desde su libertad y ríe. Sabe de mi mundo fantástico. Cueva de seres prehistóricos que hablan. No sufro de topofilia, estoy obligada a esto. Abismo de tiempo, floresta llena de depredadores y tú. Representas esa efímera figura en las sombras, goteando pacientemente miles de años. Conglomerado de huesos esparcidos en tu precioso y frágil lugar. Reinventas aires doblados y, sin embargo, se me perdió tu olor. Sólo quedan emanaciones de leña quemada, y todo perdió significado. Al salir veo huellas y no sé a quién pertenecen. Irracional premonición: saberme observada sin alivios sinuosos ni verdadero bálsamo. La luz nocturna enceguece y, aun así, el espíritu de mi mano sigue estas líneas, evocando invernaderos de almas y apariciones antagónicas. Nada reales.

 

 

 

 

 

 

 

MaEga

 

Nueva_imagenmaega_faunaurredMaría Eugenia Catoni (MaEga) Caicara del Orinoco. Actualmente vive en Puerto Ordaz, estado Bolívar, Venezuela. Desde hace más de 30 años desarrolla el Arte de la pintura, escultura, cerámica y manifestaciones afines. Ha participado en exposiciones nacionales e internacionales. Paralelamente incursiona en la Literatura. Ha realizado: Seminario de literatura latinoamericana: “Intertexto del Mestizaje y la Heroicidad en la literatura latinoamericana” con los escritores Denzil Romero y Carlos Brito (Icrea, Caracas). Talleres de literatura: Imagen y Creación (Alberto Hernández), poesía (Teresa Coraspe), poesía creativa (Juan Calzadilla); recibió talleres de creación poética y narrativa con el escritor y poeta Francisco Arévalo y con María Celina Núñez, Licenciada en Letras. Ha publicado sus poemas en diarios de circulación regional y nacional. Su primera publicación “Primer mordisco” de cuentos breves en forma de plaquette, fue presentada al público en Caracas por la editorial El Pez Soluble, en la Librería Kalathos, y en la ciudad de Puerto Ordaz en la librería Latina de Orinokia Mall.

 

.

 

Las fotografías y  los textos se encuentran bajo Copyright © María Eugenia Catoni – MaEga

El libro de Thel, por William Blake

 

EL LIBRO DE THEL

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Lema De Thel

¿Sabe el Águila lo que está en el foso

o irás a preguntárselo al Topo?

¿Puede la sabiduría encerrarse en un cetro

y el Amor en un recipiente dorado?

THEL

 

I

Las hijas de Mne Seraphim atendían sus soleados rebaños

con excepción de la más joven que, lívida, buscaba el aire

   secreto

para desaparecer como la belleza de la mañana de su día

   mortal.

A lo largo del río de Adona se oye su tierna voz.

De este modo cae su delicado lamento, parecido al rocío

   de la mañana:

“¡Oh vida de esta primavera nuestra! ¿Por qué se marchita

   el loto en el agua?

¿Por qué se marchitan estos hijos de la primavera, nacidos

   nada más que para reír y caer?

Ah, Thel es como un arco acuoso, como nube que se aleja,

como imagen en un espejo, como sombra en el agua,

como el sueño del niño, como la sonrisa en el rostro in-

   fantil,

como la voz de la paloma, como el día que huye, como la

   música en el aire.

Ah, dulcemente quisiera yacer, con dulzura posar mi cabeza

y dulcemente dormir el sueño de la muerte y escuchar

   dulcemente la voz

de aquel que pasea por el jardín al llegar la noche. ”

El lirio del valle que respiraba mezclándose con la humilde

   hierba,

contestó en estos términos a la bella doncella: “Soy un

  hierbajo acuoso y

pequeñísimo, a quien gusta morar en las tierras bajas.

Tan débil soy, que la dorada mariposa apenas puede po-

sarse sobre mi cabeza.

Sin embargo recibo visitas del cielo: aquel que a todos

sonríe pasea por el valle y cada mañana sobre mí extiende

   su mano

diciéndome: “Alégrate, humilde hierba, flor de lirio

   recién nacida,

gentil doncella de los prados silentes y de los modestos

   arroyuelos,

pues de luz te habrán de vestir y te alimentarás con el

   maná de la mañana:

hasta que el calos del estío te funda junto a las fuentes y

   los manantiales

para florecer en los valles eternos. ¿Por qué pues habría de

    quejarse Thel?

¿Por qué dejaría escapar un lamento la señora de los valles

   de Har?

Calló y sonrió entre lágrimas antes de sentarse en su altar

   de plata.”

 Repuso Thel: “Oh tú, doncella del tranquilo valle,

que das a quienes no pueden implorar, a los sin voz, a los

    exhaustos;

tu aliento nutre al cordero inocente que huele tus prendas

    lácteas

y cosecha tus flores mientras tú le sonríes a la cara

y limpias en su tierna y mansa boca toda mancha conta-

    giosa.

Tu vino purifica la miel dorada; el aroma

que derramas sobre cada hojita de hierba que apunta

anima a la vaca ordeñada y doma al corcel de llameante

    aliento.

Pero Thel es como desfalleciente nube que el sol naciente

   alumbra:

desaparezco en mi trono perlado. ¿Quién podrá hallar mi

    lugar?”

“Interroga a la delicada nube “reina de los valles”, repuso

   el lirio,

“y te dirá por qué resplandece en el cielo de la mañana

Y por qué siembra su brillante belleza en el aire húmedo.

Desciende, nubecilla, y ciérnete ante los ojos de Thel”.

Bajó la nube; el lirio inclinó su tímida cabeza

y fue a cuidar su extraordinario responsabilidad por la

    hierba verde.

II

“Oh, nubecilla”, dijo la doncella “te conmino a que me

    expliques

por qué no te quejas cuando en una hora desapareces:

pasada ésta, te buscamos sin oderte encontrar. Ah, Thel

se te parece:

me voy; y, aunque me lamento, nadie oye mi voz ”.

La nube mostró entonces su dorada cabeza y así surgió su

   llameante forma,

Flotando brillante en el aire ante el rostro de Thel.

“Oh doncella, ¿acaso no sabes que nuestros corceles beben

    en los manantiales dorados

donde Luvah renueva sus caballos? ¿Has contemplado mi

    juventud

y temes porque me esfumo y nadie puede verme?

Nada es eterno. Oh, doncella, te digo que al morir

me dirijo a una vida decuplicada en amor, paz y sagrados

   éxtasis.

Invisible bajo y poso mis alas ligeras sobre las olorosas

flores aromáticas

y seduzco al rocío de bello mirar para que consigo me

   lleve a su fulgurante morada.

La llorosa doncella temblorosa se arrodilla ante el sol que

   se eleva

hasta que nos alzamos, unidas por una cinta de  oro,

    para no separarnos más

y pasear juntas para llevar alimento a nuestras tiernas

flores.”

“¿Eso haces, nubecilla? Me temo que no soy como tú.

Paseo por los prados de Har oliendo las flores más fra-

    gantes,

pero no alimento florecillas; escucho las aves cantoras,

pero no las alimento: ellas mismas vuelan en busca de

   sustento.

Sin embargo Thel ya no le place esto, pues se va desvane-

   ciendo.

Y todos dirán: sin utilidad de desarrollo la vida de esta ra-

   diante mujer;

¿habrá vivido tan sólo para convertirse a su muerte en ali-

   mento de gusanos?

La nube se reclinó en su aéreo trono y así contestó:

Si has de ser mantar de gusanos, oh doncella de los cielos,

¡cuánta será tu utilidad! ¡Qué amplia tu gracia! Nada de

   cuanto vive

lo vive solo, ni para sí mismo. Nada temas, que llamaré al

débil gusano que en subterráneo lecho duerme, para que

  oigas su voz.

Acude, gusano del silente valle, junto a tu pensativa reina.”

El indefenso gusano asomó y se detuvo en la hoja del lirio.

La brillante nube voló para reunirse con su compañero en

   el valle.

III

Thel contempló con asombro al gusano en su lecho ba-

   ñado de rocío.

“¿Gusano eres? Tú, estampa de la debilidad, ¿sólo eres un

   gusano?

Te veo como un zagal envuelto en la hoja del lirio. Ah, no

llores, vocecilla, que si no puede hablar es capaz de llorar.

¿Es esto un gusano? Te veo, inerme y desnudo, llorar

sin que nadie te conteste sin que nadie te reconforte con

   sonrisa maternal.”

El terrón de arcilla escuchó la voz del gusano y alzó su ca-

    beza con generosidad.

Inclinándose sobre el infante lloroso su vida exhaló

en lácteo afecto; luego dirigió a Thel sus humildes ojos.

“¡Oh belleza de los valles de Har! No vivimos para noso-

tros mismos.

Ante ti tienes a la cosa más irrisoria, pues eso soy en rea-

   lidad;

mi seno está frío de sí mismo y de sí mismo oscuro.

Pero aquél que lo humilde ama, unge mi cabeza

y me besa, tendiendo sus cintas nupciales en torno a mi

   seno

a la vez que me dice: “Madre de mis hijos, te he estimado

y te  he regalado una corona que nadie te podrá robar.

Como es esto, dulce doncella, es algo que no sé y que

    averiguar no puedo;

reflexiono y no puedo reflexionar. Sin embargo vivo y amo.”

La hija de la belleza se secó sus compasivas lágrimas con su

   velo blanco

diciendo: “Ay, nada sabía de esto y por ello lloraba.

Sabía, sí, que Dios amaba al gusano y que castigaba al pie

   malvado

si por capricho hería su indefenso cuerpo; pero que le re-

   galara

 con leche y aceite, no lo sabía y de ahí mi llanto.

Al aire tibio lanzaba mi queja porque desaparecía:

Tendida en tu lecho yerto dejaba mi refulgente reino.”

“Reina de los valles”, contestó el trozo de arcilla, “he oído

   tus suspiros:

tus lamentos sobrevolaron mi techo y los llamé para que

    descendieran.

¿Quieres, oh reina, entrar en mi casa? Libertad tienes para

    penetrar en ella

y de volver. Nada has de temer. Entra con tus virginales

    pies”.

IV

El gigantesco guardián de las eternas puertas alzó la barra

    septentrional.

Entró Thel y contempló los secretos de la desconocida

    tierra;

vio los lechos de los muertos y e lugar donde la fibrosa

    raíz

de cada corazón terreno hinca su incansable serpentear.

Tierra de pesares y lágrimas, donde jamás se viera una

   sonrisa.

Erró por el país de las nubes atravesando oscuros valles y

   escuchando

gemidos y lamentos. A menudo se detenía al lado de al-

   guna tumba, bañada de rocío.

Permaneció en silencio para escuchar las voces de la tierra.

Por fin a su propia tumba llegó y cerca de ella se sentó.

Oyó entonces aquella voz del dolor que alentaba en la

    vacía fosa.

¿Por qué es incapaz el oído de permanecer cerrado a su

   propia destrucción

y el brillante ojo al veneno de una sonrisa?

¿Por qué están cargados los párpados de flechas a punto

    donde yacen el acecho mil guerreros?

¿Por qué el ojo se halló cargado de dones y gracias que

   siembran frutos y monedas de oro?

¿Por qué la lengua se goza con la miel de todos los vientos?

¿Por qué es el oído un torbellino anhelante que pretende

    envolver en su seno toda creación?

¿Por qué la nariz se ensancha al inhalar el terror, temblo-

   rosa y espantada?

¿Por qué un suave ondular sobre el muchacho vehemente?

¿Por qué una cortinilla de carne en el lecho de nuestro

    deseo?

La doncella dejó su asiento y, emitiendo un grito,

huyó libre hasta llegar a los valles de Har.

 

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Ilustración: William Blake – The Book of Thel

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Medea

 

 

 

“Mi mente está tramando
un crimen fiero, ignoto, pavoroso,
que hará temblar al cielo y a la tierra.”
Séneca
92260608_4711681_Medeya_Eugene_Delacroix_17981863
M E D E A
Llevo un templo callado en cada ojo,
abismos insondables extendidos
pueblan la tormentosa simiente.
Arden los carbones movedizos,
caen los fragmentos angustiantes
en la subyacente cúpula de tiempo.
¡Ah! La gélida arpa se desprende
asoma su música de lágrimas
escupe el rostro en la vigilia
fuera de mí la bestia muerte.
Ruedan impertérritas membranas
y en los nudillos de humo sangrantes
de mis dedos claros turbios
se confunden los temblores derramados.
¡Ah! Un péndulo de luz que se da vuelta,
Luzbel escala mi carne mancillada
no titubea el río rojizo
se traga la cintura de los niños
pequeña y blanca, siempre blanca.
Me zafé de la noche que sin farol boqueaba.

 

 

 

©  Natalia Lara

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

 

 

 

 

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Pintura: Medea – Delacroix, Eugène

Sobre el primer poema de aquel joven provinciano: Pablo Neruda

pablo_neruda1 Images - Eric Atlan

 

 

Mi primer poema

 

Ahora voy a contarles alguna historia de pájaros. En el lago Budi perseguían a los cisnes con ferocidad. Se acercaban a ellos sigilosamente en los botes y luego rápido, rápido remaban… los cisnes, como los albatros, emprenden difícilmente el vuelo, deben correr patinando sobre el agua. Levantan con dificultad sus grandes alas. Los alcanzaban y a garrotazos terminaban con ellos.

Me trajeron un cisne medio muerto. Era una de esas maravillosas aves que no he  vuelto a ver en el mundo, el cisne cuello negro. Una nave de nieve con el esbelto cuello como metido en una estrecha media de seda negra. El pico anaranjado y los ojos rojos.

Esto fue cerca del mar, en Puerto Saavedra, Imperial del Sur.

Me lo entregaron casi muerto. Bañé sus heridas y le empujé pedacitos de pan y de pescado a la garganta. Todo lo devolvía. Sin embargo, fue reponiéndose de sus lastimaduras, comenzó a comprender que yo era su amigo. Y yo comencé a comprender que la nostalgia lo mataba. Entonces, cargando el pesado pájaro en mis brazos por las calles, lo llevaba al río. El nadaba un poco, cerca de mí. Yo quería que pescara y le indicaba las piedrecitas del fondo, las arenas por donde se deslizaban los plateados peces del sur. Pero él miraba con ojos tristes la distancia.

Así cada día, por más de veinte, lo llevé al río y lo traje a mi casa. El cisne era casi tan grande como yo. Una tarde estuvo más ensimismado, nadó cerca de mí, pero no se distrajo con las musarañas con que yo quería enseñarle de nuevo a pescar. Se estuvo muy quieto y lo tomé de nuevo en brazos para llevármelo a casa. Entonces, cuando lo tenía a la altura de mi pecho, sentí que se desenrollaba una cinta, algo como un brazo negro me rozaba la cara. Era su largo y ondulante cuello que caía. Así aprendí que los cisnes no cantan cuando mueren.

