Antes que la medianoche cayera…

 

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Antes que la medianoche cayera
habría querido borrarte
corresponder a los pálidos balbuceos
aniquilar el trozo de realidad
mudarla desde adentro.
No se puede esconder el charco
donde mis manos sumisas se quebraron.
Pequeñas y cosidas manos
desfiguradas y huidizas
sin color para palpar la soledad
sin fuerza para encender el farol.
Repetida fuga
entre las cuerdas de un camino denso
con las moradas sombras encorvadas
ausente de regresos borrosamente sonoros…
No se puede esconder el charco
donde mis manos sumisas irrecuperables se hunden
 
 
                    en alta noche sin luz.



© Natalia Lara – Venezuela

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Foto: Lieko Shiga

 

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Relato

 

5

 

La tarde perseguidora se interrumpía con los soplos de luz metal, de pronto la noche sobre los cimientos: imposible eludirla. Ya topábamos con las angostas calles de un pueblo diminuto. Olor a salitre combinado con la brisa fría. Sabíamos que lejos de las luces se arrastraba un mar tibio, frente a él, todas las casas abandonadas. Cucarachas en siniestra metamorfosis protegían al suelo de cualquier mal presagio. Ellas se enredaban en nuestros tobillos y nos agitábamos. Manteníamos interrogantes en medio del paso vigoroso. ¿Qué significado tendrían? ¿Qué debíamos comprender de la formación de sus alas quebradizas, y su sexo? De repente la tierra, naranja y espesa. El bahareque simple y honroso nos sorprendía. Sin demoras tomamos la puerta gratuitamente bañada de óxido. Cajas y botellones distribuidos en hileras. Telarañas altaneras con sus presas, multiplicadas… Habían pequeños objetos que, lejos de parecernos nauseabundos, nos remontaban a otra época de frente a nuestros antepasados. Alargamos las manos, necesitábamos plegarnos, rápidamente. Escaseaban los instantes en dónde desahogar las fiebres. El juego de la depravación, extremo absoluto.  Fuera del sobresalto, inducidos por los tiempos que como finas astillas se mantenían mirándonos.  ¡Días de júbilo los de la procreación! Y ahora mostrándonos sin pieles, abrumados por los líquidos, resbalando.  Conocedores del lapso de vibración de la carne. Particularmente me bastaba moverme en su rodilla, lustrarla. Volverme cilíndrica, rotar en su pecho. Ensamblados, tragando ociosamente la vigilia; confiados del tacto, inclinados, prolongando la huella, para volver al espacio, estremecernos en nuestros tres hijos, y proseguir en los bordes de las montañas, dentro de las plantaciones de café, contemplándonos satisfechos. Delectación flotante, con nosotros este ahora.

 

 

 

 

 

 

© Natalia Lara
(Venezuela)

 

 

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Ilustración: Kaethe Butcher

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El viejo…

 

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El viejo
sobre mi pecho
más ancho que el río.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Natalia Lara

(Venezuela)

 

 

 

 

 

 

 

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Foto: Paul Hansen

 

Gracias Letralia, Tierra de Letras

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El paso del mar Rojo, por Hans Jordaens III (c. 1585/1605-1643)

Exilios y otros desarraigos. 22 años de LetraliaExilios y otros desarraigos. 22 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2018 con motivo de arribar a sus 22 años.
Lee el libro completo aquí

A media sombra

I

Lejano me sumerjo en el pantano
porque la noche con su barba cubrió la casa
y me pierdo en la húmeda penumbra
próxima a los helechos.

 

II

El comienzo de una imagen palpable
donde rozo las manos y las piernas de los otros
áspero lino el de los calvarios
sin una lámpara que sostenga luz metal.

 

III

Oigo los pasos de piedra
gente deshojada que vació sus cabezas
y sacan los gorgojos ofrendados en el trigo
y persiguen los gusanos en la harina del maíz estancado…
la leche salada y podrida dispersa con su furor de años.

 

IV

Mórbidas veredas de bambúes y silencio
adonde viene una flor espesa
viola tricolor que se perpetúa
sin abrir una sola de sus llamas:
escaso es el oxígeno.

 

V

Se apaga el brillo de los meses
la multitud parte hacia una ventana con frutas
para cubrir de olores el rostro
reservarlos en las callejuelas del estómago
y encender los días sin que avance más el hambre.

 

VI

Yo, que habito una puerta sin hora clara
debajo de la húmeda penumbra
al lado de una casa cubierta de barbas
donde me persiguen con pasos de piedra
entre el amarillo de una espada que cae
retorno alucinado y salvaje
cual viola tricolor: a media sombra.

 

Poema XI

Por los arenales de tierra rojiza
lejos de la lumbre del río
el paraje con flores enterradas,
tiros de gracia en lo cóncavo del hombre.

He aquí el carbón que sobrepasa la noche
mendigos desaparecieron lentamente
pasos que engendraron peligrosos yuyos
extrañamente amarrados, uno al otro.

La ruta dentellada y angosta
apagado el pulso frente a una puerta inútil.
¿Qué pasará en las espaldas donde el mar desfallece,
encallada bruma silenciosa?

No hay luz que arrime un racimo de frutas
ni tulipanes que se abran en el cráneo:
en vano arrastrarás la apagada antorcha.

Escúchame.
En las huestes las panteras llevan despojadas sus pesadas manos
apenas un sorbo de dilatada nieve en lo desértico
y comenzará la huida.

Con el negro inenarrable del tiempo fugaz y melancólico
podrás anclarte en la blanda arena rojiza
(no habrá lugar donde el félido pueda esconder su hocico).

Más allá del relámpago y los despojos,
del día donde desahuciado sollozas,
de la espera que lleva a enterrar los ardores de las horas,

respira.

respira

respira.

 

La espera

Es grasiento el día que te violenta
incluso la desprotección del sol,
la inocente lluvia que también se aleja
y el suelo como amenaza ¡tan áspero!
Hablamos de alguna ruta
entre tantos ojos suplicantes
y piernas que se estremecen.
La conmoción de un frío interminable.
Lacerados, en el destrozo,
apenas a centímetros del desamparo
pasamos de la derrota
a un territorio más humano.
Habitados por lo que fuimos
sin reverencias aguardamos.

 

Azotas tu garganta…

Azotas tu garganta
para no parir palabra
en el forjado humo…

Mayor te has hecho
bajo el polvo del futuro:
e   s   q   u   e   l   e   t   o          s   e   m   b   r   a   d   o

Atrás
los gases lacrimógenos
las rojas espadas
el tanque y el fuego

Si dormir en el lecho
de un desierto sin nombre
¿qué voz se escucharía?

Conduces hasta ti
retardando a la niebla
¡cuán larga es la hora del horno!

La retama florece
en un campo baldío…

Seguirás
total ausencia
d   e   v   o   r   a   d   a

Buscas a tu fantasma

en ti anida.

Letralia Tierra de Letras y sus 22 años.

 

 

 

Espadas

 

31

Las hespérides negaron sus manzanas
retornó hueca la mano en su veneno
escaramuzas sobre ópalos ebúrneos
el banquete ajado de los seres.
Adviene el tiempo imponderable
de roídas y selladas banalidades
sujeción que boga en los estanques
argamasa de cicutas senescentes:
una horrida espada corta las gargantas.

 

 

 

© Natalia Lara

(Venezuela)

 

 

 

 

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Ilustración: Murat Sayin

 

 

 

 

 

 

Exilios y otros desarraigos 22 años de Letralia

 

letralia

 

Presentación
En los últimos meses, centenares de miles de venezolanos se han visto obligados a escapar de una crisis económica, política, social y moral que ha aniquilado la seguridad y la estabilidad de su país. La mayoría se ha marchado por tierra, en travesías dramáticas en las que algunos incluso han perdido la vida, para buscar un espacio en cualquier punto del orbe que les ofrezca un mínimo de tranquilidad.
Venezuela se une así a la dura realidad de los países con ciudadanos desplazados.
El país se está derrumbando. No hay medicinas ni servicios confiables de salud para los sectores de bajos o medianos recursos, los insumos para la subsistencia se encarecen día tras día y no existe la posibilidad inmediata de una salida política a esta situación.
En su vigésimo segundo aniversario, la revista Letralia, Tierra de Letras, ha querido revisar el tema en compañía de firmas de todo el mundo. El exilio, los desplazados, los refugiados, son los protagonistas de este libro que incluye textos de 62 autores. De todas nuestras ediciones aniversarias, esta es, con gran diferencia, la convocatoria que ha recibido más colaboraciones.
El lector encontrará en este volumen poemas, cuentos, crónicas, ensayos y otros materiales que analizan el tema del abandono forzado de la patria desde todas las perspectivas posibles. Es nuestra aspiración que este trabajo contribuya en algo con el entendimiento de un fenómeno que ha llenado de dolor el mundo entero.

 

 
Jorge Gómez Jiménez
Editor

 

 

PDF de acceso gratuito:

Exilios y otros desarraigos

 

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Imagen de portada: La expulsión de Adán y Eva

del Paraíso terrenal (1425-1428), por Masaccio.

Un poema

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De la nada el movimiento brusco

ante sus ojos rasgados

Difícilmente el día que se infla

                                      y tensa

Te dedicas a caminar

cuello de emperador

Por fortuna los pies

dignos de ser vistos por otros

Conduces el cuerpo armado

                       sin cetro de oro

 

Apenas un trozo de árbol

erguido entre la mano

Llevado por el viento y su cohorte

(perros callejeros aterrados en libertad)

Observo tu cuerpo roto

manta llena de turba

Fruncido al suelo

sobre la basura y el vaho.

 

Expuesta la grieta                   látigo callado

Estás allí contenido por la furia

vertido en la espesura

                                                        gladiolo herido contra el asfalto.

 

© Natalia Lara
(Venezuela)

 

 

 

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Foto: https://pxhere.com

 

Lo Ping-wang

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EL POETA OYE CANTAR A UNA CIGARRA, Lo Ping-wang (h. 640-684)

¡Cómo me atrista el ritmo
vibrátil del insecto
que canta entre las hojas!
Es la cigarra amiga
cuyas líricas alas,
grávidas de rocío,
la estorban para el vuelo,
pero no para el canto.
Desde mi dura cárcel
la miro.

Así mi alma,
vencida de amarguras,
no logra alzar sus remos
allá donde no silban
las pérfidas saetas.
Bajo el ciclón que ahora
me tiene derribado,
lloro… mientras escribo
serenas poesías.

 

 

 

 

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Foto: Masao Yamamoto

 

 

Luminiscencia.

 

 

L U M I N I S C E N C I A

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¡Negro horizonte mío
de inquietud!
Adonis Ali Ahmad Said Esber

 


De tumbo en tumbo
alta noche // iluminada
en aullidos de silencios.

Con tu pincel de luz
cierra mis ojos.