El verano es abrasador en Cautín. Quema el cielo y el trigo. La tierra quiere recuperarse de su letargo. Las casas no están preparadas para el verano, como no lo estuvieron para el invierno. Yo me voy por el campo y ando, ando. Me pierdo en el cerro Ñielol. Estoy solo, tengo el bolsillo lleno de escarabajos. En una caja llevo una araña peluda recién cazada. Arriba no se ve el cielo. La selva está siempre húmeda, me resbalo; de repente grita un pájaro, es el grito fantasmal del chucao. Crece desde mis pies una advertencia aterradora. Apenas se distinguen como gotas de sangre los copihues. Soy sólo un ser minúsculo bajo los helechos gigantes. Junto a mi boca vuela una torcaza con un ruido seco de alas. Más arriba otros pájaros se ríen de mí con risa ronca. Encuentro difícilmente el camino. Ya es tarde.

Mi padre no ha llegado. Llegará a las tres o a las cuatro de la mañana. Me voy arriba, a mi pieza. Leo a Salgari. Se descarga la lluvia como una catarata. En un minuto la noche y la lluvia cubren el mundo. Allí estoy solo y en mi cuaderno de aritmética escribo versos. A la mañana siguiente me levanto muy temprano. Las ciruelas están verdes. Salto los cerros. Llevo un paquetito con sal. Me subo a un árbol, me instalo cómodamente, muerdo con cuidado una ciruela y le saco un pedacito, luego la empapo con la sal. Me la como. Así hasta cien ciruelas. Ya lo sé que es demasiado.

Como se nos ha incendiado la casa, esta nueva es misteriosa. Subo al cerco y miro a los vecinos. No hay nadie. Levanto unos palos. Nada más que unas miserables arañas chicas. En el fondo del sitio está el excusado. Los árboles junto a él tienen orugas. Los almendros muestran su fruta forrada en felpa blanca. Sé cómo cazar los moscardones sin hacerles daño, con un pañuelo. Los mantengo prisioneros un rato y los levanto a mis oídos. ¡Qué precioso zumbido!

Qué soledad la de un pequeño niño poeta, vestido de negro, en la frontera espaciosa y terrible. La vida y los libros poco a poco me van dejando entrever misterios abrumadores.

No puedo olvidarme de lo que leí anoche: la fruta del pan salvó a Sandokan y a sus compañeros en una lejana Malasia.

No me gustó Buffalo Bill porque mata a los indios. ¡Pero qué buen corredor de caballo! ¡Qué hermosas las praderas y las tiendas cónicas de los pieles rojas!

Muchas veces me he preguntado cuándo escribí mi primer poema, cuándo nació en mí la poesía.

Trataré de recordarlo. Muy atrás en mi infancia y habiendo apenas aprendido a escribir, sentí una vez una intensa emoción y tracé unas cuantas palabras semirrimadas, pero extrañas para mí, diferentes del lenguaje diario. Les puse en limpio en un papel, preso de una ansiedad profunda, de un sentimiento hasta entonces desconocido, especie de angustia y de tristeza. Era un poema dedicado a mi madre, es decir, a la que conocí por tal, a la angelical madrastra cuya suave sombra protegió toda mi infancia. Completamente incapaz de juzgar mi primera producción, se la llevé a mis padres. Ellos estaban en el comedor, sumergidos en una de esas conversaciones en voz baja que dividen más que un río el mundo de los niños y el de los adultos. Les alargué el papel con las líneas, tembloroso aún con la primera visita de la inspiración. Mi padre, distraídamente, lo tomó en sus manos, distraídamente lo leyó, distraídamente me lo devolvió, diciéndome:

— ¿De dónde lo copiaste?

Y siguió conversando en voz baja con mi madre de sus importantes y remotos asuntos.

Me parece recordar que así nació mi primer poema y que así recibí la primera muestra distraída de la crítica literaria.

Mientras tanto avanzaba en el mundo del conocimiento, en el desordenado río de los libros como un navegante solitario. Mi avidez de lectura no descansaba de día ni de noche. En la costa, en el pequeño Puerto Saavedra, encontré una biblioteca municipal y un viejo poeta, don Augusto Winter, que se admiraba de mi voracidad literaria. << ¿Ya los leyó?>>, me decía, pasándome un nuevo Vargas Vila, un Ibsen, un Rocambole. Como un avestruz, yo tragaba sin discriminar.

Por ese tiempo llegó a Temuco una señora alta, con vestidos muy largos y zapatos de taco bajo. Era la nueva directora del liceo de niñas. Venía de nuestra ciudad austral, de las nieves de Magallanes. Se llamaba Gabriela Mistral.

Yo la miraba pasar por las calles de mi pueblo con sus ropones talares, y le tenía miedo. Pero, cuando me llevaron a visitarla, la encontré buenamoza. En su rostro tostado en que la sangre india predominaba como en un bello cántaro araucano, sus dientes blanquísimos se mostraban en una sonrisa plena y generosa que iluminaba la habitación.

Yo era demasiado joven para ser su amigo, y demasiado tímido y ensimismado. La vi muy pocas veces. Lo bastante para que cada vez saliera con algunos libros que me regalaba. Eran siempre novelas rusas que ella consideraba como lo más extraordinario de la literatura mundial. Puedo decir que Gabriela me embarcó en esa seria y terrible visión de los novelistas rusos y que Tolstoi, Dostoievski, Chejov, entraron en mi más profunda predilección. Siguen acompañándome.

 

 


Pablo Neruda, Confieso que he vivido. Ediciones Nacionales Círculo de Lectores. Colombia, 1974.

 

 

 

 

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 Foto:  Sara Facio

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La voracidad de una gota…

 

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I

La voracidad de una gota

que cae en la tierra

y la ablanda

 

II

Hay un hilo que reclama

insistentemente

el combate de lo seco

Su negro sopor

el árido aire

rojo polvo ceniza

 

III

Observo más cerca

la sencilla quietud

de un lirio crecido

La libertad del perfume

íntimo círculo

esplendor y huella

 

IV

Blanco el infinito

cuanto ve

lo soporta

 

V

No le atemoriza

el seco combate

ni el árido polvo

 

VI

La  paciencia vibra

en amanecer

de garúa

 

VII

Basta una gota

su silueta en la tierra

para absorber inmensidad.

 

 

 

© Natalia Lara

 

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Foto: Lirios blancos
http://keywordsuggest.org

 

 

San Baudelaire y Elí Galindo

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La tripulación lloró

 

Fieles a los accidentes del litoral

 

la tripulación lloró al alba

 

como cualquier ser viviente

se internó mucho tiempo

entre las lágrimas

 

frente a la tierra firme

lavó su rostro y le dio gracias

al dios castellano

 

sus gemidos parecían gorjeos de un

ave muda

 

Los hombres avistaron a los nativos

eran de piel de bronce o de cera

sus mujeres eran bellas

y los niños vivaces atrevidos

 

aunque éramos de mundos distintos

serenísimos cristianísimos muy altos

excelentes y poderosos príncipes

 

 

 

todo era una maravilla

 

lo que volaba lo que nadaba

 

lo que más allá se arrastraba

 

escasean en nuestros idiomas colores

 

para nombrar los matices

 

de este mundo.

 

 (En “Las estrellas fugaces me ponen ebrio”, 1971)

 

 

*

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En el país de la nieve roja

 

 

Eurídice

te ofrezco fieras

 

Apoyado en las piedras viejas

aparto los rasgos para beber monedas de oro

y levanto música en mis manos y te ofrezco fieras

árboles

oleadas

de flores

 

He cruzado las lunas tristes

en sus ojos

en su gris bajando las colinas

 

Es posible morir como una onda

y regresar al oleaje mezclado de playas abiertas

viajar en un temblor de aves que vuelan

un paisaje debajo de las olas

 

El país de la nieve roja

llora en el tejado

miro  cómo el viento arrastra árboles de polvo

para formar caminos y colinas

y la siento cantar como una perra

arañando las estrellas

dando puñaladas al huracán de arena

que huye entre mis manos.

 

 

 (En “Las estrellas fugaces me ponen ebrio”, 1971)

 

 

 

*

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Las alas caídas

 

 

Me cubro de lluvia

 

Miro los muertos saciar de agua fresca los abismos viejos

 

Caen ramajes sobre las piedras

 

Levanto mis remos llenos de luna

y renuncio a la eternidad

 

Brota una flor sobre cenizas de ríos muertos

fluyen corrientes blancas

 

Vengo del frío

 

Parezco una piedra

que lleva en los ojos una serpiente brillando bosques

 

me he visto con ramas de colores

llegar a los oleajes y regresar

con remos lentos sobre la barca en la bruma

 

las alas caídas.

 

 

 (En “Las estrellas fugaces me ponen ebrio”, 1971)

 

 

*

 

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En mi recuerdo llueve

 

El viejo paisaje

pasa silencioso por mis ojos

recoge tinieblas

 

Como en morada no conocida

va tocando bajo los párpados

las gruesas cortinas

el polvo acumulado sobre los rostros

que dentro de mí cuelgan

 

Contra los cristales cerrados caen sombras

de relámpagos

 

Mi paisaje abre paso a la lluvia

 

Los arbustos recogen aves del viento

corren las puertas del espacio

lejos del sol

 

Aquellos cascos abandonados por algún

animal

en mi memoria

flotan entre las aguas

 

También los rastros de lo que conocí

rebosan  

 

Yo que he salido de algún pliegue

camino entre aquel silencio

Me miro sin ruido

me sigo como un perro puede seguirse

Levanto la cabeza

la sacudo contra el viento de aquel recinto

que ya desconoce

y me quedo allí

recibiendo la lluvia

la temible lluvia.

 

(En “Ruido de las esferas”, 1986)

 

*

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San Baudelaire  

 

San Baudelaire, patrón mío,

tú sabes que tengo en una lavativa

de lino, malva y almidón,

empapada el alma de Molière

 

Si no eres un animal

sácame de esta tienda

y te nombro gran almirante

de mi flota del Atlántico

(Texto de un loco. Citado por Vicente Huidobro)

 

 

Afuera llueve Baudelaire

y la lluvia entra en los vidrios de la noche

Me retiro al sitio donde vivo

cierro las ventanas

entro de pie al sueño

Dejo vagar mis rasgos sobre las yerbas cortas

Un perro negro lame mis cabellos

Me acerco a los ríos

donde los peces sacan las bocas del agua

y beben de la luna

Rozo las aguas con mi mano derecha

y la llevo a los ojos

desciende color a las siluetas que circulaban dentro de mí

llenas de humedad

de tierra confusa

 

Regreso hondo

 

Caigo aún más en la noche

 

San Baudelaire extiende sus pardas alas

y me cubre el viento cargado de lluvia

y me veo cruzar las colinas

en su compañía

los dos cubiertos por dos capas negras

él hablando del infierno

y yo silencioso

tropezando con las rocas.

 

 

(En “Los viajes del barco fantasma”, 1974)

 

 

 

*

 

galindo2Elí Galindo (San Sebastián de los Reyes, estado Aragua, 1947). Poeta, colaborador de las más importantes publicaciones periódicas de Venezuela y profesor universitario. Ha publicado Los viajes del barco fantasma (UCV, 1974), libro que mereció un año antes el Premio Universidad Central de Venezuela (mención Poesía), y Ruido de las esferas (Monte Ávila Editores, 1986). En 1986 recibió el Premio Internacional de la revista Poesía de la Universidad de Carabobo y, en 1987, el Premio Conac de Poesía Francisco Lazo Martí.

 

 

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Foto: JeanPaul Bourdier

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Cinco sonetos de Tomás Linden

1 n

 

Medianoche

 

 

Señor, es medianoche en mi postigo,

está a mi lado un cuerpo de mujer

que en la sombra custodia su placer.

No sé si soy un amigo o su enemigo.

 

Con tanta oscuridad aún no consigo

ver en sus ojos lo que quiero ver;

quizá la luna comenzó a crecer,

pero ya no me sirve de testigo.

 

Entre mis brazos el temblor desnudo

del cuerpo de mi amante espera el día

y el café negro del amanecer.

 

Señor, ya cantó el gallo lo que pudo…

¡Quién sabe de ese amor qué te diría,

antes que se volviera a adormecer!

 

 

 

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Setiembre

 

 

Ya está el viejo setiembre ante la puerta,

pidiéndonos las hojas que han caído,

con su morral de andante distraído,

el alma vaga y la pisada cierta.

 

Ya trae el corno de su voz alerta

un pregón otoñal a cada oído,

que según la distancia de su ruido

más temprano o más tarde nos despierta.

 

Hojas está pidiendo a la arboleda

y a los hombres las horas sin lamento

donde el tiempo afiló su hacha de seda.

 

A setiembre le basta, como al viento,

lo que cae, lo que parte, lo que rueda,

nada más busca para andar contento.

 

 

 

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El ausente

 

 

Como si aquí yo mismo no estuviera

y esta luz otoñal, color de vino,

con su errante hojarasca en el camino,

pese a tanto esplendor, nadie la viera.

 

… De pronto un fruto de oro que cayera;

un pájaro embriagado con su trino;

mi recuerdo llegando repentino

a una mujer que no me conociera.

 

Así será, tal vez, irme del mundo,

lejos, quién sabe dónde y que no quede

ni siquiera la huella de mi sombra.

 

Sólo el eco del viento vagabundo,

arrebatando al paso lo que puede,

cuyo rumor quién sabe si me nombra

 

 

 

 

 

 

 

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El retrato

 

 

Soy éste que está aquí, veinte años antes,

a la luz objetiva del retrato,

aunque el tiempo con pérfido arrebato

en polvo haya trocado esos instantes.

 

Al fondo de los ojos anhelantes

arde la pena de quien hizo un trato

con el destino, y tras el desacato

se duele de sus hados inconstantes.

 

Soy éste y tantos otros que en mi sueño

vagan, se acercan y desaparecen,

según el mes, el año, el cada día.

 

En mí tienen su espejo, no su dueño,

en mí secretamente resplandecen

con sus mil rostros de melancolía.

 

 

 

 

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Cuerpo absoluto

 

 

Cuerpo donde Dios quiso detenerse

con tanta devoción de su maestría,

como un orfebre absorto noche y día

en su magia sumido hasta dolerse.

 

Senos, brazos, cabellos que al moverse

mueven la clara luz que el sol envía;

ojos adonde sube una alegría

que nunca antes se viera ni ha de verse.

 

Milagro caricioso a quien lo mira,

Jardín interminable a quien suspira,

como otra tierra no tendrá ni tuvo.

 

Yo suspiré de eternidad al verte,

cuerpo paradisial contra la muerte,

cuerpo donde Dios tanto se detuvo.

 

 

 

 

*

 

 

 

 

eugenioEugenio Montejo (Caracas 19 de octubre de 1938). Poeta y ensayista venezolano fundamental. Entre su obra tenemos: Élegos (1967), Muerte y memoria (1972), Algunas palabras (1977), Terredad (1978), Trópico absoluto (1982), Alfabeto del mundo (1986), El azul de la tierra (1997), Adiós del siglo XX (1992), Partitura de la cigarra (1999), Poemas selectos (2004), Geometría de las horas (2006). Sus libros de ensayos confluyen en la conformación de una poética: La ventana oblicua (1974), El cuaderno de Blas Coll (1981), El taller blanco (1983). Dentro del cortejo de heterónimos, gracias a su don creador, está el ciudadano sueco, Tomás Linden, memorable en El hacha de seda (1995). De allí los textos escogidos, referidos por Adolfo Castañón en La terredad de todo. Montejo fallece en la ciudad de Valencia el 5 de junio de 2008.
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Foto: Katia Chausheva
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De “Cármenes” y, “Vencimientos”: Juan Liscano

 

 

Jacques Henri Lartigue

 

Metamorfosis

 

Tu bloque de hielo flotante

tu iceberg tu castillo de escarcha

tus labios de cascada helada

tu soledad polar

en la noche gélida del mes de enero.