 


© Natalia Lara

(Venezuela)

 

 

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Foto: Olympic Coast, Washington
Nathan Wirth

Un poema

 

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“En tus enaguas saturadas de tu perfume sepultar mi cabeza dolorida.”
Charles Baudelaire

TIFÓN
confina una estrella desértica
linde de la casa
presa parda del hastío
mártir lengua alambrada.
C O N V U L S I O N O
Y me miras
legua de fuego ardida.
Cárcel mustia
paredes silenciadas
el minúsculo canario
a mis espaldas.
Las burbujas
imprecisas, agitadas
h u m e d e c e n
el rugido entre alas.
Ígneo lecho
y los huesos la mortaja,
t e m p e s t a d
embebida por la Esfinge…

hecha trino

temblor

presagio…

 
Los caminos amalgama,
huracanes ofuscados
a b s o r b i d o s
como impregna, Leteo
mi morada.


desmemoria

desmemoria

desmemoria…

 

 

 

 

 

© Natalia Lara
(Venezuela)

 

 

 

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Foto: Naoya Hatakeyama

MUERTE SIN FIN, José Gorostiza (1939)

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*

Lleno de mí, sitiado en mi epidermis
por un dios inasible que me ahoga,
mentido acaso
por su radiante atmósfera de luces
que oculta mi conciencia derramada,
mis alas rotas en esquirlas de aire,
mi torpe andar a tientas por el lodo;
lleno de mí —ahíto— me descubro
en la imagen atónita del agua,
que tan sólo es un tumbo inmarcesible,
un desplome de ángeles caídos
a la delicia intacta de su peso,
que nada tiene
sino la cara en blanco
hundida a medias, ya, como una risa agónica,
en las tenues holandas de la nube
y en los funestos cánticos del mar
—más resabio de sal o albor de cúmulo
que sola prisa de acosada espuma.
No obstante —oh paradoja— constreñida
por el rigor del vaso que la aclara,
el agua toma forma.
En él se asienta, ahonda y edifica,
cumple una edad amarga de silencios
y un reposo gentil de muerte niña,
sonriente, que desflora
un más allá de pájaros
en desbandada.
En la red de cristal que la estrangula,
allí, como en el agua de un espejo,
se reconoce;
atada allí, gota con gota,
marchito el tropo de espuma en la garganta
¡qué desnudez de agua tan intensa,
qué agua tan agua,
está en su orbe tornasol soñando,
cantando ya una sed de hielo justo!
¡Mas qué vaso —también— más providente
éste que así se hinche
como una estrella en grano,
que así, en heroica promisión, se enciende
como un seno habitado por la dicha,
y rinde así, puntual,
una rotunda flor
de transparencia al agua,
un ojo proyectil que cobra alturas
y una ventana a gritos luminosos
sobre esa libertad enardecida
que se agobia de cándidas prisiones!
¡Más que vaso —también— más providente!
Tal vez esta oquedad que nos estrecha
en islas de monólogos sin eco,
aunque se llama Dios,
no sea sino un vaso
que nos amolda el alma perdidiza,
pero que acaso el alma sólo advierte
en una transparencia acumulada
que tiñe la noción de Él, de azul.
El mismo Dios,
en sus presencias tímidas,
ha de gastar la tez azul
y una clara inocencia imponderable,
oculta al ojo, pero fresca al tacto,
como este mar fantasma en que respiran
—peces del aire altísimo—
los hombres.
¡Sí, es azul! ¡Tiene que ser azul!
Un coagulado azul de lontananza,
un circundante amor de la criatura,
en donde el ojo de agua de su cuerpo
que mana en lentas ondas de estatura
entre fiebres y llagas;
en donde el río hostil de su conciencia
¡agua fofa, mordiente, que se tira,
ay, incapaz de cohesión al suelo!
en donde el brusco andar de la criatura
amortigua su enojo,
se redondea
como una cifra generosa,
se pone en pie, veraz, como una estatua.
¿Qué puede ser —si no— si un vaso no?
Un minuto quizá que se enardece
hasta la incandescencia,
que alarga el arrebato de su brasa,
ay, tanto más hacia lo eterno mínimo
cuanto es más hondo el tiempo que lo colma.
Un cóncavo minuto del espíritu
que una noche impensada,
al azar
y en cualquier escenario irrelevante
con el vuelo del pájaro,
estalla en él como un cohete herido
y en sonoras estrellas precipita
su desbandada pólvora de plumas.
Mas en la médula de esta alegría,
no ocurre nada, no;
sólo un cándido sueño que recorre
las estaciones todas de su ruta
tan amorosamente
que no elude seguirla a sus infiernos,
ay, y con qué miradas de atropina,
tumefactas e inmóviles, escruta
el curso de la luz, su instante fúlgido,
en la piel de una gota de rocío;
concibe el ojo
y el intangible aceite
que nutre de esbeltez a la mirada;
gobierna el crecimiento de las uñas
y en la raíz de la palabra esconde
el frondoso discurso de ancha copa
y el poema de diáfanas espigas.
Pero aún más —porque en su cielo impío
nada es tan cruel como este puro goce—
somete sus imágenes al fuego
de especiosas torturas que imagina
—las infla de pasión,
en la prisma del llanto las deshace,
las ciega con el lustre de un barniz,
las satura de odios purulentos,
rencores zánganos
como una mala costra,
angustias secas como la sed del yeso.
Pero aún más —porque, inmune a la mácula,
tan perfecta crueldad no cede a límites—
perfora la substancia de su gozo
con rudos alfileres;
piensa el tumor, la úlcera y el chancro
que habrán de festonar la tez pulida,
toma en su mano etérea a la criatura
y la enjuta, la hincha o la demacra,
como a un copo de cera sudorosa,
y en un ilustre hallazgo de ironía
la estrecha enternecido
con los brazos glaciales de la fiebre.
Mas nada ocurre, no, sólo este sueño
desorbitado
que se mira a sí mismo en plena marcha;
presume, pues, su término inminente
y adereza en el acto
el plan de su fatiga,
su justa vacación
su domingo de gracia allá en el campo,
al fresco albor de las camisas flojas.
¡Qué trebolar mullido, qué parasol de niebla
se regala en el ánimo
para gustar la miel de sus vigilias!
Pero el ritmo es su norma, el solo paso,
la sola marcha en círculo, sin ojos;
así, aun de su cansancio, extrae
¡hop!
largas cintas de cintas de sorpresas
que en un constante perecer enérgico,
en un morir absorto,
arrasan sin cesar su bella fábrica
hasta que —hijo de su misma muerte,
gestado en la aridez de sus escombros—
siente que su fatiga se fatiga,
se erige a descansar de su descanso
y sueña que su sueño se repite,
irresponsable, eterno,
muerte sin fin de una obstinada muerte,
sueño de garza anochecido a plomo
que cambia sí de pie, mas no de sueño,
que cambia sí la imagen,
mas no la doncellez de su osadía
¡oh inteligencia, soledad en llamas!
que lo consume todo hasta el silencio,
sí, como una semilla enamorada
que pudiera soñarse germinando,
probar en el rencor de la molécula
el salto de las ramas que aprisiona
y el gusto de su fruta prohibida,
ay, sin hollar, semilla casta,
sus propios impasibles tegumentos.
¡Oh inteligencia, soledad en llamas
que todo lo concibe sin crearlo!
Finge el calor del lodo,
su emoción de substancia adolorida,
el iracundo amor que lo embellece
y lo encumbra más allá de las alas
a donde sólo el ritmo
de los luceros llora,
mas no le infunde el soplo que lo pone en pie
y permanece recreándose a sí misma,
única en Él, inmaculada, sola en Él,
reticencia indecible,
amoroso temor de la materia,
angélico egoísmo que se escapa
como un grito de júbilo sobre la muerte
—oh inteligencia, páramo de espejos!
helada emanación de rosas pétreas
en la cumbre de un tiempo paralítico;
pulso sellado;
como una red de arterias temblorosas,
hermético sistema de eslabones
que apenas se apresura o se retarda
según la intensidad de su deleite;
abstinencia angustiosa
que presume el dolor y no lo crea,
que escucha ya en la estepa de sus tímpanos
retumbar el gemido del lenguaje
y no lo emite;
que nada más absorbe las esencias
y se mantiene así, rencor sañudo,
una, exquisita, con su dios estéril,
sin alzar entre ambos
la sorda pesadumbre de la carne,
sin admitir en su unidad perfecta
el escarnio brutal de esa discordia
que nutren vida y muerte inconciliables,
siguiéndose una a otra
como el día y la noche,
una y otra acampadas en la célula
como en un tardo tiempo de crepúsculo,
ay, una nada más, estéril, agria,
con Él, conmigo, con nosotros tres;
como el vaso y el agua, sólo una
que reconcentra su silencio blanco
en la orilla letal de la palabra
y en la inminencia misma de la sangre.
¡ALELUYA, ALELUYA!
Iza la flor su enseña,
agua, en el prado.
¡Oh, qué mercadería
de olor alado!
¡Oh, qué mercadería
de tenue olor!
¡cómo inflama los aires
con su rubor!
¡Qué anegado de gritos
está el jardín!
«¡Yo, el heliotropo, yo!»
«¿Yo? El jazmín.»
Ay, pero el agua,
ay, si no huele a nada.
Tiene la noche un árbol
con frutos de ámbar;
tiene una tez la tierra,
ay, de esmeraldas.
El tesón de la sangre
anda de rojo;
anda de añil el sueño;
la dicha, de oro.
Tiene el amor feroces
galgos morados;
pero también sus mieses,
también sus pájaros.
Ay, pero el agua,
ay, si no luce a nada.
Sabe a luz, a luz fría,
sí, la manzana.
¡Qué amanecida fruta
tan de mañana!
¡Qué anochecido sabes,
tú, sinsabor!
¡cómo pica en la entraña
tu picaflor!
Sabe la muerte a tierra,
la angustia a hiel.
Este morir a gotas
me sabe a miel.
Ay, pero el agua,
ay, si no sabe a nada.
[BAILE]
Pobrecilla del agua,
ay, que no tiene nada,
ay, amor, que se ahoga,
ay, en un vaso de agua.
En el rigor del vaso que la aclara,
el agua toma forma
—ciertamente.
Trae una sed de siglos en los belfos,
una sed fría, en punta, que ara cauces
en el sueño moroso de la tierra,
que perfora sus miembros florecidos,
como una sangre cáustica,
incendiándolos, ay, abriendo en ellos
desapacibles úlceras de insomnio.
Más amor que sed; más que amor, idolatría,
dispersión de criatura estupefacta
ante el fulgor que blande
—germen del trueno olímpico— la forma
en sus netos contornos fascinados.
¡Idolatría, sí idolatría!
Mas no le basta el ser un puro salmo,
un ardoroso incienso de sonido;
quiere, además, oírse.
Ni le basta tener sólo reflejos
—briznas de espuma
para el ala de luz que en ella anida;
quiere, además, un tálamo de sombra,
un ojo,
para mirar el ojo que la mira.
En el lago, en la charca, en el estanque,
en la entumida cuenca de la mano,
se consuma este rito de eslabones,
este enlace diabólico
que encadena el amor a su pecado.
En el nítido rostro sin facciones
el agua, poseída,
siente cuajar la máscara de espejos
que el dibujo del vaso le procura.
Ha encontrado, por fin,
en su correr sonámbulo,
una bella, puntual fisonomía.
Ya puede estar de pie frente a las cosas.
Ya es ella también, aunque por arte
de estas limpias metáforas cruzadas,
un encendido vaso de figuras.
El camino, la barda, los castaños,
para durar el tiempo de una muerte
gratuita y prematura, pero bella,
ingresan por su impulso
en el suplicio de la imagen propia
y en medio del jardín, bajo las nubes,
descarnada lección de poesía,
instalan un infierno alucinante.
Pero el vaso en sí mismo no se cumple.
Imagen de una deserción nefasta
¿qué esconde en su rigor inhabitado,
sino esta triste claridad a ciegas,
sino esta tentaleante lucidez?
Tenedlo ahí, sobre la mesa, inútil.
Epigrama de espuma que se espiga
ante un auditorio anestesiado,
incisivo clamor que la sordera
tenaz de los objetos amordaza,
flor mineral que se abre para adentro
hacia su propia luz,
espejo ególatra
que se absorbe a sí mismo contemplándose.
Hay algo en él, no obstante, acaso un alma,
el instinto augural de las arenas,
una llaga tal vez que debe al fuego,
en donde le atosiga su vacío.
Desde este erial aspira a ser colmado.
En el agua, en el vino, en el aceite,
articula el guión de su deseo;
se ablanda, se adelgaza;
ya su sobrio dibujo se le nubla,