 

Tus labios como dos cuchillos fríos

tu lengua y tu saliva

como lento glaciar que resbala

tu pubis como un bosquecillo de pinos

sobre la estepa nevada.

 

Para vencer la noche y la helada

para ahuyentar la soledad como un hambriento lobo

establecimos ritos de sangre

de fuego

               de marcha lunar.

 

Tú cantas. Yo canto.

Las lenguas de nuestro canto nadan en el viento

como dos peces de fósforo.

Tú cantas desde el fondo de ti.

Yo canto desde el fondo de mí.

A nuestros rostros asoman desconocidos rostros.

 

Tú cantas hasta el fondo de ese nuevo rostro aparecido

y tu carne se irisa florece en cristalería de nieve.

Una luna marina la enciende una luna interior

y es como resplandeciente gruta de hielo.

 

Yo canto desde el fondo de mí y nazco otro.

Brota una voz desconocida

un verbo una lengua de mí que no sabía

brota un hombre de  deseos como una llamarada:

delfín que salta

oso que se yergue

                               flecha que da en el blanco.

 

Yo canto. Tú cantas.

 Dejamos de ser los mismos.

Los hielos retroceden. Se funden los glaciares,

La noche se llena de murmullos de aguas.

Nuestras voces nadan en el viento

como dos peces de fósforo

vuelan por el aire azul de luna

como dos aves de estrellas.

 

Tú cantas desde el fondo de los seres que te pueblan.

Te llena el coro de sus voces.

Eres la tierra el agua el fuego

eres un pájaro hembra y un tibio nido.

Yo canto desde el fondo de mis verbos:

soy la lluvia el cauce la ceniza el humo

soy el viento y mis lenguas lamen tus plumas.

Eres el eco del viento

cuando suena su rumor de fondo del mar entre los pinos

y yo soy el pinar.

 

Yo canto. Tú cantas.

Tu voz suena mía. Suena tuya mi voz.

Eres ahora la lluvia la nieve el granizo de mil pisadas

Y entonces soy la tierra el agua: lo que eras tú.

Te miras en mí como un paisaje

eres el lecho de mi río

                                     fluyo

                                             te mojo toda

soy el agua de erizadas crestas de gallo

soy el agua que canta como una gallo y sacude sus plumas

soy el gallo de lumbre que te seca y te enciende

y te convierte en ceniza en humo y en distancias.

 

Tú cantas. Yo canto.

Soy el eco de tu voz. Eres la sombra de mi voz.

Nuestros pueblos se juntan en paz.

Retrocede el invierno. Reverdece el otoño.

Amanece la noche

el hielo corre río de la aurora

el polo resplandece como trópico

fulgura el eterno verano el equinoccio justo

                                                                          la Edad de Oro

y tú y yo somos clarividencia

doble pájaro de sol.

                                                                                      (De Cármenes, 1966)

 

 

*

 

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La cresta

 

Cuando mueren

                        por un instante

las palabras

que tanta muerte dan siempre a la vida

cuando descubrimos el actor que somos

y lo exponemos

despojado de sus trajes crepusculares

cuando nos despierta el sueño de soñar

o arrancados del sueño

despertamos atónitos

como extraños celeste caído

cuando se quiebran los espejos

al soplo de una necesidad desconocida

cuando vaciadas quedan las odres

y se aquieta la fiera de la sed

cuando se acepta el desierto por jardín

brota del resplandeciente vacío

una repentina cresta

y el Levante impera en ella

filo puro neto

neutro

que se abate

y nos degüella.

 

                                                                                     (Del libro Vencimientos inédito)

 

 

 

*

 

 

liscano1Juan Liscano Velutini nació en Caracas el 7 de julio de 1915. Poeta y crítico venezolano. Entre su obra poética destacan los títulos Del Alba al Alba (1943), Del Mar (1948), Humano destino (Premio Nacional de Literatura, 1949), Nuevo mundo Orinoco (1959), Cármenes (1966) y Fundaciones (1981). También los ensayos Panorama de la literatura venezolana actual (1973), Espiritualidad y literatura: una relación tormentosa (1976), Los fuegos apagados (1990) y El origen sigue siendo (1991). En 1990 publicó Antología personal, un recorrido por su trayectoria poética.

 

 

 

 

 

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Foto: Jacques Henri Lartigue

 

 

Escatología americana de Jorge Enrique Adoum

 

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No hay que exagerar tampoco

el viejo pesimismo.

No digo que sea el mismo

perro el que orinaba

hace cien años en esta misma esquina.

Digo que es la misma orina.

 

Es otro el dictador, folclórico

hijo de una gran perra,

y su amo es siempre el mismo

son of a bitch crónico,

orinando los dos sobre mi tierra.

 

No hay que exagerar tampoco

este nuevo optimismo.

Un poco más allá

la mierda de una guerra.

 

 

 

 

[De Yo me fui con tu nombre por la tierra, 1964]

 

 

 

Fotografía del sitio: http://4pelagatos.com

 

 

 

 

 

 

 

Tres poemas de Marissa Arroyal

*

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Corazón de flor

 

 

Una súbita

gota de rocío

ilumina

con oleaje de plata

 

el laberinto.

 

 

*

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Lo que dijo el río

 

 

Ser árbol

es darse

entero en un

sagrado

ir hacia arriba.

 

 

 

 

*

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Me olvidé de mirar hacia arriba

 

El color sin pecado concebido.

 

¡Azul que estás en el cielo

venga a nosotros tu reino!

 

*

Marrisa Arroyal Ordeix Marissa Arroyal Ordeix (San José de Mayo, Uruguay). Poeta, narradora, editora y ecologista venezolana.  Entre sus libros podemos mencionar: Arcana (1982), Vertiente norte (Mención Poesía Bienal Mariano Picón Salas, 2001), Guaraira Repano (Premio Certamen Mayor de las Artes y las Letras, 2004), Sogno nel tempio (Premio Internazionale di Poesía Nosside, 2005), y Centinela de los Toromaymas (2006). En literatura infantil destaca por: La montaña que vino del mar (Premio Único Bienal Latinoamericana Canta Pirulero, 2004), Ling, la osa de los bambúes (2009) y Poemas al viento (2010). Su poemario Estación Petare y otros poemas obtuvo Mención de Honor en la Bienal Latinoamericana José Rafael Pocaterra, 2008.

 

 

 

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Foto: Eduardo Blanco Mendizabal

 

Un poema de Lucila Velásquez

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Preguntas antártidas

 

y por qué no pensar sin malas intenciones
que los silbos petrificados
y las improntas de hojas
y los afloramientos de carbón
y las masas intrusivas de granito
y fulgor en la conciencia
son testimonios de una sucesión de vidas inocentes
muy anteriores a nuestra manera de pensar
y es deseable que no llegue la desgracia
que nadie profane el fósil del coral y su rubor
ni se involucren sus claridades
con otros elementos que llegaron
de las regiones templadas
y déjenla vivir en paz consigo misma
y no perturben el sitio de su polo sur
que es el momento de extremar la belleza.

 

 

 

LucilaVelásquezpoetavenezolana  Lucila Velásquez  (San Fernando de Apure, 1928). Poeta, ensayista, periodista, crítica de arte y diplomática venezolana.  Fundadora del Círculo de Escritores de Venezuela, del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos y de la Galería de Arte Nacional. Formó parte de la generación literaria de 1948. Entre su obra podemos mencionar: Color de tu recuerdo (1949), Amada tierra (Premio Municipal de Poesía, 1951), En un pequeño cielo (1960), A la altura del aroma (1963), Tarde o temprano (Accésit al Premio Nacional de Literatura, 1964), Indagación del día (1969), Claros enigmas (1972), Acantilada en el tiempo (1982), El árbol de Chernobyl (1989), Algo que transparece (1991), La rosa cuántica (1992), El tiempo irreversible (1995), La singularidad endecasílaba (1995), La próxima textura (1997), y Se hace la luz (1999); fue finalista del Premio Internacional de Poesía León de Greiff. Fallece en Caracas el 28 de septiembre de 2009.

 

 

 

 

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Foto: René Koster

 

 

La noche se eslinga en ojeras…

 

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*
 
 
La noche se eslinga en ojeras
penetra la desnudez del templo efímero.
Una espuma ecuménica del crepúsculo
besa alunada mi garganta.
 
 
 
 
 
 
© Natalia Lara
 
 
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Foto: Eikoh Hosoe

Un poema de Arturo Uslar Pietri

 

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La cárcel

 

 

¿Quién hizo este espacio hueco,

esta fábrica enorme sin sentido,

en laberinto frío de pilastras y arcos,

esta agobiante soledad de piedra,

esta pesada mole de soledad y sombra

que pudiera estar fuera del mundo?

 

¿Cuántos esclavos, cuántos años y vidas,

cuánta roca, tan fría, tan ajena,

cuántas terribles formas poderosas,

inmensos arcos, bóvedas sin término

donde la luz lejana se insinúa?

Balcones, puentes, pasadizos, troneras,

que entran y salen de los gruesos muros,

de los que penden cordajes y cadenas,

argollas, trapos, hierros retorcidos.

Máquinas de dolor cubren el piso,

cepos, carlancas, ruedas de tortura,

tenazas, torno, garrucha y caballejo

y rejas y más rejas y otras rejas,

puestas exactas sobre puertas ciegas.

 

¿Para quiénes se hizo cárcel tan sobrehumana?

Locura de Babel, domo de Qubla Qan,

roído en ruina,

juego cruel de los cíclopes de un ojo,

maravilla de horror y desvarío.

No más grandes que púas y eslabones

sombras sin rostro perdidas se vislumbran,

vagas figuras quietas, asombradas,

diminutas y solas en el ámbito

de lienzos de muralla y puentos rotos,

¿a quién vigilan y acechan?,

¿quién está encadenado entre los muros y las rejas?,

¿qué alumbra sin mirada la lámpara profunda

cuya cuerda se pierde en las alturas?

¿De dónde sacó Piranesi esta invención,

este capricho de cárceles oscuras?

Coliseo y Panteón de las angustias,

más imponente y cierto

que los que el tiempo deshacía en Roma.

 

Todo era cárcel, lo supo de repente,

todo era una inmensa cárcel desmedida,

el hombre estaba preso, solo, en algún lugar

de una inmensa mazmorra,

todo era rejas, cadenas y tormentos,

nunca terminaba de sufrir la tortura,

potro, charniego, palo,

rueda quebrantahuesos, cepo y fuego,

para el castigo de una culpa incierta.

 

La estructura inmensa,

las bóvedas rotas y los arcos,

las cadenas, los puentes sin destino,

no tenían otro irrisorio objeto

que encerrar, supliciar y castigar

un ser humano,

un cautivo, un preso,

un tembloroso espectro de pavura,

dos piernas y dos brazos

quebrados en los hierros y los golpes,

pies entre grillos,

y una cabeza ya sin voz, ya sin vista,

a ciegas, solo,

en la cuestión y al ansia sin sentido.

 

No hay verdugo ni alcaide,

sólo presos,

sólo dolidos,  condenados todos,

en la mole ciclópea de tortura.

 

Eso vio Piranesi,

en el gran teatro del destino del hombre,

verdugo y carcelero de sí mismo,

todo cuanto alcanzaba era una cárcel

y en ella, en soledad, estaban todos.

 

 

 

 


Arturo Uslar Pietri, “El hombre que voy siendo“. Monte Ávila Editores, Caracas (1986)

image1Arturo Uslar Pietri (Caracas, 1906 – 2001). Narrador, ensayista, historiador, dramaturgo, articulista, y  político venezolano. Considerado como uno de los más grandes intelectuales del siglo XX venezolano. Tuvo una amplia obra que desarrolló en los ámbitos literario, histórico y político. Sus poemarios serían Manoa (1972), y El hombre que voy siendo (1986).  Entre su extensa y variada obra contamos con: Barrabas y otros relatos (1928), Las lanzas coloradas (1931), Red (1936), Las visiones del camino (1945), Sumario de economía venezolana para alivio de estudiantes (1945), El camino de El Dorado (1947), Letras y hombres de Venezuela (1948), De una a otra Venezuela (1949), Treinta hombres y sus sombras (1949), Las nubes (1951), Apuntes para retratos (1952), Obras selectas de Arturo Uslar Pietri (1953), Tierra venezolana (1953), Tiempo de contar (1954), El otoño en Europa (1954), Pizarrón (1955), Valores humanos (1955), Breve historia de la novela hispanoamericana (1955), Valores humanos (1956), Letras y hombres de Venezuela (1958), Valores humanos (1958), La fuga de Miranda (1958), Materiales para la construcción de Venezuela (1959), La ciudad de nadie. El otoño en Europa. Un turista en el cercano oriente (1960), Chúo Gil y las tejedoras. Drama en un preludio y siete tiempos (1960), Sumario de economía venezolana para alivio de estudiantes (1960), Estación de máscaras. El laberinto de fortuna (1964), La lluvia y otros cuentos (1967), Fantasmas de dos mundos (1979), entre otros.

 

 

 

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Foto: Patricio M. Lueiza

Guillermo SUCRE

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Guillermo Sucre: ilimitada extensión

 

 

 

 

(Tumeremo, Edo. Bolívar, 1933)

 

 

 

“Nadie tiene la palabra aunque hablen

o todos la tienen aunque callen”

 

 

El aporte del poeta, traductor y crítico literario, Guillermo Sucre, ha sido de gran valía como pensador de las Humanidades en Venezuela, ahondamiento visible muy elocuente en la creación poética y ensayística.

La calidad de su obra fue reconocida a tiempo, sin embargo, el prestigio más alto lo obtuvo con los textos ensayísticos sobre poesía hispanoamericana situados en La máscara, la transparencia, publicación realizada en el año 1975. Como poeta, pudiera decirse que ha permanecido subestimado.

Guillermo Sucre Figarella nació en Tumeremo, Estado Bolívar, el 14 de mayo de 1933. Su infancia y parte de su adolescencia la vive en Ciudad Bolívar, después de haber quedado huérfano de padre. Su iniciación en la literatura fue a través de los libros de su abuelo, Juan Manuel Sucre Ruiz, miembro de la Academia Nacional de la Historia. Se traslada a Caracas en el año 1945 para cumplir estudios de bachillerato. Se integra al grupo literario Cantaclaro. Colabora con la dirección del periódico Espiral. Durante un acto en el Centro Venezolano-Americano participa en una actividad política que lo lleva al presidio en la Cárcel Modelo donde permanece tres semanas. Después ingresa a la Universidad Central de Venezuela para estudiar la carrera Filosofía y Letras, estudios interrumpidos por la huelga universitaria. Con la pérdida de la autonomía de la universidad, decide participar en actividades de protesta. Es detenido en la cárcel de El Obispo, luego pasa a la Cárcel Modelo y más tarde se le exige el exilio, en 1952. Permanece por tres años en Chile; allí continúa los estudios que en su país natal inició, en el Instituto Pedagógico. Una vez que los culmina se traslada a París (1955-56), realizando un doctorado en Literatura Latinoamericana. En 1956 regresa a Venezuela como prisionero político, condición en la que permanece hasta 1958. En esos años escribe su primer poemario Mientras suceden los días, donde manifiesta su experiencia del exilio.