ya embozado en el giro de un reflejo,
en un llanto de luces se liquida.
Mas la forma en sí misma no se cumple.
Desde su insigne trono faraónico,
magnánima,
deífica,
constelada de epítetos esdrújulos,
rige con hosca mano de diamante.
Está orgullosa de su orondo imperio.
¡En las augustas pituitarias de ónice
no juega, acaso, el encendido aroma
con que arde a sus pies la poesía?
¡Ilusión, nada más gentil narcótico
que puebla de fantasmas los sentidos!
Pues desde ahí donde el dolor emite
¡oh turbio sol de podre!
el esmerado brillo que lo embosca,
ay, desde ahí, presume la materia
que apenas cuaja su dibujo estricto
y ya es un jardín de huellas fósiles,
estruendoso fanal,
rojo timbre de alarma en los cruceros
que gobierna la ruta hacia otras formas.
La rosa edad que esmalta su epidermis
—senil recién nacida—
envejece por dentro a grandes siglos.
Trajo puesta la proa a lo amarillo.
El aire se coagula entre sus poros
como un sudor profuso
que se anticipa a destilar en ellos
una esencia de rosas subterráneas.
Los crudos garfios de su muerte suben,
como musgo, por grietas inasibles,
ay, la hostigan con tenues mordeduras
y abren hueco por fin a aquel minuto
—¡miradlo en la lenteja del reloj,
neto, puntual, exacto,
correrse un eslabón cada minuto!—
cuando al soplo infantil de un parpadeo,
la egregia masa de ademán ilustre
podrá caer de golpe hecha cenizas.
No obstante —¿por qué no?— también en ella
tiene un rincón el sueño,
árido paraíso sin manzana
donde suele escaparse de su rostro,
por el rostro marchito del espectro
que engendra aletargada, su costilla.
El vaso de agua es el momento justo.
En su audaz evasión se transfigura,
tuerce la órbita de su destino
y se arrastra en secreto hacia lo informe.
La rapiña del tacto no se ceba
—aquí, en el sueño inhóspito—
sobre el templado nácar de su vientre,
ni la flauta Don Juan que la requiebra
musita su cachonda serenata.
El sueño es cruel,
ay, punza, roe, quema, sangra, duele.
Tanto ignora infusiones como ungüentos.
En los sordos martillos que la afligen
la forma da en el gozo de la llaga
y el oscuro deleite del colapso.
Temprana madre de esa muerte niña
que nutre en sus escombros paulatinos,
anhela que se hundan sus cimientos
bajo sus plantas, ay, entorpecidas
por una espesa lentitud de lodo;
oye nacer el trueno del derrumbe;
siente que su materia se derrama
en un prurito de ácidas hormigas;
que, ya sin peso, flota
y en un claro silencio se deslíe.
Por un aire de espejos inminentes
¡oh impalpables derrotas del delirio!
cruza entonces, a velas desgarradas,
la airosa teoría de una nube.
En la red de cristal que la estrangula,
el agua toma forma,
la bebe, sí, en el módulo del vaso,
para que éste también se transfigure
con el temblor del agua estrangulada
que sigue allí, sin voz, marcando el pulso
glacial de la corriente.
Pero el vaso
—a su vez—
cede a la informe condición del agua
a fin de que —a su vez— la forma misma,
la forma en sí, que está en el duro vaso
sosteniendo el rencor de su dureza
y está en el agua de aguijada espuma
como presagio cierto de reposo,
se pueda sustraer al vaso de agua;
un instante, no más,
no más que el mínimo
perpetuo instante del quebranto,
cuando la forma en sí, la pura forma,
se abandona al designio de su muerte
y se deja arrastrar, nubes arriba,
por ese atormentado remolino
en que los seres todos se repliegan
hacia el sopor primero,
a construir el escenario de la nada.
Las estrellas entonces ennegrecen.
Han vuelto al dardo insomne
a la noche perfecta de su aljaba.
Porque en el lento instante del quebranto,
cuando los seres todos se repliegan
hacia el sopor primero
y en la pira arrogante de la forma
se abrasan, consumidos por su muerte
—¡ay, ojos, dedos, labios,
etéreas llamas del atroz incendio!—
el hombre ahoga con sus manos mismas,
en un negro sabor de tierra amarga,
los himnos claros y los roncos trenos
con que cantaba la belleza,
entre tambores de gangoso idioma
y esbeltos címbalos que dan al aire
sus golondrinas de latón agudo;
ay, los trenos e himnos que loaban
la rosa marinera
que consuma el periplo del jardín
con sus velas henchidas de fragancia;
y el malsano crepúsculo de herrumbre,
amapola del aire lacerado
que se pincha en las púas de un gorjeo;
y la febril estrella, lis de calosfrío,
punto sobre las íes
de las tinieblas;
y el rojo cáliz del pezón macizo,
sola flor de granado
en la cima angustiosa del deseo,
y la mandrágora del sueño amigo
que crece en los escombros cotidianos
—ay, todo el esplendor de la belleza
y el bello amor que la concierta toda
en un orbe de imanes arrobados.
Porque el tambor rotundo
y las ricas bengalas que los címbalos
tremolan en la altura de los cantos,
se anegan, ay, en un sabor de tierra amarga,
cuando el hombre descubre en sus silencios
que su hermoso lenguaje se le agosta,
se le quema —confuso— en la garganta,
exhausto de sentido;
ay, su aéreo lenguaje de colores,
que así se jacta del matiz estricto
en el humo aterrado de sus sienas
o en el sol de sus tibios bermellones;
él, que discurre en la ansiedad del labio
como una lenta rosa enamorada;
él, que cincela sus celos de paloma
y modula sus látigos feroces;
que salta en sus caídas
con un ruidoso síncope de espumas;
que prolonga el insomnio de su brasa
en las mustias cenizas del oído;
que oscuramente repta
e hinca enfurecido la palabra
de hiel, la tuerta frase de ponzoña;
él que labra el amor del sacrificio
en columnas de ritmos espirales,
sí, todo él, lenguaje audaz del hombre,
se le ahoga —confuso— en la garganta
y de su gracia original no queda
sino el horror de un pozo desecado
que sostiene su mueca de agonía.
Porque el hombre descubre en sus silencios
que su hermoso lenguaje se le agosta
en el minuto mismo del quebranto,
cuando los peces todos
que en cautelosas órbitas discurren
como estrellas de escamas, diminutas,
por la entumida noche submarina,
cuando los peces todos
y el ulises salmón de los regresos
y el delfín apolíneo, pez de dioses,
deshacen su camino hacia las algas;
cuando el tigre que huella
la castidad del musgo
con secretas pisadas de resorte
y el bóreas de los ciervos presurosos
y el cordero Luis XV, gemebundo,
y el león babilónico
que añora el alabastro de los frisos
—¡flores de sangre, eternas,
en el racimo inmemorial de las especies!—
cuando todos inician el regreso
a sus mudos letargos vegetales;
cuando la aguda alondra se deslíe
en el agua del alba,
mientras las aves todas
y el solitario búho que medita
con su antifaz de fósforo en la sombra,
la golondrina de escritura hebrea
y el pequeño gorrión, hambre en la nieve,
mientras todas las aves se disipan
en la noche enroscada del reptil;
cuando todo —por fin— lo que anda o repta
y todo lo que vuela o nada, todo,
se encoge en un crujir de mariposas,
regresa a sus orígenes
y al origen fatal de sus orígenes,
hasta que su eco mismo se reinstala
en el primer silencio tenebroso.
Porque los bellos seres que transitan
por el sopor añoso de la tierra
—¡tragos de sangre, libres,
en la pantalla de su sueño impuro!—
todos se dan a un frenesí de muerte,
ay, cuando el sauce
acumula su llanto
para urdir la substancia de un delirio
en que —¡tú! ¡yo! ¡nosotros!— de repente,
a fuerza de atar nombres destemplados,
ay, no le queda sino el tronco prieto,
desnudo de oración ante su estrella;
cuando con él, desnudos, se sonrojan
el álamo temblón de encanecida barba
y el eucalipto rumoroso,
témpano de follaje
y tornillo sin fin de la estatura
que se pierde en las nubes, persiguiéndose;
y también el cerezo y el durazno
en su loca efusión de adolescentes
y la angustia espantosa de la ceiba
y todo cuanto nace de raíces,
desde el heroico roble hasta la impúbera
menta de boca helada;
cuando las plantas de sumisas plantas
retiran el ramaje presuntuoso,
se esconden en sus ásperas raíces
y en la acerba raíz de sus raíces
y presas de un absurdo crecimiento
se desarrollan hacia la semilla,
hasta quedar inmóviles
¡oh cementerios de talladas rosas!
en los duros jardines de la piedra.
Porque desde el anciano roble heroico
hasta la impúbera
menta de boca helada,
ay, todo cuanto nace de raíces
establece sus tallos paralíticos
en los duros jardines de la piedra,
cuando el rubí de angélicos melindres
y el diamante iracundo
que fulmina a la luz con un reflejo,
más el ario zafir de ojos azules
y la geórgica esmeralda que se anega
en el abrilde su robusta clorofila,
una a una, las piedras delirantes,
con sus lindas hermanas cenicientas,
turquesa, lapislázuli, alabastro,
pero también el oro prisionero
y la plata de lengua fidedigna,
ingenuo ruiseñor de los metales
que se ahoga en el agua de su canto;
cuando las piedras finas
y los metales exquisitos, todos,
regresan a sus nidos subterráneos
por las rutas candentes de la llama,
ay, ciegos de su lustre,
ay, ciegos de su ojo,
que el ojo mismo,
como un siniestro pájaro de humo,
en su aterida combustión se arranca.
Porque raro metal o piedra rara,
así como la roca escueta, lisa,
que figura castillos
con sólo naipes de aridez y escarcha,
y así la arena de arrugados pechos
y el humus maternal de entraña tibia,
ay, todo se consume
con un mohíno crepitar de gozo,
cuando la forma en sí, la forma pura,
se entrega a la delicia de su muerte
y en su sed de agotarla a grandes luces
apura en una llama
el aceite ritual de los sentidos,
que sin labios, sin dedos, sin retinas,
sí paso a paso, muerte a muerte, locos,
se acogen a sus túmidas matrices,
mientras unos a otros se devoran
al animal, la planta
a la planta, la piedra
a la piedra, el fuego
al fuego, el mar
al mar, la nube
a la nube, el sol
hasta que todo este fecundo río
de enamorado semen que conjuga,
inaccesible al tedio,
el suntuoso caudal de su apetito,
no desemboca en sus entrañas mismas,
en el acre silencio de sus fuentes,
entre un fulgor de soles emboscados,
en donde nada es ni nada está,
donde el sueño no duele,
donde nada ni nadie, nunca, está muriendo
y solo ya, sobre las grandes aguas,
flota el Espíritu de Dios que gime
con un llanto más llanto aún que el llanto,
como si herido —¡ay, Él también!— por un cabello
por el ojo en almendra de esa muerte
que emana de su boca,
hubiese al fin ahogado su palabra sangrienta.
¡ALELUYA, ALELUYA!
¡Tan-tan! ¿Quién es? Es el Diablo,
es una espesa fatiga,
un ansia de trasponer
estas lindes enemigas,
este morir incesante,
tenaz, esta muerte viva,
¡oh Dios! que te está matando
en tus hechuras estrictas,
en las rosas y en las piedras,
en las estrellas ariscas
y en la carne que se gasta
como una hoguera encendida,
por el canto, por el sueño,
por el color de la vista.
¡Tan-tan! ¿Quién es? Es el Diablo,
ay, una ciega alegría,
un hambre de consumir
el aire que se respira,
la boca, el ojo, la mano;
estas pungentes cosquillas
de disfrutarnos enteros
en sólo un golpe de risa,
ay, esta muerte insultante,
procaz, que nos asesina
a distancia, desde el gusto
que tomamos en morirla,
por una taza de té,
por una apenas caricia.
¡Tan-tan! ¿Quién es? Es el Diablo,
es una muerte de hormigas
incansables, que pululan
¡oh Dios! sobre tus astillas,
que acaso te han muerto allá,
siglos de edades arriba,
sin advertirlo nosotros,
migajas, borra, cenizas
de ti, que sigues presente
como una estrella mentida
por su sola luz, por una
luz sin estrella, vacía,
que llega al mundo escondiendo
su catástrofe infinita.
[BAILE]
Desde mis ojos insomnes
mi muerte me está acechando,
me acecha, sí, me enamora
con su ojo lánguido.
¡Anda putilla del rubor helado,
anda, vámonos al diablo!

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Fotografía: Autor desconocido

 

Hanni Ossott

 

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Te he dado mis sedas
mi baile, mi danza, mis máscaras.
Te he dado mi cama, mis hornos, mis cocinas
la mesa puesta, adornada con flores y copas
los cubiertos
Y el invitado venía y admiraba
casa y cuadros
alfombras y platos. La belleza.
Te he dado esta larga pasión
que ahora se teje como memoria difícil.
Te ha amado, bajo cielos y techos
en la calle más solitaria de París, de Grecia o de aquí
– desde el abandono.
Te he otorgado poros de poesía, surcos plenos de sudor
Almas, carne, pelo, cuello, manos.
Tú, hombre irascible… ¿dónde estás?
¿qué mar te socava en mí?
Eres duda y ángel. Promesa incumplida.
Me hiere tu canto,Orfeo. Bacante soy de ti…
Llevo en mi espalda el rasgo de tus manos
la rajada
y en mis pulmones
la respiración que quiero
la otra acallada respiración de muerte.
Carezco de mañana, mi hoy me rasga
¡Tu presencia, Orfeo…tu presencia!
Orfeo, ¿dónde estás? Socórreme….
Amado.
hanniHanni Ossott. Caracas, 14 de febrero de 1946. Poeta, ensayista, docente y traductora. Obra poética lúcida y reflexiva. No razona, intuye. “La poesía como experiencia de vida, como pasión, como una forma de iluminar.” Influencias literarias: Rainer Maria Rilke, D. H. Lawrence, Emily Dickinson, a los que además tradujo. Tendencia al prosaísmo. Entre sus publicaciones tenemos: Hasta que llegue el día y huyan las sombras, El reino donde la noche se abre, Plegarias y penumbras, Cielo, tu arco grande, Casa de agua y de sombras y El circo roto. Obtuvo los Premios Nacionales de Poesía José Antonio Ramos Sucre y Lazo Martí. Fue galardonada con el Premio Nacional de Poesía otorgado por el Consejo Nacional de la Cultura (CONAC), año 1988. Falleció el 31 de diciembre de 2002. (Foto: Vasco Szinetar)
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Fotografía: Ana Casas Broda
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La escritora sueca Birgitta Trotzig

 

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Cuánto ha cambiado el mundo y cuánto ha vuelto a cambiar, cuántas vueltas ha dado la rueda del espíritu del mundo. Cuán lejanos están esos destinos. ¿Quién lee sus cartas todavía? Luz del ocaso, inmutable y helada a través de los pinos (agujas de pinos sobre las tumbas, como cuando el siglo era un niño, agujas de pino en la arena, recuerdo del sabor del mar) -¿eligieron bien o eligieron mal? La tierra del otoño. Los que eligieron bien y los que eligieron mal forman ahora el mismo campo, abandonado.

 

 

 

*

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Yo tuve un sueño. El niño muerto yacía en el musgo. Una voz dijo: ¡Desespérate! Todo lo demás es hipocresía. ¡Desespérate!

Pero el niño que fue enterrado – de su delicado pecho silencioso crece una tormenta, una canción enfurecida más aterradora que el fin del mundo.

 

 

*

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Un raro hedor, un gato muerto. Los contornos de los huesos sobresalen contra el pellejo y el pelo mojado, un gato barcino demacrado y de sucio pelaje, es la humillación de la fuerza perfecta del cuerpo y de la astucia, es un desecho, uno de los millones de objetos de basurero segregados por la gran urbe -una pequeña cara animal semejante a la de un niño y al mismo tiempo a la antigua cara del poder, mirando fijamente con grandes ojos rígidos que, en el momento postrero, no se cerraron, y ya nunca más podrán cerrarse, ahora miran hacia una existencia que no pertenece a la vida ni a la muerte, un estado intermedio, laberíntico y siniestro.

 

 

 

*

 

26239605_736774879846719_1130674075616861645_nBirgitta Trotzig (1929-2011) Escritora sueca de renombre, marcó su tiempo con  los temas referentes a la muerte y a la resurrección.  Entre sus novelas se encuentra La enfermedad (Sjukdomen) y La hija del rey del pantano (Dykungens dotter). También ha escrito ensayos y artículos sobre poesía, así como diversos trabajos de poesía en prosa: Anima (1982) y Contexto. Material (Sammanhang. Material) de 1996, traducido en España en 2005. Fue miembro de la Academia Sueca desde 1993. Entre otros, fue galardonada con el Premio Aniara en 1981, el Premio de Literatura Selma Lagerlöf en 1984, el Premio Pilot en 1985, el Premio Kellgren en 1991 y el Premio Övralid en 1997. 

 

 

 

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Foto: Berndt Klyvare

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Un poema

 

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I

Asomándome a las voces de los ausentes
mundo de aparente quietud
yerbas en la distancia
vida extendida bajo el lecho
eterno de lluvias gotea.

II

Bendita tregua la que taladra.

Un río habla del mar
fecundo e hinchado
y allí las formas
de luna sembradas
desnudez de cobre.

III

Contigo salí
en contraste con la noche vencida
beatus ille
el dibujo sencillo y lejano.

Cuestionamientos
y respuestas mínimas
como farol consciente
embriaguez sin finitud.

IV

Torpes en la niebla
reservamos nuestras manos
y la despedida no llegó con su mármol
descenso torvo.

V

Te alcancé
al otro lado de la mesa
con fina y rugosa mano
que recién recogía
el olor extenso de las estepas

y pronuncio tu nombre
como lectura poblada
intentando entender
que no has muerto.


© Natalia Lara
(Venezuela)

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Fotografía: Mila Kucher

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Un poema para Nora

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Un pedazo del mundo
que recuerdo
era un terreno alto
en el cesto de las horas.
Lo miro
fragante es la arboleda
plácida morada.

Es intrépido el espíritu
en el que se incrustan los hombres
para anticipar sus deseos.

Este es el misterio:
transcurren los años
con sus negros azadones
de puntas opuestas
y no se corta el cuello
de la vieja madriguera.

Impreciso o no
el destino es una boca abierta.
Vagamos en él
como la noche en sus calambres,
agujero subterráneo…

De pronto un hierro rojo
golpea las cabezas.
Y esa sensación
de anidar hilos como amarillas serpientes
en la piel de un cráneo roto.

El patio se inunda
s a n g r a n t e
con sus múltiples flechas.
Descubrimos nuestras manos
parados frente a un espejo.

En ese lugar, espejeante,
redescubrimos nuestros ojos;
se abren florecidos
sin lamento que descosa
ni serpientes amarillas…

Sí una boca abierta
en el cesto de las horas.

Y aquellos ojos

                                                   que no se mudan.

 

 

© Natalia Lara

(Venezuela)

 

 

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Foto: Hans Hartung

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A media sombra

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I

 

 

Lejano me sumerjo en el pantano

porque la noche con su barba cubrió la casa

y me pierdo en la húmeda penumbra

próxima a los helechos.

 

 

II

 

El comienzo de una imagen palpable

donde rozo las manos y las piernas de los otros

áspero lino el de los calvarios

sin una lámpara que sostenga luz metal.

 

 

III

 

Oigo los pasos de piedra

gente deshojada que vació sus cabezas

y sacan los gorgojos ofrendados en el trigo

y persiguen los gusanos en la harina del maíz estancado…

la leche salada y podrida dispersa con su furor de años.

 

 

IV

 

 

Mórbidas veredas de bambúes y silencio

adonde viene una flor espesa

viola tricolor que se perpetúa

sin abrir una sola de sus llamas:

escaso es el oxígeno.

 

 

V

 

Se apaga el brillo de los meses

la multitud parte hacia una ventana con frutas

para cubrir de olores el rostro

reservarlos en las callejuelas del estómago

y encender los días sin que avance más el hambre.

 

 

VI

 

 

Yo, que habito una puerta sin hora clara

debajo de la húmeda penumbra

al lado de una casa cubierta de barbas

donde me persiguen con pasos de piedra

entre el amarillo de una espada que cae

retorno alucinado y salvaje

cual viola tricolor: a media sombra.