En 1958 funda el grupo literario Sardio que se disuelve en 1961, entre cuyos integrantes estaban escritores notables como Salvador Garmendia, Ramón Palomares, y Adriano González León. En ese año publica su primer libro de poemas. En 1959 regresa a Francia becado por la Universidad Central de Venezuela y el gobierno francés para estudiar Literatura Francesa. Regresa a Venezuela en 1962 y ejerce la docencia en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela y en el Instituto Pedagógico de Caracas. Trabaja como redactor en la revista Zona Franca y dirige el Suplemento Literario del diario oficialista La República junto al chileno Martín Cerda y el venezolano Luis García Morales. Como trabajo de ascenso en la UCV en 1965 escribe un libro de ensayo sobre la poesía de Jorge Luis Borges: Borges el poeta, editado por la UNAM en 1967, también será publicada por la editorial venezolana Monte Ávila y traducida al francés en 1971. En 1967 dirige la revista Imagen; al año siguiente viaja a Estados Unidos con la finalidad de ejercer la docencia en la Universidad de Pittsburg donde da clases de literatura latinoamericana.

Durante esa época publica su segundo y principal libro de poemas: La mirada (1970). Entre 1972 y 1975 colabora en las revistas literarias de difusión continental Revista Iberoamericana, Eco y Plural, y en los libros de estudios colectivos: América Latina en su literatura (1972) y Aproximaciones a Octavio Paz (1974). Ese mismo año publica una obra sin precedentes en la ensayística venezolana, La máscara, la transparencia, que será premiada el año siguiente con el Premio Nacional de Literatura. En 1975 regresa a Venezuela y trabaja como director literario de la editorial Monte Ávila, publica el poemario En el verano cada palabra respira en el verano y, en 1977, Serpiente breve. Hacia finales de 1988 publica La vastedad; da clases en la Escuela de Letras, edita y prologa varios de los libros de escritores venezolanos como José Antonio Ramos Sucre y Mariano Picón Salas. En 1933 publica el que hasta ahora es su último poemario La segunda versión, y fruto de sus vastas lecturas de poesía latinoamericana que ya había demostrado dos décadas antes con su libro La máscara, la transparencia, su Antología de la poesía Hispanoamericana. Realizó labores como traductor, trasladando del inglés a los poetas William Carlos Williams y Wallace Stevens, y del francés a André Breton, Saint-John Perse y René Girard. Entre las distinciones logradas tenemos: Beca Guggenheim (1970), Premio Nacional de Literatura en el género Ensayo con la obra La máscara, la transparencia (1975), Premio Francisco de Venanzi por la Universidad Central de Venezuela por su gran trayectoria investigativa (1996), Doctorado Honoris Causa por la Universidad Central de Venezuela (2009).

El epígrafe de José Martí que acompaña a La nueva mirada, correspondiente al Capítulo I del “libro más abarcante y penetrante que se conoce sobre la poesía hispanoamericana del siglo XX”, —como lo señala Alfredo Chacón en sus Lecturas de poesía sobre La máscara, la transparencia— interpela:

“¿Quién no sabe que la lengua es jinete

del pensamiento, y no su caballo?”

Con ese preámbulo nuestro autor nos muestra lo que mantiene, probablemente, como ideal: lo idiomático es la trascendencia, lo sempiterno, sumado a la aquiescencia del destino. Así lo devela en su poesía, presente, aunque un poco desmembrada en este atabacado siglo.

El primer libro de poemas Mientras suceden los días (1961), compuesto por los textos escritos en el exilio entre los años 1955 y 1957, está dividido en tres partes: “Mientras suceden los días”, “De los viajes y el regreso” y “Donde el viento no ha podido vencer”.

La visión que identifica la soledad, el destierro, el exilio:

“Y nuevamente

soy el movimiento de los días,

el movimiento de los árboles,

el movimiento de las hojas de otoño

recién extinguido”.

El diálogo con las palabras, la búsqueda por hallarse en nuevas imágenes, cierta melancolía entregada en el lenguaje. En el poema III dice:

“Este rostro en cuyo tácito fulgor

los recientes martirios

se coronan de soledad,

de orgullo.

O aquél donde la nostalgia abate

águilas, devora soles y sólo

encuentra edades ya desaparecidas.

O el que se transfigura en su penuria

y se hace implacable

como la tierra

se hace ilimitada extensión.

O el más solitario , mi otra faz,

mi doble vertiente de luz y sombra,

ése en quien el honor modela

su propia máscara, su agria ternura.

Oscuros rostros. Hirientes, luminosos.

Huesos labrados o combatidos por el tiempo.

Relámpagos que surgen de sus noches

y rasgan la otra penumbra, la otra

desdicha del cielo.

Astros al fin perplejos en donde lucen

el horror y la grandeza

de estos días”.

La estética de Sucre ha sido comparada a la de escritores como Octavio Paz y, Jorge Luis Borges. Cómo comunica su decir poético, la negación de la historia por la poesía, entendiendo que el lenguaje no es sustituto de la realidad, ni del mundo. En el poema V tenemos:

“Me abandono a la gloria de ser.

Celebro esta soledad, este orgullo.

Distante y próximo de mí mismo,

doy al fuego lo más feroz,

lo más puro del odio que rezumo,

y ardo luego en sus llamas

como en mi sangre.

Asumo mis dudas, mis tormentas:

soy lo que la tierra conquista,

más que su muerte, su destino.

Amo lo implacable, lo que fluye.

Del hombre exalto el júbilo

de su instinto, el rayo vengativo

de su amor, sus vigilias.

Y no doy paz ni tregua,

sino espadas,

a la turbia idolatría del espíritu.

Paciente, todo en mí se contradice,

se redime,

y en mi alma se engendran,

se devoran y al fin comulgan

los mitos y la realidad de mi especie.

Y digo que nada sucede, que nada

se levanta o derriba,

se apaga o se ilumina

bajo la mirada del hombre,

sin que la amorosa ráfaga del sexo

se desencadene sobre el mundo”.

Toda presencia se integra al silencio, la aceptación del destino que, aun siendo Sucre un exiliado, mantiene en la mirada el recuerdo, y se tiñe de compañía.

La pérdida temprana de sus padres, el sentimiento de la ausencia, la infancia útil en el tiempo, se observan en su literatura.

“Las palabras que no logro inventar

son las que me explican.

Sonido ahogado bajo las grandes lluvias

de mi infancia

y ese horror ese estupor

entre los follajes de la noche”.

La naturaleza es nutriente y, toman importancia las palabras cuando hacen contacto con el mundo:

“Ya no estamos en el verano

Pero somos el verano

Pudimos ser de otro modo

Nos tocó otro destino

Somos tierra encarnada

El sol trama nuestros sueños

El mar tu fragancia

La memoria se cierne en la arena

El agua te baña y floreces

Coral del deseo

El aire y tu cuerpo se dilatan

Copa de transparencia

El seco licor del lenguaje nos somete

La soledad el orgullo

Arco del cielo

sin horizonte

Tu cuerpo crea el espacio

Si un pájaro cruza

Un relámpago rasga tus ojos

El mar se ilumina y sus heridas

Blancas

se cierran en tu piel

Sal que devora y nos devora

Brillo que ciega y nos ciega

Nos tocó ese destino

Me tocó verme

En su destello

en tu mirada”.

En el verano cada palabra respira en el verano (1976), viene a ser el tercer libro de poemas de Sucre. Dividido en cuatro partes: “La felicidad”, “En el verano cada palabra respira en el verano”, “Entretextos”, y “Viendo pasar el Monongahela”. Este conjunto fluye con la conciencia y el protagonismo es esencialmente de las palabras. Prevalece el recurso de la simultaneidad, lo que evoca la ambivalencia mantenida en la poética de Roberto Juarroz. De este autor argentino Sucre señalaba que la palabra se ve desafiada en su poder de encarnación.

“Para empezar: no moriremos de poesía

nadie tiene la palabra aunque hablen

o todos la tienen aunque callen

poetas de su tiempo llegan a destiempo

me voy con los que parten y no regreso

anuncio a los que nada anuncian

el ojo del poeta se adueña del mundo

que reaparece

condenados a la realidad por la realidad

que inventamos

(realidad, realidad, no me abandones)”.

La perspectiva de la figura femenina también es referencia, presencia que se funde y aviva, su entrega que nutre “la amorosa ráfaga del sexo”. En un poema que dedica a su amante nos muestra:

A Julieta, en Cala Ratjada

“En mi obscurecido lenguaje penetra de pronto tu fulgor

estalla la estación.

Higuera alta dorada en el verano

de aquella isla.

Vientre que entonces reposabas como

la arena.

De una palabra a la otra arde luego mi paciencia. Viña lentamente macerada

por el deseo. Lámpara que un moscardón ciego hostiga.

Los vientos, la hojarasca, las memorias han pasado. Arpa que resuena

bajo mis manos, en tu cuerpo aún habitan los silencios. Otro idioma se

engendra con los sueños. En las ruinas de un amanecer su tenebroso

plumaje se ilumina.

Mar de jóvenes amantes: vigilia bajo el tiempo. De la penumbra de la

noche al fin brotabas, triunfante, desbordada sal, irisada para la

profundidad del día. Mirábamos sin espanto el nuevo sol. El pardillo

de alba que cantaba en tus ojos. Mirada águila. Mi única cumbre por conquistar.

Mi único cielo, bajo el cual mis palabras son relámpagos”.

Alguno de los nombres que expone la historia de la literatura venezolana, y las influencias para la época, sería justamente el de José Martí y su paso por Caracas. El peso de éste, como lo expresa Gonzalo Picón Febres en su libro sobre literatura del siglo XIX, básicamente sobre la oratoria, la retórica, y la elocuencia.

Para muchos críticos, los poetas venezolanos serían acusados de “imitar cualquier asunto extranjero”. A pesar de esos señalamientos, Sucre desde los años sesenta trabajó a partir de su intuición, combatió los americanismos, hispanismos y telurismos. Ya de nuevo en la escuela de Letras en la Universidad Central, conoce a dos profesores decisivos en su formación, el destacado filólogo Ángel Rosenblat y, el escritor y diplomático venezolano Mariano Picón Salas. La relación de Guillermo Sucre con ambos maestros fue de amistad, y en el plano intelectual.

Guillermo Sucre recupera su libertad con la caída del régimen de Pérez Jiménez, comienza entonces a intervenir en el campo cultural venezolano, y su apoyo continuó para el partido Acción Democrática.

Teniendo total conciencia de su rol como crítico, yendo de la superficie a la hondura, también muestra la otra cara, la del poeta que, de lo invisible se transporta hacia la superficie.

En La vastedad (1988) el conflicto entre realidad e ilusión:

“Escribo con palabras que tienen sombra pero no dan sombra

apenas empiezo esta página la va quemando el insomnio

no las palabras sino lo que consuman es lo que va ocupando la realidad

el lugar sin lugar

la agonía el juego la ilusión de estar en el mundo

la ilusión no es lo que hace la realidad sino la ráfaga encendida

simulacros donde ocurren las ceremonias

intercambios del fulgor del vacío del deseo

ya no hay sitio para la escritura porque ella es el sitio mismo

de lo que se borra

no descubrimos el mundo lo describimos en su terca elusión

ya no volveré al mar pero el mar vive en esa ausencia

que es el mar cuando la palabra lo dice

y se derrama sobre la página como una mano

ya no estaré en el bosque sino en la hoja que escribo

y entreveo su ramaje pasa el viento

ya no habrá más verano sino sol que devora a la memoria

y viene la gran noche de la arena que cubre los ojos

y sólo podemos leer lo que no estaba escrito.”

La presencia de la poesía de Sucre ha tenido vientos contrarios, pero sus símbolos universales, la conciencia de finitud, partir del poema al autor, y “ubicar el poema en el centro del mundo”, lo hacen definitivamente necesario, con su mirada que estremece, y que busca transformar lo ya dicho, aún sin existir lo imagina, incluso la felicidad:

(…) Así pues no puedo hablar de la felicidad pero

puedo callarme en ella

recorrer su silencio la vasta memoria de no

haberla tenido (…)

Frente a lo irracional, la racionalidad del poema, pero jamás indiferente a la condición humana. La facultad del lenguaje, la mano que lo escribe sin absolutos. La creación como núcleo, y el lenguaje como horizonte para nuestro talentoso, Guillermo Sucre.

 

 

 

 

 

 

Mayo 13 de 2017

 

 

 

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  • Guillermo Sucre, “La máscara, la transparencia”, Monte Ávila Editores C.A. Caracas, Venezuela (1975)
  • Alfredo Chacón, “Lecturas de poesía”, Oscar Todtmann Editores. Caracas, Venezuela (2005)

 

 

 

 

 

 

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Foto: Roberto Mata

 

Yo no naka wa

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(…)
Lugar común,
oficio de transitar tiempos convulsos.

El escozor de paloma
tasajeada a sus extremos.


Algo me libera y devuelve
la necesidad de ir cantando viento
tras el amargo navío.

Yo te conocí cuando eras estatua,
mármol primitivo dentro de mi sangre,
rumor azul en las montañas
de tu barba como túnica.

Escribí en tus labios y frente suaves,
dirigí mis manos hacia tu talle de trigo.

Tú hallaste una puerta oceánica
diste un último sorbo al salitre.

Impermanencia apacible
fuga de los condenados…

¿Quién me alumbrará
en la intemperie?

Yo no naka wa – Estoy aquí
Furu -ike – un viejo estanque
Chiru hana o – va hostigando.

©All rights reserved. Author Natalia Lara

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Foto: Lukas Vasilikos
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P L E N I L U N I O

 

miguel

 

 

“Y hay en la mar aquel silencio
donde suena el reloj carnal,
donde las nubes de tu sangre
y de mi sangre se abrirán.”
Miguel Arteche

Soy la obsidiana abrazada
al quejido en plenilunio
mordisqueo el relámpago
que se perfila entre niebla.

Incendio mi cuello
con brisas remotas,
cae en la hendida
tu playa huérfana.

Repartes la materia
de otoñal aroma
mis venas van tejiendo
delgados perfumes.

Voy sobre tu espalda
rompiendo el hambre
en nado apocalíptico
renaces en la lumbre
de mi piel fecunda.

Disuelve la madrugada
su agonía
es un anillo azul
de eternidad.

© Natalia Lara

 

 

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Foto: Miguel A. Daus

Ida Gramcko: múltiple ramo

Ida Gramcko

(1924 – 1994)
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“Nada de lo bellamente vivido es pasado”

 

         Para dar testimonio de algo que refiere al pensamiento, sin caer en el juego de la estimación, es necesario recorrer con precisión no solo la obra literaria, sino también la experiencia de vida de una mujer con una gran energía creadora, precoz y autodidacta, como lo fue Ida Gramcko.