 

 

© Natalia Lara

(Venezuela)

 

 

 

 

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Foto: Willy Ronis

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Ribera fluvial…

guacamayos

ººº

 

Ribera fluvial
guacamayos
encendidos

Frente a la
cumbre del
tiempo ido

Un racimo
de lluvia
mueve sus

ramajes.

 

 

©  Natalia Lara

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Foto: https://exooticos.wordpress.com/category/guacamayos/

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Mi hermana…

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  ººº

 

Mi hermana con cinco años de edad tenía el cabello como el fruto del totumo. Templo brillante donde moraban los almendrones y el ponsigué. Con un poco de onda, se lograban visualizar las serpentinas en sus pequeños ojos asiáticos: negras yerbas entre el tapiz de una clara piel. Luz del relámpago silente, aquella fina cintura. Hubo una palma abierta como sostén, en las madrugadas de cucarachas inflamadas. Una hendija en las cabezas de las camas nos ayudó a entrelazarnos. En medio del tiempo y sus barrancos, una campana movida por las piedras me lleva a resbalar lentamente… cambures y galletas de media noche. Abajo, en las escaleras, las viejas palmas relucientes, infancia donde duermo, vuelvo, duermo y me abandono.

(para Natacha)

 

©  Natalia Lara

 

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Foto: Robert Doisneau

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Poema XI

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Por los arenales de tierra rojiza
lejos de la lumbre del río
el paraje con flores enterradas,
tiros de gracia en lo cóncavo del hombre.
 
 
He aquí el carbón que sobrepasa la noche
mendigos desaparecieron lentamente
pasos que engendraron peligrosos yuyos
extrañamente amarrados, uno al otro.
 
La ruta dentellada y angosta
apagado el pulso frente a una puerta inútil.
¿Qué pasará en las espaldas donde el mar desfallece,
encallada bruma silenciosa?
 
No hay luz que arrime un racimo de frutas
ni tulipanes que se abran en el cráneo:
en vano arrastrarás la apagada antorcha.
 
Escúchame.
En las huestes las panteras llevan despojadas
                                                    [sus pesadas manos
apenas un sorbo de dilatada nieve  en lo desértico
                                          y comenzará la huida.
 
Con el negro inenarrable del tiempo fugaz y melancólico
  podrás anclarte en la blanda arena rojiza
(no habrá lugar donde el félido pueda esconder su hocico).
 
Más allá del relámpago y los despojos,
del día donde desahuciado sollozas,
de la espera que lleva a enterrar los ardores de las horas,
                                                                   respira.
 
respira
                                                                   respira.
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© Natalia Lara
(Venezuela)
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Foto:  MasaoYamamoto
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Bajo el orden de las llamas

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El mar ha remolcado las palmeras
conduciéndome hacia los suaves ojos ariscos
escarlata nevada.
Espadas desnudas desdoblaron el cardón
ruptura rebelde de erizado luto
blanco suburbio.

Te he visto desnudo bajo el orden de las llamas
cubierto de incandescencias, diseminado;
corteza de un árbol que desvanece la escisión.
riachuelos callados ——– paredes viejas
astillado en alguna parte, iris mojado.

Más allá de la carne viva
hojas líquidas como ubres de la tierra
huida a rastras del jardín pálido.

¿Recordarás el crujido del comienzo?

Suprime la fuerza, la voz del lanzallamas
su faz insípida, la sombra roída
los helechos de piedra, leche fangosa…

Rebélate en la noche estática
con tu postal transpuesto de luz

atraviésame.

 

© Natalia Lara
(Venezuela)

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Fotograma de la película eslovena “Pomladni veter
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Secreto de familia por Blanca Varela

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Secreto de familia

 

 

 

soñé con un perro

con un perro desollado

cantaba su cuerpo su cuerpo rojo silbaba

pregunté al otro

al que apaga la luz al carnicero

qué ha sucedido

por qué estamos a oscuras

 

es un sueño estás sola

no hay otro

la luz no existe

tú eres el perro tú eres la flor que ladra

afila dulcemente tu lengua

tu dulce negra lengua de cuatro patas

 

la piel del hombre se quema con el sueño

arde desaparece la piel humana

sólo la roja pulpa del can es limpia

la verdadera luz habita su legaña

tú eres el perro

tú eres el desollado can de cada noche

sueña contigo misma y basta.

 

 

 

 

(En Valses y otras falsas confesiones, 1972)

 

blanca-varela-barranco-vicente-de-szyssloBlanca Varela (Perú, 1926). Poeta peruana nacida en el seno de una familia de escritores y artistas.

«En París empecé a escribir y lo hice con un poema sobre Puerto Supe, los paisajes de mi infancia, las sensaciones e imágenes que volvían a mí. Fue y es una búsqueda de mi identidad que ha continuado a lo largo de toda mi vida. Creo que mi escritura es muy deudora de las imágenes, de la pintura. Yo soy muy observadora, siempre me quedo con los detalles de cosas que veo alrededor. Con las escenas que me impresionan, aunque sean momentos fugaces. La pintura ha tenido mucha influencia en mi literatura. »

 

B.V., Madrid, 2001

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Foto: Martín Chambi Jiménez

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Abro los pechos lilas…

 

Hollis Dunlap Tutt'Art@ (51)

I

Abro los pechos lilas
te acuno y remojo

con un gemido estiras el cuello
y llamas al helado hocico

recorres la pulpa humana,
riegas la grava negra

impar, como los huesos,
imploras el cerco:

piernas alrededor del instinto
lomo nervioso y gastado

duna estremecida
lengua que degluta
el sabor fiero y brumoso

II

Dos cabezas
entre la misma sustancia

el relincho
abanica las cales

rojo peligro
que nombra tu hambre

figura temporal
anima mundi

III

Tactos incendiados
en el líquido

forma primitiva:
la fricción

tendidos en el aire
yerma llovizna

salvado el temblor
y el resplandor

sometida la aridez
a un color impreciso

IV

La palidez de las ruinas
año cerrado en lo oscuro

umbral de vigilias
—sangrantes—

ciegos en el ancho río
retornamos mansamente

d o m e s t i c a d o s .

 

 

 

 

© Natalia Lara
(Venezuela)

 

 

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Pintura: Hollis Dunlap

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La espera

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Es grasiento el día que te violenta
incluso la desprotección del sol,
la inocente lluvia que también se aleja
y el suelo como amenaza ¡tan áspero!
Hablamos de alguna ruta
entre tantos ojos suplicantes
y piernas que se estremecen.
La conmoción de un frío interminable.
Lacerados, en el destrozo,
apenas a centímetros del desamparo
pasamos de la derrota
a un territorio más humano.
Habitados por lo que fuimos
sin reverencias aguardamos.

 

© Natalia Lara
(Venezuela)

 

 

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Foto: Donald McCullin

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La beatitud de una mujer…

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La beatitud de una mujer que miro de frente. Ojos sin filtro por donde puedo entrar siendo apenas luz oscurecida, dada la belleza de la firmeza y líneas puras del largo ayer. Alma invadida, saturada de alcoholes que recorrieron la sangre de otros. El destino en los años con sus movimientos precisos, lejos de la cólera: te instruye. Llegas a engullir el estropeado mar descubierto y paralizado. Abajo las escarchadas ruinas, madre, sigues la nota más aguda, el final.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

.

 

 

 

 

 

 

© Natalia Lara

(Venezuela)

 

 

 

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Foto: Olivier Föllmi
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Nace enero desde el lirio…

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I

 

Nace enero desde el lirio

blanco araña la sombra del giro más tirano.

 

II

 

Hemos de retirar lo minúsculo en el vástago,

sobrevivir a un invierno sin término.

Precipitaciones intensas en el cielo de cobalto.

Boca del Orinoco, bajo Caroní.

 

III

Se abre el gris incoloro en la desgarradura lineal del horizonte

donde las losas se cubren de charco.

 

IV

 

Solemne el miedo en las lindes de las gargantas.

No hay preguntas ni respuestas a la fatiga que mana:

el vaho del sol de azufre ha desaparecido

como el pan en la mesa,

el hijo en la madre

(la que vibra ante su marcha).

 

V

 

Él cruza montañas enteras abrazando la silueta del rayo,

ve la ruta, la esfera, las torres, los árboles

para hallar su propio trino.

¿Quién derriba la vista de su norte?

 

VI

 

¿Dónde depositar la vigilia? ¿El viejo domicilio?

¡Tierra breve apagada por sed!

¡Tierra deshilachada que ensarta mis pies!

 

VII

 

Columnas de fuego han caído, como una ola en orilla.

Húmedo es el techo que cubre los remansos ojos.

 

VIII

 

¿Quién señala a los desterrados?

¿Dónde plantar el nuevo jardín?

¿Dónde es la tierra tierra que fructifica?

 

IX

¡Nunca hubiera visto delante del viento tan fragantes lirios!

¡Tierra henchida apostada de rodillas!

 

X

Del torrente

de la salmuera

has de beber.

 

 

© Natalia Lara

(Venezuela)

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Foto: Masao Yamamoto
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Dos poemas de José Ángel Fernández (edición bilingüe)

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Árboles floridos

 

 

Hacia allá vivo

donde se oculta el sol.

Por eso suelo escuchar

cada atardecer

la voz de una mujer:

«Llegaré a tu aposento

y te contaré cómo salí ilesa

leyendo el lenguaje secreto

de los árboles floridos».

Todo ha sido un sueño.

 

Wunu’ulia kasiisü

 

Cha’ aya wanaa sümaa tia

eepünaale nikerolüim ka’ikai

taapapuuinjase’e matsapa ka’ikaa

sünüiki wanee jierü:

«Anteerü taya putunkuleru’umüin

jee taküjeerü achiki pümüin

jamakuwa’ipalüin

maliyo’uka taya

taashaje’erataain tü putchiirua

kapüleesükaa

sünüiki tü wunu’ulia kasiisükalü.»

Süpüshuwa’ale’eya tia lapu.

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Lago de soñadores

 

¡Niño capitán de curiara!

en el lago de los soñadores

almas tiernas escuchan

el claro cantar de los pájaros.

 

Tü wüin mulo’u nakorolokoo na a’lapüjaaliikana

¡Jïntülee shikiipu’u anuwa!

shiroku tü wüin mulo’u nakorolokoo

na a’lapüjaliikana aa’in müliyuu

aapajüshii tü anakalü ma’in

nee’irain na wüchiikana.

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***

 

 

 

.

 

post_iv_premiocontinentalcantodeamericajose_jose_angel_fernandez_fsm_0771b51cc8bb7a2655José Ángel Fernández Silva Wuliana. Nació en Paraguaipoa, Guajira venezolana, el 23 de enero de 1961, no se sabe si antes o después de Lucas, su hermano gemelo. Allí crecieron, junto a sus hermanas en el seno de una humilde familia wayuu, siendo su madre Teresa Silva, del linaje Wuliana y su padre Nectario Fernández, del linaje de los Ja’yaliyuu.

Sociólogo, Magíster en Antropología de la Universidad del Zulia, fue miembro fundador de la Asociación de Estudiantes Indígenas de esa casa de estudios. Se desempeña como investigador de lingüística adscrito a la Dirección de Literatura de la Secretaría de Cultura de la Gobernación del estado Zulia; es miembro de la Comisión de Planificación Lingüística del Consejo Nacional de Educación, Culturas e Idiomas Indígenas y de la Asociación de Escritores del Estado Zulia.

Colaborador de la Revista Jepiriana del Instituto de Cultura del Departamento de la Guarjira, Riohacha, Colombia; asesor y colaborador de los periódicos Nünüiki Wayuu (La Voz del Guajiro) y Wayuunaiki (Idioma Wayuu). Sus poemas han sido publicados en varias revistas y textos antológicos; igualmente han sido interpretados por el grupo polifónico El Ensamble Sonoro. Ha representado a Venezuela en seminarios y recitales literarios en España, Colombia y Ecuador.

Los textos extraídos corresponden a su libro Nünüiki ka’ikai (Lenguaje del sol).

 

 

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Foto: Kent Shiraishi

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La extrañeza del día posterior…

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I

La extrañeza del día posterior
claro y húmedo
como una exacerbada utopía
II

Todo lo que poseo es la acción
la veleta bajo el viento en movimiento
la casa interna
donde inicio y concluyo

III

Nadie me lo ha contado
el animal del destierro ha mordido mi hombro
pierdo el equilibrio
sin embargo no me ata el suelo
voy por el aire

IV

Entro a lo cónico del saxo
concibo el clamor que comprime
retrato de los días atabacados
pureza confusa

V

Aprendo el lenguaje
de una raíz que yace en el fondo
su lentitud talla la tierra

VI

Antiguo es el encuentro
la ventana cierta
que estalla si la mastico

VII

Colgada a Shepard
mucho más lejos de Homestead Valley
quizá sacudida
por el verde sangre

VIII

Abro la boca torpemente
para empujar este instante de salitre
y someterme al permanente fluir.

 

© Natalia Lara

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Foto: Christopher Anderson
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« U m b i l i c a l »

 

 

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Siempre te escucho
sin perturbar
el hilo de luz
propio de la sombra
 
No es neblina tu cara:
te he seguido
bajo el inmóvil río
borla del recuerdo
 
Seminocturna
he tallado tu cráneo humano
Desde entonces
el fuego del invierno
 
Infinito silbido
llovizna sonora
i n s e p u l t a
 
 
Mi padre en una nube
umbilical de tiempos
 
flotando.
 
 
 
© Natalia Lara

(Venezuela)

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Foto: Francesca Woodman

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«No contesta el día…»

 

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No contesta el día
a mi leve suspiro

Derrumbe eterno
en la piel agostada

Mancha imperfecta

                    colina frágil

e  
f   í   m   e   r     a    .

© Natalia Lara

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Foto: Nicolas Villaume
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Un poema

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I

Reemplazo el diluvio
la gota florida
aparecida en los años.

II

Vuelvo a la llama
insobornable
que gravita.

III

No escribí
cartas de amor
en imponentes tardes de otoño.

IV

Tampoco hablé
de palomas siderales
con designios de rocío nostálgico.

V

Jamás nombré
la vía láctea,
ni los paraísos pálidos
manipulados por ángeles milagrosos…

¡Tan imberbe he sido
en el tiempo del sobresalto!

VI

Mattheuer atinó
en la mano empuñada
y, otra, encima de aquellos ojos:
no es poca la desmesura
el pan no alcanza para todos.

VII

Es el limo de la desdicha
lo que desata el silencio
y nos engulle, disimulado.

VIII

Estrecho es el camino
lo bordean espinas
grasiento el desarraigo.

IX

Vehemente el sol de azufre
incesante en los siglos


nos reclama más.

 

© Natalia Lara

 

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Foto: Rui Palha
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La intimidad en los Diarios de Alejandra Pizarnik

 

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Domingo, 17

El cielo es la carne; el infierno, el alma.

 

Comprender, no el «para qué», sino la necesidad del «para qué».

 

Tristeza de ser: Tristeza por haber nacido. Tristeza frente a la dulzura del vivir. Tristeza del viento que raptó muchos niños y que ahora lloran o cantan en el espacio.

 

Llueve piedras.

 

Todas las desdichas de la infancia están levantando levemente los párpados y se desperezan tristemente como monstruosos animalitos que hubieran dormido durante muchos años.

 

No es queja, no es protesta, no es preguntar por qué. Es como golpear las paredes irrisoriamente herméticas de una cueva laberíntica.

Es como un feto batiendo las entrañas de su madre y rogando que lo dejen salir, que se asfixia, que ya no puede más.

 

Dentro de mí se ha formado un tribunal que juzga —sin apoyo en ley alguna— mi existencia desde la antigüedad hasta nuestros días.

 

 

Noviembre, 1957

 

 

 

pizarnik-foto-sara-facioAlejandra Pizarnik (Buenos Aires 29 de Abril de 1936). Poeta, narradora y ensayista. Su obra ha crecido con el tiempo hasta adquirir la categoría de clásico indiscutible. En Diarios, se comprende y ama a la escritora tal cual era. Su escritura está estrechamente relacionada con la búsqueda de una prosa.  De esto tratarán sus diarios hasta el final de su vida: de amor y de sexo, de angustia, «de elegir: o captar al mundo o rechazarlo». 

Pizarnik murió en su ciudad natal en el año 1972. 

 

Foto de Sara Facio. 

 

 


Alejandra Pizarnik, Diarios, Editorial Lumen. Primera edición, España, 2003

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Foto: Maya Goded

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Rebosas el llamado…

 

Rebosas el llamado
devuelves la tarde
hipnotizada de soplos

Retornas al agua
corres tras su voz
que te susurra

Resucitan las eras
todas al pie
de un verde nupcial

Mana la savia
una vez más el grito.
Tú avanzas en círculo

como un abrazo sin tiempo.

 

©Natalia Lara

Un poema

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Azotas tu garganta

para no parir palabra

en el forjado humo…

 

 

 

Mayor te has hecho

bajo el polvo del futuro:

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Atrás

los gases lacrimógenos

las rojas espadas

el tanque y el fuego

 

 

Si dormir en el lecho

de un desierto sin nombre

¿qué voz se escucharía?

 

 

Conduces hasta ti

retardando a la niebla

¡cuán larga es la hora del horno!

 

La retama florece

en un campo baldío…

 

Seguirás

total ausencia

d   e   v   o  r   a   d    a

 

Buscas a tu fantasma

 

                                                           en ti anida.

 

 

© Natalia Lara

 

 

 

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Foto: Martin Stranka

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La exclusa

 

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                     “En las hojas de mi cebolla

                                         escondo los peces

                                           que se alimentan

                                                   de mi alma”.

                                                 Yolanda Vale

 

 

 

Haz del instante el hallazgo

la sílaba escondida en areniscas

arroja lluvia en yermo espacio

descarría los ayunos

y las migas.

 

Cíñete a la protesta del verbo

quema la lágrima, o habítala

reviste de amor despertares

crisol que selle jubiloso

la dorada flor y su fatiga.

 

 

Arrástrate a los pies de los

[escombros

desdenes aniden las pupilas

estrangula el fuego y modela

la tierra del pecho blanco oliva.

 

Siembra de ofrendas a la Luna

mordisquea gozoso el hondo lecho

rimando los dedos de la brizna.

 

Que el golpe de tu lengua sea oleaje

en el cruce de piernas se derritan 

 

alvéolos                bocas                              

               muslos

 

y merodee tus puntos cardinales 

 

humedad                  la exclusa                                      

               humedad.

 

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©Natalia Lara

 

 

 

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Foto: cocinillas.es

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Elizabeth Schön y su palabra poética

 

 

 

 

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Al tocar el fuego se olvidan las ausencias

las distancias

aun el odio

el amor

así de rotunda su íntima condición, su ínsita presencia para

desahogo de lo infinito.

Mas

cuando se prende frente a nosotros y lo miramos por largo

tiempo pareciera que un velero hubiera desplegado sus

velámenes.

Así de flexibles son sus movimientos, sus elevaciones,

el instante en que se dobla, sucumbe, para verlo crecer lejos

como llegando a otra isla.

El Ser jamás es resistente, nunca es contrario al aparecer,

desaparecer.

 

 

 

*

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No teníamos necesidad de hablarnos.

Vivíamos

de lo que deponían nuestros ojos

después que se habían alimentado

con el ímpetu de la tierra.

Muy poco supimos de controversias.

Si surgía alguna

la arreglabas con tu dúctil vuelo

con la exactitud de tu cantar

llegando siempre con el sol

el atardecer, la noche.

¿Para qué

queríamos más?

Estaban tus andanzas

y ese constante ir y regresar tuyo

que traía consigo

lo más íntimo de lo íntimo

asentado en la gleba

la semilla

la amistad

el amor.

 

*

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Que la tierra gire y no se desmorone

es certeza de nacimiento

y de la entrada precipitada

de los vientos y los hombres.

Y se clama y se palpa.

Hay que dejar a la piel

que roce con todas las demás

así se descubrirán las vertientes

y el testimonio brindará la rectitud

del vértice poseyéndose íntegramente.

 

*

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   En un portón un niño juega con una perinola, su hilo ágilmente se dobla, se alarga, se curva, mientras el niño inmóvil, no ríe, no habla, permanece alerta el hilo que se estira, se encoge, forma una circunferencia que la claridad traspasa y el viento no destroza.

 

 

 

 

*

 

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—Lucía, mañana será otro día y es como si ambos nos dijéramos: mañana miraremos la hoja que hoy no pudimos contemplar, aquel grano que permaneció escondido debajo del almácigo de maíz.

—Pasada la noche, el sol alumbrará de nuevo, y volveremos a salir y admiraremos la ciudad donde  marchan los seres, a veces callados, a veces saludando, charlando, mas siempre sin detenerse.

—¿Recuerdas aquel hombre que con un saco de harina colgado sobre su hombro, escarbaba con un bastón roñoso, un montón de latas vacías? Ese hombre no hablaba. Harapiento, tenía una barba larga, oscura; los cabellos le cubrían parte de las orejas. La piel tenía la resistencia de un muro demasiado arcaico. Le hablamos y sólo nos miró. Nunca olvidaré el brillo de sus pupilas, era un brillo que reflejaba un dolor muy profundo pero que soportaba quieto, calmo, mientras removía las latas y un olor a brea se esparcía en el espacio.

   La noche comienza. ¡Mira la nube que envuelve la cima del Ávila! Allí, entre ella y la cumbre, ha asomado el primer lucero, en un lucero pequeño, un barco luminoso con forma de gota.