 

Cuentista, dramaturga, ensayista, poeta y periodista venezolana.

 

Licenciada en Filosofía por la Universidad Central de Venezuela, profesora de Literatura en la misma casa de estudios, y en el Instituto Pedagógico de Caracas; profesora de Filosofía en el Centro de Arte Gráfico. Inició su carrera periodística a la edad de los 19 años —sin ser bachiller— en Diario El Nacional, como reportera en periodismo policial y cronista. Allí hace carrera por 50 años, en la compañía del que sería su esposo, el también periodista José Domínguez Benavides. Colaboró en revistas y periódicos: Diario El Globo, Diario El Universal, Revista Élite. Fue un referente en temas culturales y científicos. Enviada por el presidente Rómulo Gallegos en el año 1948 como encargada de negocios de Venezuela en la Unión Soviética. Obtuvo distinciones importantes en narrativa, teatro y poesía.

 

Entre su obra encontramos: Umbral (1942), Cámara de cristal (1943), Contra el desnudo corazón del cielo (1944), La vara mágica (1948), Poemas (1952), Poesía y teatro (1955), María Lionza (1955), Juan sin miedo (1956), La dama y el oso (1959), Teatro (1961), Poemas de una psicótica (1964), Lo máximo murmura (1965), Sol y soledades (1966), Preciso y continuo (monografía sobre el pintor Mateo Manaure, 1967), Este canto rodado (1967), El jinete de la brisa (1967), Salmos (1968), 0 grados norte franco (1969), Magia y amor del pueblo (1970), Los estetas, los mendigos, los héroes (1970), Sonetos del origen (1972), Quehaceres, conocimientos, compañías (1973), Tonta de capirote (novela autobiográfica, 1972), Mitos simbólicos (1973), Pirulerías (1980), Mito y realidad (1980), Poética (ensayo sobre arte poética, el símbolo y la metáfora, 1983), Salto Ángel (1985), La mujer en la obra de Gallegos (1985), Historia y fabulación en «Mi delirio sobre el Chimborazo» (1987) y Treno (1993).

 

La luminosidad y la sombra —como lo expresa Gabriela Kizer en la biografía de Ida Gramcko publicada por El Nacional dentro de la Biblioteca Biográfica Venezolana— provocaron emociones y construyeron realidades en su poética. La grafía, los rasgos, sus vislumbramientos, la fuerza para plasmar mediante el lenguaje su pensamiento que se trasunta en la libertad. Toda la potestad dentro de una habitación, la savia en papeles contemplada. Sus ojos para recorrer el absoluto, visión humana jamás deslindada de la realidad, su realidad fantasiosa. Inspiración y goce para quien la descubría. Andrés Eloy Blanco le dedicó un poema intitulado Lamento y gozo del destino lírico, sabiéndola niña, capaz de expresar metáforas genuinas.

 

En Poemas de una psicótica dice:

“…pese a estar triste, pese a estar turbada

por el miedo a la duda, y si he sentido

lo total, padeciendo más callada,

si me alcé sobre el grito y su estallido

como entera confianza delicada,

si no he visto y en lo único he creído

y soy la fe más bienaventurada,

¿puedo esperar lo que yo anhelo? Pido

sabiendo que mi voz será escuchada,

como se escucha un manantial sin ruido”…

 

El ejercicio literario de una época que todavía mantenía rima, métrica y estrofas clásicas en las que fluía la autora con el poema. Lúcida en esencia , tempranamente sólida y reflexiva. En Poemas escribió:

“ Nadie escoge su olvido.

¿Para qué si la ausencia

recuerda lo que fue y el raudo nido

prosigue sin cesar en la apetencia?

¡Vuelve!, grita el amor, y lo que ha sido

es en su grito nueva transparencia.

Inmenso ser inmerso en el pedido

devuelta está tu voz, tu confidencia,

tu secreto, tu piel, tu repetido

fiel hontanar que nunca es la carencia

sino el cambio de sitio, el transferido

sitial a otro dulzor, a otra potencia”…

 

Las formas, el noble lenguaje en el substratum de nuevas perspectivas, la limpidez en su poesía femenina y musical.

 

“Cámara

de cristal

mi lágrima.

Y el mar

y alcoba pálida

mi sollozo.

Mundo de celofán”…

 

Dentro de un ambiente que resultó ser un torbellino de misterio, bajo el cuido exclusivo de un padre temeroso y protector, transcurrió su infancia; la poeta junto a su hermana Elsa, lograron tejer una red beata únicamente posible con el don del arte.

 

“…Alegre libertad dice: me llamo…

(aquí su nombre). Fructifica

antagonista plácido y cercano

como una carne mágica y melliza”…

 

Ida Gramcko forma parte importante de aquel grupo de jóvenes que se dedicaron al estudio de la filosofía y de los instrumentos de expresión, cultivando en todo el trayecto de su vida la poesía como experiencia intransferible.

 

“… A veces tengo alas. Los cabellos furtivos

se fugan entre ratos de las furias del viento,

las manos, como arañas, van tejiendo en sus giros

una red infinita de locura y ensueño”…

 La alusión al paisaje, a la naturaleza, íntima, con la infancia marcada, donde entraban todos los silencios, siempre en espera.

“…Eras el jardín, sobre los ramos,

ensueño real que aprisionara un niño

en un cesto de mimbre que su mano

agitaba por sendas y macizos.

Hoy eres como rígido del campo,

un paisaje minúsculo en un nicho.

Ataúd de cristal vela tus párpados

-oro y azul- dormidos.

Los lirios están lejos, y los pájaros

mueven el ala pura en el espacio

como en un dedo pálido un anillo. 

Y tú estás sola, inmóvil, en un marco,

como el retrato de un velero antiguo.

Alas de sol. Antenas de amaranto.

Rosa caída en aluvión marchito”…

 

Ida dio lugar a los encuentros, a la amistad, a la diversidad del arte. En una de esas tertulias, ya en el año 1956, Guillermo Sucre conoce a nuestra poeta, y la describe como “una joven floreciente pero no exuberante ni mucho menos dada a los remilgos; más bien pensativa, retraída, un tanto arisca, aunque franca y espontánea al hablar. Sólo que era un ser que irradiaba lo que ahora puedo definir con dos términos que se influyen entre sí: tenía gracia y carácter. La gracia del don creador y el carácter para cumplirlo”.

 

En Contra el desnudo corazón del cielo (1944), constantemente emocional, en contacto consigo misma, padeciendo y sintiendo, expresa:

 

“Ver la verdad intacta,

conjugarla a mi vida como un verbo,

me cuesta el corazón, me cuesta el alma,

me cuesta voz y cuerpo.

Cambio un trozo de luz por una lágrima,

trozo, a su vez, de luz, tibio lucero,

y un nuevo rictus de mi frente pálida

por el profundo pensamiento.

Me va costando todo

llegar al dios eterno.

¡Ah, yo recuerdo mi primer sollozo!

¡Su agua de amor recuerdo!

Desde que supe con divino asombro

que no me era imposible ver el cielo

todo, para ese fin, lo sentí pronto,

todo estuvo dispuesto.

Y el viaje comenzó… De mi retorno

sólo sabrán los frutos y los huesos.

¡Labios, mejillas, ojos,

los ofrendo!

Tomad mi dulce rostro.

Tomad el rostro dulce de mi ensueño.

¿Queréis el tallo de mi torso

elevando la rosa de mi seno?

¡Abridme heridas, pozo

de sangre en el silencio,

para saciar mi sed! ¡Cavad el hoyo

del resplandor, adentro!

¡Oh, lagares de insomnio!

¡Surtidores azules del desvelo!

Sólo te salvas tú, tú que estás solo,

sin mí, desde hace tiempo,

desde que soy la Dolorosa y rondo

en torno al crucifijo de mi encuentro.”

 

Entre los recursos dispuestos por la autora, está la sustitución de la y por la i. En Poemas de una psicótica (1964) el texto poético “El ángel”, correspondiente a la psicosis que padeció, nos lo muestra:

 

“Un Ángel nunca tuvo aureola. Eso es tan irreal como pensar que, cuando se ama, el amor quema sin humedecer. Porque el amor es agua y fuego. Arde la hoguera adentro y de los ojos mana un tibio manantial. Una aureola, además, es mucho más palpable que un redondel de luz. Tanto así que si el Ángel poseyó alguna vez un círculo de oro en torno a su cabeza, se la dio a un niño para que jugara. I ahora el niño lanza ante los hombres un gran aro resplandeciente”…

 

Los estados de pánico, agotamiento, depresión y delirio, llevaron a la escritora a refugiarse en un centro clínico en el año 1959. En Sol y soledades (1966) lo estrepitoso como sentencia:

 

“Y así roídos por la incertidumbre

de toda tez, conscientes del encaje,

vamos, la media sombra, media lumbre,

bebidos por unánime linaje,

pardos por la corteza y por la herrumbre,

verdes por el reptil, por el ramaje,

blancos por pan, quemados por alumbre,

rojos por la cereza y el descuaje,

patéticos de fuerza y mansedumbre

hacia la consistencia del celaje.”

 

Es importante reconocer la extensa obra de una distinguida autora venezolana, su vuelo que conmociona por las circunstancias vividas, el lirismo notorio, dolor revelado, excepcional ser humano que requirió de cuidados y, manos comprensivas. En Quehaceres, conocimientos, compañías (1973), lo que sostiene y emerge:

 

“Un poeta callado es como un bosque que pide luces para su intrincado sendero. Un poeta callado no indica desamor. En donde hay bosque, siempre hay promesa de trino.

Un poeta callado es una sed. No lo lances al agua, en vertiginosa y poco inteligente zambullida. Aproxímale el vaso de agua. Canta cerca de él.

Un poeta callado es como un ave revoloteando en el boscaje.

No lo presiones con el canto. Eso sería enjaularlo. Pero tampoco le ofrezcas muchos árboles, ramas y frutos. Eso sería llevarlo a la deriva. No lo encarceles. Pero no lo vuelvas impreciso. Poda los ramajes. Hazle olvidar los árboles. Señálale, simplemente, el nido. Y el gorjeo vendrá.”

 

Bajo un largo y profundo tratamiento, aún después de retornar al hogar, fueron arraigándose en ella características infantiles. Volvía al salitre, al olor frío del mar, a la psicosis del puerto, las emociones tempranas lejos de aquella colonia alemana arraigada en el suelo de Puerto Cabello; latente en ella la huella rígida familiar, el temor enfundado del que no logró prescindir hasta hacerse flor de luz lanzada al cansancio / a su lívida epopeya una mañana de mayo de 1994.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Abril 25 de 2017

 

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Kizer Gabriela, “Ida Gramcko”, Biblioteca Biográfica Venezolana. C.A. Editora El Nacional. Caracas, Venezuela (2010)

 

 

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Foto: Archivo familia Aristeguieta Gramcko

 

Fotos de la Primera Muestra del Diplomado de Poesía Venezolana Siglo XX en Honor a Elena Vera

 

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Elena Vera. Caraqueña, hija adoptiva de Guayana. Fue poeta, ensayista y articulista. Graduada en la especialidad de Castellano, Literatura y Latín. En la Universidad de Los Andes obtuvo la licenciatura en Letras. Logró su maestría en Literatura Venezolana e Hispanoamericana. Trabajó en la Cátedra de Literatura Venezolana del Instituto Pedagógico Universitario de Caracas.  Fue presidenta de la Asociación de Escritores de Venezuela. Entre su obra poética tenemos: El hermano hombre y el extraño (1959), El Celacanto (1980, Premio José Antonio Ramos Sucre), Acrimonia (1981, Premio Universidad de Carabobo), De amantes (1982), Sombraduras (1988), El Auroch (1992).  Ensayo: Coautora de Cuatro ensayos sobre Ramos Sucre (1980), Flor y canto. 25 años de poesía venezolana (1986), Inventario del espíritu: el aporte del Instituto Pedagógico de Caracas a la literatura venezolana y otras literaturas (1996). Colaboró con importantes revistas de su país, y escribió para el diario El Nacional. Falleció en 1997.

 

*

 

 

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Huimos de la muerte pálida rimada de hastío. Comenzamos por el final; aquí, público incluido, cantando “Alfonsina y el mar”…

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Se duplican las sonrisas…

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Eterno el canto…

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El Poeta: Francisco y los inicios…

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Resplandecientes…

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Esa hoja y su viaje que no olvido… Gracias, Don Cástor.

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Maega es magia…

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Reverencias a tu voz, Mary…

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Maestro, MAESTRO… José Quintero.

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Un señor: Velásquez, Velásquez, Velásquez…

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La poeta…

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Runner y, poeta…

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Descubrimiento grato…

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Sonreímos…

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Mucho antes de que ingresara el público…

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Poesía…

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Atentos…

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Quien escucha los silencios y los disfruta…

 

 

 

*

Especial agradecimiento al amigo José Lanz,  por acogernos en los espacios de la sala que dirige; a Fundaletra Bolívar por el apoyo concedido, a nuestros facilitadores los escritores venezolanos Francisco Arévalo y, Néstor Rojas. Al selecto grupo que hoy, rodeado por el fulgor encanecido de los días, no se limita y en su lugar toma la determinación de aprender, aprender. A todos

g  r  a  c  i  a  s.

 

 

 

 

 

 

 

 

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30 de marzo 2017

Puerto Ordaz, Venezuela

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D i s p e r s o

 

 

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D I S P E R S O

Déjame revivir el rostro de tus muertos,
déjame tocar con mis ojos,
herencia de la noche.
Juan M. González

La niebla de puntillas
oblicua, penetra mis ojos.
Una gota se desgarra
hunde la tierra amarilla.
Asumo la partitura
que el piano al fondo ejecuta.
Y pienso en ti
como un muerto vestido de mariposas
humedeciendo sus alas en el aceite flemático
[de las ramas.
Alzo mi pecho para regar tu bálsamo sobre
[mi brillo negro.
Tu vuelo migratorio dobló el camino
un crepúsculo desvestido petrificó el río,
ya nada queda…

– N A D A –

Mas que el aceite salpicado en el claustro de mis huesos
y aquella gota,

apartada de la tierra.

.

© Natalia Lara

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Foto: Nicolás Bruno

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Dos poemas de Alarico Gómez

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Es un ángel de pluma equivocada

 

 

Es un ángel de pluma equivocada

es una mariposa, es un gentío,

es un monte de luz nombrado río

y es el oscuro aceite de la nada.

 

Cabe en su corazón la madrugada

y las aves que rompen el rocío.

Bocas es de celeste poderío,

ceniza de la tierra abandonada.

 

Y la palabra de protesta cabe,

porque su mundo sabiamente  sabe

ir más allá de toda lejanía.

 

Entre el mito, la fábula y la ruta

es ángel, mariposa, prostituta.

Nace en el fuego. Es la Poesía.

 

 

 

Imagen. Año 1, No. 10. Caracas 21/28 agosto, 1971

(Poetas de Guayana)

 

 

*

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Balada de los mendigos

 

Ha llegado diciembre

y no maldigo.

Se muere una pared

y no maldigo.

Mi corazón, a veces, se siente abandonado,

como un libro después de los exámenes.

Pero yo no maldigo.