 

*

 

 

 

elizabeth schonElizabeth Schön (Caracas, 30 de noviembre de 1921)  Una de las poetas venezolanas más representativas del siglo XX. Realizó cursos de literatura en el Instituto Pedagógico de Caracas. Estudió filosofía en la Universidad Central.  Tomó cursos de Historia de la Música en la Escuela Nacional de Música. Publicó una prolífica obra poética: La cisterna insondable (1971), Concavidad de horizontes (1986), La flor, el barco, el alma (1995), Las coronas secretas de los cielos (2004), entre otros. Obtuvo el segundo premio en el concurso de teatro, Ateneo de Caracas, 1956; Segundo premio del concurso literario, mención teatro, Universidad del Zulia, 1966; Premio Municipal de Poesía de Caracas, 1971; y en 1994 el Premio Nacional de Literatura. Fallece en la ciudad capital en el año 2007.

 

 

 

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Pintura: Gordon Hunt

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Tres poemas de Anna Ajmátova

 

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V

 

HACE diecisiete meses que grito

y a la casa sin cesar te llamo,

que me arrojo a los pies del verdugo maldito,

que eres mi horror y el hijo que yo amo.

Todo se confundió por los siglos venideros

y ahora me es difícil descifrar

quién es una fiera, quién es un hombre verdadero,

cuánto la ejecución he de esperar.

Y sólo escucho incensarios distantes,

y sólo veo flores rozagantes

y, sin ir a parte alguna, huellas.

Y mira a mis ojos, insistente,

con amenazas de una muerte inminente

una enorme estrella.

 

 

(1939)

 

 

*

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El poeta

 

Miren qué clase de trabajo el mío;

llevar toda una vida sin cuidados

y robarle sus sones a una música

haciéndolos ya nuestros, bromeando.

 

Y al poner un alegre scherzo ajeno

en alguna que otra línea nuestra,

jurar que así gime el corazón apenado

entre esplendentes trigales y veredas.

 

Y luego sorprender del bosque los murmullos

que emiten los pinos, al parecer callados,

mientras se extiende por doquier, como el humo,

un vago cortinaje de neblinas, alado.

 

Tomo un poco de todo, sin escoger apenas,

ni sentirme culpable ni un segundo.

Algo recojo a veces de esta pícara vida

jovial. Y todo, del silencio nocturno.

 

(1959)

 

Traducción de Verónica Spassakaya;

Versión de Fina García Marruz 

*

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El último poema

 

Uno irrumpe, como el trueno,

alborotado por alguien.

Entra en casa, ríe, palpita,

gira, centellea, aplaude.

 

Nace otro en el silencio

de medianoche, venido

de no se sabe, murmura,

mira del espejo vacío.

 

Llegan otros, a pleno día

como si no me notasen,

suaves fluyen en el papel,

igual que un arroyo limpio nacen.

 

Otra vez, algo secreto

sin colores, sin sonido,

viene, cambia, serpentea,

y no se deja coger vivo.

¡Pero este! Saca sangre,

niña malvada, juventud, pasión,

y sin decirme una palabra

hace silencio alrededor.

 

Y no sé si haya partido.

Y no conozco desgracia mayor,

que su huir sin dejar huellas.

Sin él. . . voy muriendo yo.

 

(1959)

 

Traducción de Verónica Spasskaya;

Versión de Fina García Marruz 

 

 

anna_ajmatovaAnna Ajmátova (Odesa, 1889-Moscú, 1966). Seudónimo de Anna Andréievna Gorenko, quien al terminar su escolaridad básica, ingresa en la Facultad de Derecho de Kiev. Después estudia Filosofía y Letras en la Universidad de San Petersburgo. En 1903 conoce al poeta ruso Gumiliov, con quien se casa en 1910, permaneciendo juntos hasta 1918. Junto a Osip Mandelstam, Zenkevichy, Narbut, creó la editorial Acmé (palabra tomada del griego que significa la “cima”, la “perfección”, el “momento de mayor intensidad”) y con ellos fundó, en 1911, el Taller de los Poetas, el cual actuó hasta 1915 como lugar de reunión. De allí surgió Hiperborrea, la revista del movimiento, así como varios volúmenes colectivos de poesía y los primeros poemarios individuales de Ajmátova y de Mandelstam. En 1922 se casa con el orientalista Chileiko. En la trayectoria poética de Anna podemos distinguir El atardecer (1912), Rosario (1914), Bandada blanca (1917), Llantén (1921) y Anno Domini MCMXXI (1922).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Ilustración: Daria Petrilli

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Las cartas de Lemebel: Bésame otra vez forastero

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Carta 3

 

 

 

Santiago sur, marzo de 1994, 12 p. m.

 

   Amado:

 

   Por primera vez escribo esta palabra para dirigirme a usted. Lo hice sin pensar, como quien saca un casete al azar y encuentra la música precisa para esta hora de la noche, cuando los perros han dejado de aullar y la ciudad es una campana silenciosa.

   Me pregunto cuál fue el impulso que me hizo llamarlo de esta manera, tan cursi y sentimental. Usted comprenderá que hay palabras que no se pueden decir, porque son peligrosas. Palabras que nos traicionan cuando uno tiene que decir otras: ¿cómo estás? Hace frío. Mucho gusto, y esas chorradas que inventaron para comunicarnos.

   Sé que esta palabra lo puede incomodar, pensando si es verdad o sólo una gentileza que vuela por correo hasta su corazón. No importa, la verdad es un chispazo. Pensemos que en ese momento, sólo en ese momento, cuando yo escribía esa palabra, usted era el más amado del mundo, la púnica estrella negra en el cielo de las luces. Imaginemos que en esa ráfaga de tiempo puse mi vida a sus pies y usted no lo supo hasta leer esta carta. Y ese instante le servirá el resto de su vida para decir que alguien lo amó intensamente sólo un instante, un segundo en que usted se asoma en la baranda del forastero amor, sin conocerlo. Quizás estoy delirando al comunicarle estas impresiones, pero no puedo evitarlo, soy incorregible y no puedo cambiar. A usted lo llevaré donde vaya mientras dure su recuerdo, como una sombra pegada a mi sombra. Después, tal vez lo olvide, cuando mi corazón vagabundo ande en otra mirada tibia. Pero a usted quién lo llamara amado con la boca llena de plumas vivas. Quién lo pensara de esta forma demente, leyendo esta carta en el acuario de su pieza. Dígame, quién podría zambullirse en su pecho tan dulcemente al son de un ritmo fatal.

 

 

 

 

 

 

 

 


Pedro Lemebel, Adiós mariquita linda. Editorial Random House Mondadori, Colección Otras Voces.  Caracas, Venezuela, 2005.

 

 

 

 

 

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Foto: Paz Errázuriz

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La narrativa en María Eugenia Catoni

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Ars narrativa

 

 

Cuando me entrego a la ausencia de la nada me siento mejor equipada para actuar a tono con el universo. Desaparezco y surjo con mis relatos. Nace algo lúdico mientras asoman pedidos de mi necesidad interior. Estar vacía, olvidar la mente, olvidar el cuerpo, olvidar por qué lo hago. Queda allí la naturaleza del oficio y la esencia de hacer mi trabajo como arte.
Encontré un formato sin fin, allí puedo expresarme con recursos diferentes a mi soporte usual y utilizo materiales asequibles como una hoja en blanco con su tinta, fluido cautivador. Manan al respiro las ideas y reaparecen frases cargadas de memorias.
Fascinada por la dimensión de la palabra en verso, entré al mundo de la literatura. La poesía me brindó una perfecta transición por su ritmo y capacidad de síntesis. Al principio dudé en mostrar mis poemas y muchos archivados por años evolucionaron a imprevistas narraciones poéticas. Algunas de mis historias entrelazan el mundo de los sueños y la magia; flotan en un clímax de ficción mezclado con la cruda cotidianidad. Personajes no intuyen su existencia y añoran un pasado presente. Otros sucumben en libertad por el encierro de su ánimo espiritual.
Cuando rozo mi otro mundo, sus gritos me despiertan.

 

*

 

 

“Tric”

 

Desgarbado, torpe, lleno de morbosos y rebeldes pensamientos. Inevitables. Opresivos. Contenido en cuatro paredes las intenciones friccionan entre sí. Su imagen se refleja en un gran espejo cuadrado frente a él, y logra examinar con facilidad su rostro ajado, tembloroso, desaliñado y amargo. Escudriña cada movimiento de sus músculos faciales, mira su tez llena de surcos y protuberancias que hablan de una relación viciosa. No puede dejar de palpar en su bolsillo, ni es capaz de alejar ese soniquete maravilloso, producto del contacto de sus yemas con el lado oscuro y áspero de aquellas paredes. Tabiques desgastados de tanto uso, limpios de granos e inservibles, al punto de no producir más sacudidas. Chispazos tiranos, cómplices de su éxtasis. Vuelve a observar esos ojos que le critican de frente, saborea la tufarada piel agria y seca. Corteza que ha perdido la fortuna de lavarse orgias y festines cotidianos. Baja la mirada y sonríe al ver sus viejas botas negras, raídas de tanto zanquear el horizonte, con breñas hinchadas de dolores y aventuras. Bucaneras peregrinas de lo que hace mucho tiene sin saberlo y que, con cada gesto, lo transmite naturalmente. Hurga nuevamente el saquillo con sus dedos nudosos y marchitos. Tósigos, estropeados por el daño alucinífero. Soban continuamente con nerviosa rapidez. Escucha el tañido que paraliza su inteligencia y su cuerpo. Vencido dentro del cerco de colores blancos, negros y rojos. De pronto, en su mente se le revela un pensamiento y toma una decisión: ingrata, casi absurda para él, después de tantos años con su apego. Elimina el reventón habitual y, como una vulgar e inanimada cosa que nunca tuvo vida, ni brotes de descargas multicolores, ¡Lo lanza a la basura! Inmediatamente toma entre sus dedos un objeto cilíndrico, amarillo despojo, transparente, frío y calculador. Y en un “tric” produce un chasquido insolente que le devuelve a su rostro el brillo abrazador de “novia fiel”.

 

 

*

 

 

 

Invernadero de almas

 

Inesperadamente, una sensación de imágenes poderosas estremece el espacio. Un pájaro me mira desde su libertad y ríe. Sabe de mi mundo fantástico. Cueva de seres prehistóricos que hablan. No sufro de topofilia, estoy obligada a esto. Abismo de tiempo, floresta llena de depredadores y tú. Representas esa efímera figura en las sombras, goteando pacientemente miles de años. Conglomerado de huesos esparcidos en tu precioso y frágil lugar. Reinventas aires doblados y, sin embargo, se me perdió tu olor. Sólo quedan emanaciones de leña quemada, y todo perdió significado. Al salir veo huellas y no sé a quién pertenecen. Irracional premonición: saberme observada sin alivios sinuosos ni verdadero bálsamo. La luz nocturna enceguece y, aun así, el espíritu de mi mano sigue estas líneas, evocando invernaderos de almas y apariciones antagónicas. Nada reales.