 

Busco y no encuentro;

pero no maldigo.

 

Entro en una sala de cine

y sin embargo no maldigo.

 

Sé que quieren dejarme, como al perro, los huesos.

Y todavía no maldigo.

 

Sé que no soy estoico

y no maldigo.

 

Y yo que he soñado la balada en b de burro

a la burra de Balaam,

y que por eso conozco la balumba, la boca, la botella,

y que por eso conozco la botánica, los besos, los altibajos

de la ingrata profesión, y que por eso conozco las

palabras realmente bellas —tu carro al viento;

los cachetes fríos; las mojadas mejillas del murmullo—

por eso no maldigo.

 

Sé de los que trafican con la palabra “llanto”

¡y no los maldigo!

 

No soy débil ni fuerte ni bueno ni malo.

Soy esto solamente:  la sombra de un mendigo,

un fiel representante de mi tiempo,

con su dolor de muelas y de nubes.

Y ante el desnudo bajo como un gran espectáculo

aplaudo a ratas llenas —perdón, ¡a manos llenas!

¡Soy sólo y solamente el ciudadano que compra amor en la farmacia!

Pero, no; ¡no maldigo!

 

Soy un todo en hormigas sobre un hueso,

más allá de la esquina y la charada;

pero nunca maldigo.

 

Saludos a los poetas —digo, algunos—

y, por no maldecir, guardo silencio:

no les hablo de mí, nada les cuento

de mi pintura cotidiana, obsesionante, desgarradora y pintura.

Ni les hablo de Cristo ante las puertas de una resurrección.

 

Porque yo sé de los caballos que se ponen más fríos que un candado.

Porque yo sé del picaporte

con un color de muerte hacia la ojiva.

Porque yo sé de capas superpuestas

en la corteza del ventarrón.

Y ni aun así maldigo.

 

Yo, el desolado, el solitario, el gordo,

dígome: —No has de maldecir. Es muy feo.

Te castigan en la escuela. ¿Recuerdas?

Las orejotas de burro, los palmetazos, la sala llena de risas.

Y por eso no maldigo.

 

Mas, como sé que ustedes son mis buenos amigos,

al invitarlos a seguir, conmigo, los ríos de diciembre,

y a asistir al entierro de esa buena señora

—la antes dicha pared—

con la misma paciencia que iremos al cine

y con que haremos cosas que desagradan,

vengo yo a suplicarles que me perdonen por el remate de este documento

donde, en lugar de poner mi firma o algo más conmovedor,

pegaré un grito como un sello,

siquiera alguna vez:

¡Maldita sea!

 

 

Obras Completas, 1963.

 

 

.

 

untitledbAlarico Gómez. Poeta, periodista y biógrafo venezolano. Cuentista y escritor teatral. Nació en Barrancas en 1922. El seudónimo de Martín Pulgar lo utilizó en sus colaboraciones para la revista infantil Tricolor. En Ciudad Bolívar funda y dirige El Orinoco. Edita además El Mercurio, junto a Antonio José Puppio. Funda la revista Minerva y el órgano periodístico de ideas: Democracia. Escribió: Los dominios visuales (1956), La torre del homenaje. Júbilo del regreso (1946), Poemas para inmigrantes y turistas (1950); entre las biografías escolares de la Fundación Eugenio Mendoza tenemos Fernando Peñalver gran ciudadano. La fuentecita encantada (1968) teatro y cuento. El Ateneo de Valencia publica en Cuadernos Cabriales de poesía, Unidad hacia la rosa (1950). La Biblioteca de Temas y Autores Monaguenses, con prólogo de José Ramón Medina, publica en 1963 parte de la fecunda obra inédita del autor. Su quehacer poético también destaca en Tres poetas bolivarenses, por Manuel Alfredo Rodríguez. Fue también Alarico Gómez un fino poeta humorista en el diario El País de Caracas. Murió en el año 1995.

 

 

 


Velia Bosch, Gente del Orinoco 36 Poetas Guayaneses, Gobernación del Estado Bolívar. Dirección de Cultura Año Bicentenario del Nacimiento de Simón Bolívar 1973 – 1983.  Caracas, Venezuela.

 

 

 

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Foto: Denis Olivier

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Un poema de Hanni Ossott.

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Mis manos

 

 

Mis manos

mis manos sobre mi cuerpo

el anillo, los anillos

las arrugas, las líneas

la tensión en el asir

el secreto, los secretos

la palabra no proferida

 

 

Él, allí

como abrazo

como amor en tensión

y allí la casa

en la mano

 

a la mano

 

 

las marcas, las huellas,

mi pluma vegetal

mis venas

los sarcasmos, los lunares

los ríos de impiedad

 

 

Mi mano

surcada de ríos

sangrienta

voluptuosa

henchida

plena de montes y entrañas

de blancos y rojos

líneas y hendiduras

 

 

Mi mano, mis manos.

 

 

(1987)

 

 

hanniHanni Ossott. Caracas, 14 de febrero de 1946. Poeta, ensayista, docente y traductora. Obra poética lúcida y reflexiva. No razona, intuye. “La poesía como experiencia de vida, como pasión, como una forma de iluminar.” Influencias literarias: Rainer Maria Rilke, D. H. Lawrence, Emily Dickinson, a los que además tradujo. Tendencia al prosaísmo. Entre sus publicaciones tenemos: Hasta que llegue el día y huyan las sombras, El reino donde la noche se abre, Plegarias y penumbras, Cielo, tu arco grande, Casa de agua y de sombras y El circo roto. Obtuvo los Premios Nacionales de Poesía José Antonio Ramos Sucre y Lazo Martí. Fue galardonada con el Premio Nacional de Poesía otorgado por el Consejo Nacional de la Cultura (CONAC), año 1988. Falleció el 31 de diciembre de 2002. (Foto: Vasco Szinetar)

 

 

 

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Foto: Dora Maar

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El tránsito sagrado hacia la casa

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Desde la grieta ecuestre de montes y caminos
la bondad de los grillos con sus piernas pisadas
el río en reposo y su espalda de fuego
sobre un jardín de peces las manos en penumbra.

El ojo solitario madura en el invierno,
la piel esconde en manchas el leño desolado
perfil que se sumerge en la cintura del día
ciñéndose al perfume de una música calma.

Ese peso liviano del viento dolido
que vuela mientras la noche tuesta su manta
y carga el temblor que cruje
y destrenza la espuma curvada.

Como un rumor de siglos amurallados de sombras
la fiebre irreversible que cuece y pulveriza;
así dichoso en el disperso viaje
en el tránsito sagrado hacia la casa

con su funda palpitante de lumbre
no me ha de abandonar su metálico rayo.

© Natalia Lara

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

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Foto:
www.orinocodelta.com
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De “Verbos Predadores”, por Jacqueline Goldberg

*

 

 

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—YO, QUE MALDIGO Y RECAIGO, que tuerzo el curso de

       una hormiga para verla enloquecer, doy fe de

       que hay palabras anegadas en niebla; banderas

       como magnolias boqueando en los márgenes

       de la común desdicha

— ¿Tu despropósito?

 

 

*

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—HACE MUCHO ESTOY DISPENSADO DE CUALQUIER

      ARREBATO

—Tu alma es hosca

—Soy más dócil y paciente que en la niñez; más

      codicioso de lo que seré cuando viejo. Sobre

      mi cabeza hay un rebaño de antorchas, pero ya

      no me atormentan

—No por eso huyas al tufo pardo de la muchedum-

      bre, no desestimes su rumoreo

 

 

*

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—LA FIESTA, SU ALGAZARA, TAN LEJOS DE MÍ

—Has sido invitado, como todos

—Prefiero este lado de la inexactitud

—Hay que dormir, a secas, aquí o allá, donde la tos

     se detenga, donde la vida quepa toda

*

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—CONSTATO EL DETERIORO. No hay lugar que retribu-

       ya la lágrima. Aquí quiere decir aquí. No

       umbral ni retorcida salida

—Por eso los nombres mal puestos, los alegatos con-

       tra la templanza, el párpado llovido. Por eso mi

       garganta curtida de hijos

 

 

*

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—REGRESAMOS CURTIDOS, DESMEMORIADOS. Nos trajo

         el deber, la holgura del desastre

—Quedarnos era fingir

—Volvimos indomables. Y dígase del mar y no de los

          arrecifes, no del islote, no de la piedad

—Volvimos de un caldo misericordioso que se traga

          a los héroes

—En todo paraíso hay siempre un impostor

 

 

 

 

 

 

jgfgoldberg(Maracaibo, 1966). Doctora en Ciencias Sociales por la Universidad Central de Venezuela y, licenciada en Letras por la Universidad del Zulia. Su trabajo poético aparece incluido y reseñado en antologías publicadas en Rumania, España, Puerto Rico, Estados Unidos, Perú, Cuba, México y Venezuela.

 

 


Jacqueline Goldberg, Verbos Predadores, Editorial Equinoccio. Venezuela, 2007.

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Foto: Jindřich Štreit

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El nopoema, especialmente hoy 29XI16

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*

Repto en el grito cenizo del silencio
me estrangula la ardida sombra
el complexo mayor del cuello lo arqueo
me inclino lateralmente y bebo siluetas.

Rescatada del tedio maloliente,
él besa mi hocico como lo hacía mi madre
se expande el tejido muscular dentro del ojo,
roto y elevo la cabeza apuntalando hacia la luz.

Execro la habitación obscuramente cotidiana
permanecemos atados a una palabra que llega de lejos
nos diluimos y remozamos el verbo hundido
—casi negro.

Deshojamos todas las voces que invisibles trascendían
para asir el mensaje que amenaza, el Nopoema
la inspiración que se funde en el camuflaje del viento
como un espectro equilibrista en los gemidos desérticos.

Y se oye la gota que redimida en una voz se alza,

P o e s í a.

© Natalia Lara

Venezuela

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Foto: Sally Maan

 

 

Dos poemas de Elías José Yánez Marín

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Quimera

 

Todos abominan a mi meona

muy bulliciosa es la reina

de este nuevo mundo

sincera, insondable y alargada.

 

¡Luzbel no te me acerques!

 

El clarear asesina las tinieblas

las tinieblas asesinan el clarear

es el juego más añejo.

Yo corro por una galería de mujeres

magníficas,

corro y no acampo pues voy fugitivo

de un aposento infeliz.

 

¡Luzbel no te me acerques!

 

A veces encuentro dulzuras

¡Me son muy pocas!

A veces soy despojado

¡Casi siempre!

Ustedes no me ven llorar

sólo la que es sincera, insondable

y alargada ¡sólo ella! Me ha visto

gimotear.

 

¡Luzbel no te me acerques!

Brazos que nos sujetan

miradas que nos engañan.

Pies bajo el atolladero.

Dolores que envejecen.

 

Yo vivo zambullido en sueños

espabilándome desdibujado

y execrable.

 

Yo amo zambullido en sueños

a mujeres magníficas.

 

¡Luzbel no te me acerques!

*

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Hermosa raza

 

Padre que impones tu voluntad

a tu hijo, que le niegas el agua

estando él sediento

que no le permites musitar

y lo amedrentas con tus gustos.

Que le degüellas el camino

hacia lo bello.

Que lo azotas y humillas ante

su hermano menor

y él no queriéndote obedecer

lo clasificas de garrapata.

Que lo detienes en su ascender

 y le hablas con muecas de pánico.

Padre dictador y profano

de la musa vigorosa

¡Húndete en la bardoma!

y que Satán rompa tus huesos

y en el infierno los venda.

 

Madre, esclava, que accedes

a que tu hijo sea maniobrado

que lo suturas de obsequios

aniñados,

y él no queriéndolos recibir

le haces creer que tú sufres.

 

Madre invidente de la belleza

¡Húndete en la bardoma!

y que Satán te lleve a su edén de rameras.

 

Hermosa raza de hijos atormentados

despojados del cariño elemental

que ambicionan la caída

de sus padres

y hermanos menores

¡Cumplan con su hado y el error

de nuestros primeros abuelos!

 

¡Que yo los amo!

 

 

 

 

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Foto: Ren Hang 

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Un poema de Margarita Laso

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páramo

I

negro entre lo negro
eres tú toro

de lejos
perfil entre el barranco y la vida
línea tiznada ante los grises
astas para el sometimiento y la alabanza

hay aguas que se trenzan y zurean en la altura
y la lágrima roja de un pájaro brujo
como el corazón de este anhelo
suspendido en las hebras de la paja
trino sigiloso
un aleteo
apenas
unas fibras que tiritan

el lago de neblina riscos y rocas oscuras
acuarela inhóspita el suelo de vapor
¿quién te avizora?
¿quién puede seguir tu huella?
aquí
con ojos como cinchas agarrados del monte
aquí
sabré si me aguardabas
si espadas en el arco nocturno tus ojos
todavía me distinguen

toro quemado
¿quién fuera el lucero de mercurio que te reconoce
en las tinieblas?

si te sigo sin remedio me verás
¿esperarás a que salga del agua?
¿esperarás para embestir?

II

negro como una botella de sangre
perdido en las húmedas quebradas
en el páramo permanece la mansa margarita
con las patas ahumadas te verá cruzar

¿me hallará la que madruga venada arisca?
ahí amaneceré
¿será nuestro para siempre el monte?
ahí sucederá
¿qué hará la aurora poniendo hielos en los pies
que solitarios te rastrean?
la cordillera cortaré para encararte

III

barroso
aquí se combate la helada con trago del ardiente
círculos de soga acechando a las águilas
aciales chasqueando el horizonte

si bebemos a pico de crepúsculo a galope
serán las astas de una noche de incendios
los zamarros que agitan las campanas
rosas blancas las palomas
al pie de una iglesia enmudecida

tal vez será esta textura rugir del rigor
muescas y ascuas de la bruma
tal vez este lazo de gasas
estas piernas desnudas
coloradas como el poncho que vuela
sobre un cóndor que te sigue

tal vez serán            toro anochecido
puente colgante entre el páramo
y el latido con que me muerde la muerte.

 

 

 

 

10422231_10154666322713677_2131994448163766460_n.jpgMargarita Laso. Nació en Quito en 1963. Escritora y cantante. Hizo estudios de sociología, literatura y música. Ha forjado su espacio artístico como intérprete de música popular, productora de espectáculos y grabaciones. Con Los lobos desarmados, ediciones Archipiélago inicia su colección de poesía.

 

 

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Foto: Juan Ortiz

 

 

Sólo oírme – A. Pizarnik. In Memoriam.

«Ved, esta claridad secreta
en la que se contempla todo lo que desea».
Jean de Ruysbroeck

 

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Delira la sangre y el aliento de carbón
[enronquecido
gotea la obscurecida luz del día,
su marca púrpura anida en los párpados.

Sofocan los arenales negros
ofrendados por las sombras
de un sol ambiguo
[que hiela mis manos.

Te lo he repetido tantas veces
[Alejandra
quimérico ocultar el miedo en el lenguaje*
cuando las espuelas vociferan

A C E C H A N D O

al muro que me redime.

Óxido rebosante en los costados,
ruedan mis dientes laberínticos
en la grieta prolongada del espejo.

Ansío el jardín blanco,
la noche en llamas puliendo mis sienes,
cerrar la fisura del ojo abierto en mi cabeza,
volver a develarle el rostro
al silencio.

 

© Natalia Lara

[*Cold in hand blues, Alejandra Pizarnik]

 

 

 

 

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Foto:  Shinya Arimoto

Daniel Wence (México)

 

 

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Explícale esto a un ruiseñor

 

 

que tu beso urraquencio

me besaba

todo lo presa que fui

que soy que de tus alas soy

que de tus alas negras

de tu beso de urraca sin canto

 

con toda tu buitralidad tú me llevaste al ojo

de tu anocheciendo

y yo tenía las plumas necias deshojadas

cuando la mirada tuya    presa yo corría

de tal en tal

tu mirada amaneradamente asesinábame

 

y amor yo dije porque te miré volando

aleteabas mis pupilas

con tu carroñidad

clavaste clavaste / tu pico en mí.

amor yo dije de tu piar ajeno

presa yo

estaba rendido

 

con esa tu rapiñidad hurtabas

de mí la miseria de vida

que ningún antes ave hube así.

me despojabas/ jaste

de a pocamente mucho

de todo lo que ya no tengo

rapaz nocturno

tu abrazo rapacidad

colgaba/ yo lo vi

de mi cuello el mismo

besado por tu poco pico devorándome alboradamente

amado mochuelo devorándome

 

y acepté tu rapazada

tu sincanto desincanto

y abríme de carne

y me extendíme al piso

a recibirte presamente en mi cuerpo carroño

enamoratado de tus golpes que me colocaste con esa aguilidad

tus picotadas ganchudas para desgarrarme

 

cuando tu falconiformidad me rapazaba el todo aliento

*

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Apología a sus flores

 

Vos eyaculabas flores que a veces en mi boca

Tulipanes blancos pétalos solían florecerse Vos eyaculabas un jardín por las mañanas y regábamos juntos su tranquilidad de hojas y tallos Vos tenías por alma un pétalo cristalizado y hacíamos juntos fotosíntesis a veces cuando siempre Vos eyaculabas orquídeas girasoles caléndulas Vos eras la caléndula fragancia matutina hueledenoche por todo mi cuerpo su raíz nacía eyaculabas polen que en mi piel encontraba su semen en mi dorsal espina para tus rosas y era el dolor de tu final una ceguera profunda fraganciada petálica colorida que Vos eyaculabas un racimo ramillete solo para mí/ recuerdo

*

929-0-f-1.jpgNació en Michoacán. Egresado de la Escuela de Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. En 2005, publicó la plaquette literaria Dicho está, en La Nopalera Ediciones. Ha colaborado en diversas revistas y periódicos. Ha publicado diversas antologías:  Anuario de poesía mexicana 2008, del Fondo de Cultura Económica,  y Estampas mexicanas, de Crunch Editores, México. Recientemente fue publicado su poemario Nada de incrustaciones por el Fondo Editorial Tierra Adentro.

Los dos textos han sido escogidos del libro Versos di-versos (Antología poética sexo-género diversa contemporánea e hispanoamericana), Fundación Editorial El perro y la rana, Caracas – Venezuela (2011).

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Foto: Vlad Artazov

 

Un poema

 

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Sobre esta ventana
sin ojos, te llamo
gigantesco huraño
sumergido abruptamente
en el infierno de los sordos
Te llamo,
con la lengua árida
y este cuerpo animal
lleno de aletas
gris como el cromo
Ya pronto
cimbrará tu oído
un grito a secas
entonces, hablarás de apetitos,
de los peces y sus manos mutiladas
Musical en orilla
sabrás del muelle,
y de la arena que estrangula,
del espeso vidrio
que desarticuló las venas
 
inflamado                     deshaciéndote
 
cortado
 
 
como un cálamo
bajo el círculo de dedos feroces
seguirás el clamor
entre un río que zumba
sostenido por el siseo
de tu noche hojalata
Con mi boca impasible
a   n   u   l   a    d    a
incurriré en la intemperie
ya sin saber del temporal,
congregada en la humareda
sin ojos, ni ventana.

 

 

 

© 2016 Natalia Lara

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Foto:    www.zezn.me

Ednodio Quintero: Un caballo amarillo – Narrativa

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*

 

Si yo soñara que soy algo más que un caballo amarillo: despojado de resabios y relinchos, reducido a la infeliz condición de bípedo pensante, enfilaría mis pasos rumbo a la ciudad más cercana, aquella que se vislumbra allá en el extremo sur de la llanura, y en la cual afloran altas chimeneas oscuras manchando de hollín el cielo sin nubes de esta mañana de septiembre.

Me confundo entre la multitud sudorosa que sale del estadio. A empujones y codazos logro abordar un destartalado autobús repleto de escolares macilentos y ancianas desdentadas. A través de la ventanilla contemplo el desfile de árboles raquíticos que bordean la avenida. Un desconocido de rostro patibulario se me acerca sonriendo y me da una feroz patada en la espinilla. En silencio lo maldigo mientras me retuerzo como un gusano fulminado por un rayo de sol.

Desciendo en la esquina del mercado y me envuelve el olor a pescado podrido mezclado al vaho que asciende del fondo de las alcantarillas. Las moscas oscurecen el aire, y una rata asoma el hocico desde el bolsillo del saco de un mendigo ciego. Más allá, sentada en el umbral de una puerta rosada, una anciana prostituta se asolea las rodillas. Siento hambre, escarbo inútilmente en mi faltriquera, y me alejo poco a poco sin darme cuenta del sosegado ritmo de mis pasos.

Por un rato ando extraviado entre el humo de las fábricas, el ruido de los autos, el bullicio de los chicos que juegan al fútbol, las piernas rollizas de una mujer alta y rubia que arrastra un perro de pelaje oscuro. Y un viejo amigo que me saluda llorando. Otra vez escapo y creo refugiarme en la silenciosa intimidad de una iglesia. Me aturde la voz afeminada e irritante de un joven sacerdote, ojos azules y mejillas recién rasuradas, que agita un cristo con cara de perro regañado y vocifera en un idioma extraño, mezcla de latín, sánscrito y arekuna. Me escurro sigilosamente y vomito en la acera.

Casi sin interrupción me veo ahora sentado en un sofá, en la sala de unos parientes idiotas. Celebran mi visita con cuchicheos y sonrisas sesgadas. Me ofrecen café o té o limonada. Revolotean a mi alrededor como pájaros bobos. Recuerdan a la abuela asesinada durante una fiesta de carnaval de los años cincuenta y a la tía Margarita atacada de sarna perruna. Asqueado me despido, y con el golpe de la puerta comienzan, por turno, torpemente, a enterrarme en la espalda los puñales que ocultaban entre sus vestiduras.

Afuera la tarde es una flor anaranjada desgajándose lentamente. Las puntas de mis zapatos mellados señalan el camino de regreso. Me resisto a pensar. Mi cerebro es una cueva blanquecina, limpia y desolada, en la que, a intervalos muy breves, se desliza una sombra. Apenas una sombra y el obstinado revolcarse del viento entre los árboles. Tarareo una melodía triste y desafinada, y descendiendo por el callejón pateando una lata de cerveza.

Al llegar a mi casa me aguardan los gritos de mi mujer y el llanto de nuestros hijos. Mi mujer ha enflaquecido y los senos le cuelgan como una piltrafa. Los chicos tienen hambre. Patalean y me saltan encima y se me suben por todas partes como hormigas. Me derriban, aúllan y pisotean mi cuerpo fatigado. Entonces me despierto y libre ya de pesadillas me afinco en mis patas traseras, de un salto me levanto, relincho de contento, galopo y el viento sacude mis crines amarillas.

_________
Ednodio Quintero, Cuarenta cuentos, Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas – Venezuela, 2007
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  Foto:   Gerrit Greve

 

Infinitud –

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“Mira si entre las manos algo permanece.
La piel es silencio que refleja la profundidad del tiempo.”
Elizabeth Schön

a Isbelia

He visto a la anciana hurgar mis retinas
detrás de ella algunos colores mezclados en la luz:
naranja, rojo, verde, amarillo, violeta, azul.
Se contrae la sombra ajada
en el mutismo de una silla de pájaro palpita olvidada
mas la paradoja de sus muslos temblorosos
doblegados por un tiempo de cruces.

Duele el sudor gastado del naufragio,
ver las manos no vencidas remendar vestiduras
bañadas de hojarascas inútiles para futuros caminos.

Mujer antigua de sollozos secretos y distantes.
Mujer oculta tras el muro devorado por los años.
Mujer de trigo desprendido en el recuerdo de la infancia.

Mujer café……..
………………….. Mujer cacao
Mujer maíz……….

¡Cuántos sembradíos guardan tus manos!
¡Qué línea esconde la paz tardía de tus días!

Desde aquí, dilucido las formas vagas, frágiles y desgastadas
ese dolor perlado escondido atravesando los huesos.

Mañana te sostendré, trémula y dormida,
Ariel tejerá nuestros cabellos
balancearemos la línea ignota de los muertos
SIN UNA LUZ.

 

© Natalia Lara

 

 

 

 

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Foto: Ly Hoang Long

Lejanía

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Nuestro destino no es espantoso por irreal, es espantoso porque es irreversible y de hierro.
 
Jorge Luis Borges
 
 
 
 
 
 
Mis rieles recogen el sonido del silencio
arrastro la noche salpicada
dulces cocuyos muertos
plegados al instante de esta piel.
 
Busco enterrar el polvo
del día nevado
preñar de ritos a esta luna
que me arropa en hilos sonoros.
 
Paseo la memoria
en los surcos blanquecinos,
reconstruyen mis recuerdos
la espiral.
 
De un salto alcanzo
peinar tu nombre
y las canas esparcen
el vértigo de la lejanía…
 
                                          Papá.

 

 

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© Natalia Lara

 

 

 

 

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Foto:  Mindaugas Gabrenas 

Un poema

 

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Absorbente en la dispersión de la historia
es mudo el hilo blanco de la noche.
Sobre la imagen que deviene
el fenómeno obscurecido y fluctuante.
Entre la mezcla cabecea la ira,
una calva demacrada abrumada de estupores.
El azar sin distancia
retenido y equívoco.
Corre el llanto del rumiante
ante la incertidumbre sonora.
Apenas mira
v   e    r   t   i   c   a   l
Encima del lomo morado de apetito
las hormigas veleidosas exhiben los dientes.
El miedo se abre y vela en el día
una interrogación que crece.
Sin respuestas
a la fatiga que mana.
Todo está plegado.
Quizá sea el aullido de una playa
el que nos abrace.
Síntoma de haber embestido la ola giratoria
que nos arrastró a orilla.
Lamemos su paso intemporal,
hermético y pesado
como un sueño bíblico
que posa  las ruinas.
© 2016 Natalia Lara
(Venezuela)
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Foto: Pedro Luis Raota
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Antonio Machado

*

 

 

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LV

Hastío

Pasan las horas de hastío

por la estancia familiar,

el amplio cuarto sombrío

donde yo empecé a soñar.

Del reloj arrinconado,

que en la penumbra clarea,

el tic-tac acompasado

odiosamente golpea.

Dice la monotonía

del agua clara al caer:

un día es como otro día;

hoy es lo mismo que ayer.

Cae la tarde. El viento agita

el parque mustio y dorado…

¡Qué largamente ha llorado

toda la fronda marchita!

 

 

*

 

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XCIV

En medio de la plaza y sobre tosca piedra,

el agua brota y brota. En el cercano huerto

eleva, tras el muro ceñido por la hiedra,

alto ciprés la mancha de su ramaje yerto.

La tarde está cayendo frente a los caserones

de la ancha plaza, en sueños. Relucen las vidrieras

con ecos mortecinos de sol. En los balcones

hay formas que parecen confusas calaveras.

La calma es infinita en la desierta plaza,

donde pasea el alma su traza de alma en pena.

El agua brota y brota en la marmórea taza.

En todo el aire en sombra no más que el agua suena.

*

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XXI

Daba el reloj las doce… y eran doce

golpes de azada en tierra…

…¡Mi hora! —grité—… El silencio

me respondió: —No temas;

tú no verás caer la última gota

que en la clepsidra tiembla.

Dormirás muchas horas todavía

sobre la orilla vieja,

y encontrarás una mañana pura

amarrada tu barca a otra ribera.

machadoNació en Sevilla. En 1893 publicó sus primeros escritos en prosa. Vivió intensamente todo cuanto ocurrió a su alrededor; de esta experiencia nació su poesía. Sus primeros poemas aparecieron en 1901. Murió en Collioure, Francia, el 22 de febrero de 1939, tres días antes que su madre.

______

Antonio Machado. Antología poética. Prólogo de Justo Navarro. Alfaguara, S. A. 2005

*

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Foto: Sergi Bernal

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Un poema de Miyó Vestrini

103

Valiente ciudadano

A María Inmaculada Barrios

Morid con el pensamiento
cada mañana y ya no
temeréis morir.
(Tratado Hagakuse)

Dame, señor,
una muerte que enfurezca.
Una muerte tan ofensiva
como a los que ofendí.
Una muerte que soporte la lluvia
de Santiago de Compostela,
y de paso,
mate a los que me ofendieron.

Dame, señor,
esa muerte de la intemperie
que sorprende y tranquiliza.
Haz que esté largando mocos y lágrimas,
suplicando piedad
y deseando muerte ajena.

Haz, señor,
que aquel hombre con piel inédita
reconozca en mí al animal de los olivares.
Que su cuerpo pese sobre el mío
y haga dulce
la entrada al fuego.

Te prometo haberlo visto todo.
La misma culpa con la que nací,
el mismo furor.
Haz, señor,
que esté escuchando a Vinicio de Moraes
y a María Betania
y prometiendo que mañana,
lunes,
me inscribiré en un curso para aprender brasileño.

Que venga la muerte
cuando descubras en mí
alguna oculta intención de poder
y cuando sepas,
por tus informantes,
de mis maniobras para pasar la historia.
Cuando te digan, señor,
que he agotado todos los recursos de la fatiga
sin pedir clemencia,
entonces, señor,
dame duro.
Haz que este golpe que tengo en la frente
por abrir puertas a cabezazos
se ponga
rojo,
latiente,
doloroso.

Supongamos, señor,
que eres el bing-bang.
Que ningún territorio escapa a tu vigilancia.
Que los hots-dogs son tema de tu predilección.
Que tu deseo de mí es parte obscena
de tu personalidad.
Entonces, señor,
examina mi estómago abultado
por los espaguetis de Portofino
por las favadas del Guernica
por los pasteles de coliflor de mi madre
por los largos tragos de cerveza y ron.

Espía, señor, los rostros de mi espejo en el espejo,
yo, la pusilánime astuciosa
la del dedo en el aire
abanicando a la aburrida concurrencia.

Podrías venir al cine, señor.
Veríamos Brazil,
La vaquilla,
Un día de campo,
El cartero y Gatsby.
Me escucharías
sacudida por la risa
y el temor.

Permíteme, señor,
contemplarme cómo soy:
el rifle en la mano
la granada en la boca
destripando a la gente que amo.

Acuéstate conmigo en la madrugada, señor,
cuando mi respiración es un golpe de piedras
en la corriente del río.

Y verás como nada,
ni siquiera la leche de tus cantares,
puede darme una muerte que me enfurezca.

 

 

Monte Ávila Editores, 1994

 

miyo Miyó Vestrini. Nació en Francia en 1938 como Marie-Jose Fauvelles. Emigró siendo niña a Venezuela. Se dedicó al periodismo cultural, y en los años sesenta formó parte del grupo Apocalipsis de Maracaibo, el Techo de la Ballena y la República del Este, entre otros. Dirigió la página de arte del diario El Nacional y también la revista Criticarte. Mereció en dos oportunidades el Premio de Periodismo (1967 y 1979). Libros de Poesía: Las historias de Giovanna (1971), El próximo invierno (1975), Pocas virtudes (1986) Valiente ciudadano, (póstumo,1994). Todos los poemas, 1994).

 

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Foto: Kishin Shinoyama

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Entre dos aguas: Orinoco y Caroní.

“Para el hombre que espera es la Luna.
Es Sol para la canoa que remonta el río.
Y para los hombres todos de la selva es el agua”.

(Fragmento de una canción piaroa)

1 aa warao 010

°

Entre las venas… el río

No pedí habitar el Sur
esta planicie de olor a guayaba
sus techos de albahaca molida
y calles angostas de mastranto.

No pedí habitar el Sur
sin embargo mis ramificaciones
enroscan una quimera de soles
y en las horas del delirio, suelo hundirme
entre alguna mata de mango.

Mi falda dulce perfumada
tropieza con barcazas de colores…
¡Destierra mi sed el río
que de plegarias rocía
las piedras entumecidas
de algún baladí perdido!

No pedí habitar el Sur
ni saborear los mereyes
(el caujil o acayouba)
ni extraviarme en los almendros
ni en los himnos derramados.

En la cúpula azabache
un crujir de viento encrespa
el respirar de cocuyo
que va agitando la sangre.

No pedí habitar el Sur
pero el Caroní me alcanza

besa, recorre.

°

Niñas warao“Las noches en los puertos cuando la soledad y el deseo
nos acompañaban por los muelles.”
Juan Liscano

En el declive de las olas

Yo viajaba de noche entre raíces menudas
despojaba al océano de bestias fluviales
y entre la línea difusa de mar y cielo
mi cuerpo bañado sus alas suspendía.

Yo besaba crepúsculos con mis pestañas
en el temblor del beso se vertía el follaje
en una nube verde perfumada de sales
conduje mi carruaje hasta su barca.

Era el cielo liviano como un niño dormido
como el rumor dorado de los albatros
como las manos de un pez que sumergido
rozaba las venas extendidas del oleaje.

Yo tendí las membranas hasta su frente
despojaba sus túnicas hieráticas plisadas
y en la majestuosidad desnuda de mi espalda
redimía el pecado de fuego en alfileres de agua.

Su rostro se regaba sobre la dermis
apenas perceptible se hilvanaban
enramadas fragantes de arena finísimas
sembrándonos las pieles despobladas.

Después el lodo blanco del silencio,
un silencio de espuma perpetuaba
la ensoñación que en nuestras lenguas se dormía

el repique de mi vientre en su boca de piragua.

°

Orinoco Unión de Orinoco y Caroní 21364736

Como flecha de barro sin rostro…

como flecha de barro sin rostro
oscilo en el aire

zigzagueo las rendijas agrias y amarillas
destiladas por la noche

cavo sus mejillas enormes
de elefante

en una de sus zanjas intento
insertar las pesadillas

levanto los labios
n e g r í s i m o s

punzados de palabras gruesas
deseosos de llorarlas

atrevida se impone la lluvia
trasmuta el suelo

es un lago verdinegro
de llanto neblinoso

en medio
una ciudad se alza

improviso piruetas ahumadas
sobre el lodazal

alcanzo la falda tenue del río
él levanta sus lapislázulis alas

me pego a su inmensidad dulce
de estrellas

el río me atrae
con su bruma que titila silenciosa

como me atrae el mortífero sarín
o las femeninas flores del higuerillo

escucho la rareza fulgurante
de su pecho erguido

lamo el fondo
que no sabe a sol

beso la orilla.

°

Puente Angostura sobre el río Orinoco, Ciudad Bolívar

Ven hacia el río cual llamarada
busca mi piel en su cauce la historia
lecho de amantes del amor la Gloria
sostenida tarde inusitada.

Y llega tendida y sosegada
del Orinoco el agua partidaria
entre la piedra grisácea, plegaria
a Dios y la Virgen Inmaculada.

¡Oh Amado Padre mi amor primero!
¡Oh Piadosísima Virgen con tu mirada
purifica almas que tu gracia adentre!

Y cual garzas blancas cruzando estero
techando con palmas el sueño, aguzada
percibo olor a helecho en mi vientre.

*

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*

Textos:

© Natalia Lara

(Venezuela)

*

Fotografías:

© Alfredo Cedeño

Etnia Warao

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Flor Aterrada

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Me hundiré en las negras perlas
antes que broten hormigas
navegantes malheridas
en deshidratado mar
a m e n a z a n t e

Hincaré la yugular
del minotauro que extiende tus párpados
haciendo amarres en los cerrojos;
rasparé ausencias violentas
remontadas en las sienes

Una estridente trompeta
será ejecutada
demoliendo el arenal que pisa tu brillo
fuga en corazón sentenciado a no vestir la paz
desdentado de dolor

Odisea punzante alrededor de la flor
cuando el varón congénito, Prometeo,
se pierde
sin dejar en la nevera una ración de su rastro

mamá.

© Natalia Lara

(Venezuela)

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Foto: Andre De Freitas
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«Estoy en mi morada contenida…»

 

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“Es más grata la sombra y el lucero es más puro.

Una luz imprecisa los espacios colora.”

Víctor Hugo

a Juan Liscano

 

 

 

Estoy en mi morada contenida

inhalo la flema ennegrecida arrodillada

una estela serpenteante se corona,

bebo el agua de tu euphorbia milii.

Y un lago salobre acrecienta mis párpados.

Y un lago salobre se hace fuego inquietante.

Se diluye mi nombre en la savia

[de tu cintura       

           d   e   s   o   l   a  d   a

Hijo del mar y la noche.

Y una espada  dulce franquea las palabras.

Y un jadeo silencioso enciende nuestras sombras.

Prosternado ante el grito de mis dedos mudos

los devoras con el rumor de tus labios

                 como un perro.

Hacedor de mis trozos delirantes.

Hijo del mar y la noche.

                           

 

 

 

©  Natalia Lara

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

 

 

 

 

 

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Greta Buysse Photography

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«Fruit Punch» y otros poemas. Por Fernando González (Uruguay)

«Fruit Punch», de Fernando González (Uruguay) Fruit Punch

no me pregunten de dónde viene este jugo

porque no me lo puedo ni imaginar

sé que no se acaba

que podría ser resumido hasta quién sabe

que esencia de cáscara de eucaliptos en verano

por esta procesión de ampollas abolicionistas

pero ofrezco tres dedos con anillo

para cargar la imposibilidad de sus síntesis

no me pregunten de dónde viene el jugo

está claro que no es una reflexión de sol invertido

en las cañadas de estas pampas ni skyline

de ciudades con sabor de leyenda

sé que no se acaba

que podría ser difamado/negado/adorado/

pero jamás embalsado para generar energía-bestia

ni cicatrizado por un coro de libélulas tan inciertas

ni agitado por un alud de latas de pintura

que a mí me dejaron con este altercado mafioso

en los dientes sé que nada lo perturba y

daría mi colección de contornos bienintencionados

y sería tierra en tu maceta para verlo multiplicarse

para ver por la ventana donde todo se vuelve humo.

***

Bob Willoughby

Ya veré de tus ojos esquilarte…

ya veré de tus ojos esquilarte con sueños azules
y será tras despojos
donde se cocerá a puntadas de días
-que no te pertenecen-
este relato sobre la paranoia y
los huesos en el extranjero, sobre la venida
de monstruos que ni te imaginas
dentro de cajas de federal express.
nieve sobre nieve sucia
palacios de hielo
la princesa por 22 días,
con los dedos de los pies
más hermosos del mundial de dedos de pies femeninos,
a punto de saltar;
averiado se me queda el pensamiento,
lastimado por la grasa amarilla del sol.

***

Monty Clift

Despedida

una luz está donde está
y no se puede tirar para hundirla,
estará en lo alto de la boca,
se alojará en el bajo intestino
desviara la atención
para no herir al bullicio
de esta fascinación increíble
por el aire acondicionado;
esta luz es la energía del monje
en contradicción,
de un tango en erección,
de un brío en segundas nupcias,
es la división que atornilla el total
del ensamble del parque de diversiones
esta luz, es tanta luz, que no da luz
es el émbolo que inflama la paz
de los traidores hasta que vuelvan las nieves
a dibujar nuevos diseños de micro flores
del paraíso
entonces todo se pondrá tan en orden
y la luz se apagará consciente de su
anacronismo
como un anciano abandona la aldea
para ser comido de tigres.

***

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LO-FI

“no tengo que decir
soy el hombre muerto”

Parmenides Rodríguez.

decibel acilindrado por el canal auditivo
yendo y viniendo con constancia
de río
se sigue el gran ruido gris
fabulando
nuevas
enmiendas

destornillando a la plaga
los remolinos gruesos
hunden el triperío del hombre-res.

***

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Como un extraño felino…

Como un extraño felino
te deslizas suave, aceitado en la noche
hasta trepar tu mirada,
tocando las cuerdas de lingas de acero del puente
un felino no de comic book, no de historia de fantasía heroica
Uno que se sumerge en la pelusa subterránea de la noche
se desvive por acontecer y modificar el destino de la chatarra de memorias
de su expiación del vacío
Seguirás falopeándote para mantener intacto tu albedrío
para endulzar la ansiedad
seguirás inflamándote para inflar un globo donde tomen aire tus pulmones hartados de nicotina
cuando las bacterias se coman la carne de las paredes del ensueño
y ya no queden más holydays para escrutar la paz
y llenarnos la cabeza de tannat o cabernet sauvignon de damajuana
serás el mismo que se cure los cortes con mantecas generadas
en impresoras 3D
a fuerza de no haber hallado mejores vacas.

a-FG-anigstan

***

4

A una mujer joven de vestido azul que camina

con timidez por una vereda de piedra

mientras yo tomo mi desayuno en la cafetería

Brillaba , era una piedra y se sentía
liberando energía de calor
sintió ser el argumento de los cielos en la tierra
una especie única que acomodaba el día,
sintió que sus llagas eran bocas
por donde le estaba entrando y se le devolvía
la justicia, el equilibrio limpio de una mañana
justo antes de quebrarse y dejar caer bolsas
de suero oral sobre las orgullosas memorias de las abuelas,

pero los rayos son unidireccionales
y una criatura intensa romperá más tarde
el tubo que la contiene y el haz de energía
se partirá justo en el eslabón más débil de sus lágrimas
y será una piedra que empieza a pulirse otra vez
en el lustrado pequeño zapato de la azafata

y yo desde el coffeeshop la veo alejarse
como un ave suave justo antes de volar ese vestido azul
a los techos de los rascacielos de más allá,
en vano mis ojos solo cuencas se llenan
de intrusos taxis amarillos y el ridículo mal gusto
de una limousine blanca
perdiendo lo que pudo ser y ya no será de esta moda;
bajo la cabeza y veo mi cara al revés en reflejo
de la curva interior de la cuchara de café
y leo en los posos de la taza encuentros futuros.

***

13

Hacia distrito invernal

Y el frío bostezando abría su cerrojo,

íbamos por la autopista a Jersey.

Nos detuvimos a cargar gas

y compramos café con crema;

un niño miraba desde un Honda

a la mujer fumando afuera

debajo del jarabe caramelo

que se llovía de los postes de luz

y entonces pagamos y volvimos a rodar,

carteles verdes nombraban los pueblos

y se apagaban quedándose atrás

cualquiera podía ser el destino y la psicosis

de la bruma los hacía ser ninguno.

Entonces era que me preguntaba :

Llegarás antes con las medicinas

o será el mismo arrebato de siempre

los postes de luz doblados de la autopista

contra la madera oscura de la frente.

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(1) Google Images

(2-7) Bob Willoughby

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«L’amour»

«L'amour»

hay un flujo que gira como pájaro
sostenido en la célula hace espirales
los movimientos en tiras son leguas de fuego
y alcanzan la sombra del triángulo
el espíritu ríe en los límites
del cincel que frota la pelvis ardida
en el vientre plano gorgotean los polvos
crispan la piel extensa y sus bifurcaciones

el amor es un hilo sordo.

© Natalia Lara
(Venezuela)


Photographer Sanghyeok Bang


Renáceme en la piel de un país nuevo

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«Se abren piernas,

la lengua taladra el palacio de la muerte,

dos se hacen uno».

Bernardo Chandía Fica

 

 

La descomposición de la hora en macilento aliento,

                 la cólera de los otros por traslúcidas miserias,

                      bajo el dogma miasmático un bocado de cicatrices…

Se me ocurre amarte

instaurarme en imantado vientre,

jugar a los dados promisorios,

hacernos el bien

sin el toque de lunáticos caudillos.

Oscilar las manecillas

de esta poligamia mental,

emancipar las quejumbrosas fronteras

y con la fricción vaginal

pavimentar flageladas avenidas.

¡Ah! Disuélvete, amor, perturbado

cuécete en los costados apiñados

que devotos elevarán tu espíritu lascivo.

Disípame la angustiosa mudez que se desgrana,

el séquito lodoso bailoteado de vergüenza

y las manos sangrantes hinchadas, homicidas…

La modorra del rebaño liberal ardido en sordidez

y mi alma irrepetible beberá los resquicios de tu alma

dejándote huérfano de iracundas heridas.

(Saborearé en la cosquilla del pináculo

el néctar de nuestro extravío)

Fecúndame la libertad del relámpago,

y renáceme amor

no me resigno…

 

 

© Natalia Lara

 

(Poema perteneciente a la Revista Ensamblada La Tapa del Frasco, a cargo del escritor carabobeño Carlos Yusti)

 

 

 

 

 

 

 

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Foto: Guan Zeju

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Un poema de María Eugenia Catoni (MaEga)

Project Zu

“Tric”

 

Desgarbado, torpe, lleno de morbosos y rebeldes pensamientos. Inevitables. Opresivos. Contenido en cuatro paredes las intenciones friccionan entre sí. Su imagen se refleja en un gran espejo cuadrado frente a él, y logra examinar con facilidad su rostro ajado, tembloroso, desaliñado y amargo. Escudriña cada movimiento de sus músculos faciales, mira su tez llena de surcos y protuberancias que hablan de una relación viciosa. No puede dejar de palpar en su bolsillo, ni es capaz de alejar ese soniquete maravilloso, producto del contacto de sus yemas con el lado oscuro y áspero de aquellas paredes. Tabiques desgastados de tanto uso, limpios de granos e inservibles, al punto de no producir más sacudidas. Chispazos tiranos, cómplices de su éxtasis. Vuelve a observar esos ojos que le critican de frente, saborea la tufarada piel agria y seca. Corteza que ha perdido la fortuna de lavarse orgias y festines cotidianos. Baja…

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