 

 

 

 

 

 

 

MaEga

 

Nueva_imagenmaega_faunaurredMaría Eugenia Catoni (MaEga) Caicara del Orinoco. Actualmente vive en Puerto Ordaz, estado Bolívar, Venezuela. Desde hace más de 30 años desarrolla el Arte de la pintura, escultura, cerámica y manifestaciones afines. Ha participado en exposiciones nacionales e internacionales. Paralelamente incursiona en la Literatura. Ha realizado: Seminario de literatura latinoamericana: “Intertexto del Mestizaje y la Heroicidad en la literatura latinoamericana” con los escritores Denzil Romero y Carlos Brito (Icrea, Caracas). Talleres de literatura: Imagen y Creación (Alberto Hernández), poesía (Teresa Coraspe), poesía creativa (Juan Calzadilla); recibió talleres de creación poética y narrativa con el escritor y poeta Francisco Arévalo y con María Celina Núñez, Licenciada en Letras. Ha publicado sus poemas en diarios de circulación regional y nacional. Su primera publicación “Primer mordisco” de cuentos breves en forma de plaquette, fue presentada al público en Caracas por la editorial El Pez Soluble, en la Librería Kalathos, y en la ciudad de Puerto Ordaz en la librería Latina de Orinokia Mall.

 

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Las fotografías y  los textos se encuentran bajo Copyright © María Eugenia Catoni – MaEga

El libro de Thel, por William Blake

 

EL LIBRO DE THEL

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Lema De Thel

¿Sabe el Águila lo que está en el foso

o irás a preguntárselo al Topo?

¿Puede la sabiduría encerrarse en un cetro

y el Amor en un recipiente dorado?

THEL

 

I

Las hijas de Mne Seraphim atendían sus soleados rebaños

con excepción de la más joven que, lívida, buscaba el aire

   secreto

para desaparecer como la belleza de la mañana de su día

   mortal.

A lo largo del río de Adona se oye su tierna voz.

De este modo cae su delicado lamento, parecido al rocío

   de la mañana:

“¡Oh vida de esta primavera nuestra! ¿Por qué se marchita

   el loto en el agua?

¿Por qué se marchitan estos hijos de la primavera, nacidos

   nada más que para reír y caer?

Ah, Thel es como un arco acuoso, como nube que se aleja,

como imagen en un espejo, como sombra en el agua,

como el sueño del niño, como la sonrisa en el rostro in-

   fantil,

como la voz de la paloma, como el día que huye, como la

   música en el aire.

Ah, dulcemente quisiera yacer, con dulzura posar mi cabeza

y dulcemente dormir el sueño de la muerte y escuchar

   dulcemente la voz

de aquel que pasea por el jardín al llegar la noche. ”

El lirio del valle que respiraba mezclándose con la humilde

   hierba,

contestó en estos términos a la bella doncella: “Soy un

  hierbajo acuoso y

pequeñísimo, a quien gusta morar en las tierras bajas.

Tan débil soy, que la dorada mariposa apenas puede po-

sarse sobre mi cabeza.

Sin embargo recibo visitas del cielo: aquel que a todos

sonríe pasea por el valle y cada mañana sobre mí extiende

   su mano

diciéndome: “Alégrate, humilde hierba, flor de lirio

   recién nacida,

gentil doncella de los prados silentes y de los modestos

   arroyuelos,

pues de luz te habrán de vestir y te alimentarás con el

   maná de la mañana:

hasta que el calos del estío te funda junto a las fuentes y

   los manantiales

para florecer en los valles eternos. ¿Por qué pues habría de

    quejarse Thel?

¿Por qué dejaría escapar un lamento la señora de los valles

   de Har?

Calló y sonrió entre lágrimas antes de sentarse en su altar

   de plata.”

 Repuso Thel: “Oh tú, doncella del tranquilo valle,

que das a quienes no pueden implorar, a los sin voz, a los

    exhaustos;

tu aliento nutre al cordero inocente que huele tus prendas

    lácteas

y cosecha tus flores mientras tú le sonríes a la cara

y limpias en su tierna y mansa boca toda mancha conta-

    giosa.

Tu vino purifica la miel dorada; el aroma

que derramas sobre cada hojita de hierba que apunta

anima a la vaca ordeñada y doma al corcel de llameante

    aliento.

Pero Thel es como desfalleciente nube que el sol naciente

   alumbra:

desaparezco en mi trono perlado. ¿Quién podrá hallar mi

    lugar?”

“Interroga a la delicada nube “reina de los valles”, repuso

   el lirio,

“y te dirá por qué resplandece en el cielo de la mañana

Y por qué siembra su brillante belleza en el aire húmedo.

Desciende, nubecilla, y ciérnete ante los ojos de Thel”.

Bajó la nube; el lirio inclinó su tímida cabeza

y fue a cuidar su extraordinario responsabilidad por la

    hierba verde.

II

“Oh, nubecilla”, dijo la doncella “te conmino a que me

    expliques

por qué no te quejas cuando en una hora desapareces:

pasada ésta, te buscamos sin oderte encontrar. Ah, Thel

se te parece:

me voy; y, aunque me lamento, nadie oye mi voz ”.

La nube mostró entonces su dorada cabeza y así surgió su

   llameante forma,

Flotando brillante en el aire ante el rostro de Thel.

“Oh doncella, ¿acaso no sabes que nuestros corceles beben

    en los manantiales dorados

donde Luvah renueva sus caballos? ¿Has contemplado mi

    juventud

y temes porque me esfumo y nadie puede verme?

Nada es eterno. Oh, doncella, te digo que al morir

me dirijo a una vida decuplicada en amor, paz y sagrados

   éxtasis.

Invisible bajo y poso mis alas ligeras sobre las olorosas

flores aromáticas

y seduzco al rocío de bello mirar para que consigo me

   lleve a su fulgurante morada.

La llorosa doncella temblorosa se arrodilla ante el sol que

   se eleva

hasta que nos alzamos, unidas por una cinta de  oro,

    para no separarnos más

y pasear juntas para llevar alimento a nuestras tiernas

flores.”

“¿Eso haces, nubecilla? Me temo que no soy como tú.

Paseo por los prados de Har oliendo las flores más fra-

    gantes,

pero no alimento florecillas; escucho las aves cantoras,

pero no las alimento: ellas mismas vuelan en busca de

   sustento.

Sin embargo Thel ya no le place esto, pues se va desvane-

   ciendo.

Y todos dirán: sin utilidad de desarrollo la vida de esta ra-

   diante mujer;

¿habrá vivido tan sólo para convertirse a su muerte en ali-

   mento de gusanos?

La nube se reclinó en su aéreo trono y así contestó:

Si has de ser mantar de gusanos, oh doncella de los cielos,

¡cuánta será tu utilidad! ¡Qué amplia tu gracia! Nada de

   cuanto vive

lo vive solo, ni para sí mismo. Nada temas, que llamaré al

débil gusano que en subterráneo lecho duerme, para que

  oigas su voz.

Acude, gusano del silente valle, junto a tu pensativa reina.”

El indefenso gusano asomó y se detuvo en la hoja del lirio.

La brillante nube voló para reunirse con su compañero en

   el valle.

III

Thel contempló con asombro al gusano en su lecho ba-

   ñado de rocío.

“¿Gusano eres? Tú, estampa de la debilidad, ¿sólo eres un

   gusano?

Te veo como un zagal envuelto en la hoja del lirio. Ah, no

llores, vocecilla, que si no puede hablar es capaz de llorar.

¿Es esto un gusano? Te veo, inerme y desnudo, llorar

sin que nadie te conteste sin que nadie te reconforte con

   sonrisa maternal.”

El terrón de arcilla escuchó la voz del gusano y alzó su ca-

    beza con generosidad.

Inclinándose sobre el infante lloroso su vida exhaló

en lácteo afecto; luego dirigió a Thel sus humildes ojos.

“¡Oh belleza de los valles de Har! No vivimos para noso-

tros mismos.

Ante ti tienes a la cosa más irrisoria, pues eso soy en rea-

   lidad;

mi seno está frío de sí mismo y de sí mismo oscuro.

Pero aquél que lo humilde ama, unge mi cabeza

y me besa, tendiendo sus cintas nupciales en torno a mi

   seno

a la vez que me dice: “Madre de mis hijos, te he estimado

y te  he regalado una corona que nadie te podrá robar.

Como es esto, dulce doncella, es algo que no sé y que

    averiguar no puedo;

reflexiono y no puedo reflexionar. Sin embargo vivo y amo.”

La hija de la belleza se secó sus compasivas lágrimas con su

   velo blanco

diciendo: “Ay, nada sabía de esto y por ello lloraba.

Sabía, sí, que Dios amaba al gusano y que castigaba al pie

   malvado

si por capricho hería su indefenso cuerpo; pero que le re-

   galara

 con leche y aceite, no lo sabía y de ahí mi llanto.

Al aire tibio lanzaba mi queja porque desaparecía:

Tendida en tu lecho yerto dejaba mi refulgente reino.”

“Reina de los valles”, contestó el trozo de arcilla, “he oído

   tus suspiros:

tus lamentos sobrevolaron mi techo y los llamé para que

    descendieran.

¿Quieres, oh reina, entrar en mi casa? Libertad tienes para

    penetrar en ella

y de volver. Nada has de temer. Entra con tus virginales

    pies”.

IV

El gigantesco guardián de las eternas puertas alzó la barra

    septentrional.

Entró Thel y contempló los secretos de la desconocida

    tierra;

vio los lechos de los muertos y e lugar donde la fibrosa

    raíz

de cada corazón terreno hinca su incansable serpentear.

Tierra de pesares y lágrimas, donde jamás se viera una

   sonrisa.

Erró por el país de las nubes atravesando oscuros valles y

   escuchando

gemidos y lamentos. A menudo se detenía al lado de al-

   guna tumba, bañada de rocío.

Permaneció en silencio para escuchar las voces de la tierra.

Por fin a su propia tumba llegó y cerca de ella se sentó.

Oyó entonces aquella voz del dolor que alentaba en la

    vacía fosa.

¿Por qué es incapaz el oído de permanecer cerrado a su

   propia destrucción

y el brillante ojo al veneno de una sonrisa?

¿Por qué están cargados los párpados de flechas a punto

    donde yacen el acecho mil guerreros?

¿Por qué el ojo se halló cargado de dones y gracias que

   siembran frutos y monedas de oro?

¿Por qué la lengua se goza con la miel de todos los vientos?

¿Por qué es el oído un torbellino anhelante que pretende

    envolver en su seno toda creación?

¿Por qué la nariz se ensancha al inhalar el terror, temblo-

   rosa y espantada?

¿Por qué un suave ondular sobre el muchacho vehemente?

¿Por qué una cortinilla de carne en el lecho de nuestro

    deseo?

La doncella dejó su asiento y, emitiendo un grito,

huyó libre hasta llegar a los valles de Har.

 

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Ilustración: William Blake – The Book of Thel

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Medea

 

 

 

“Mi mente está tramando
un crimen fiero, ignoto, pavoroso,
que hará temblar al cielo y a la tierra.”
Séneca
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M E D E A
Llevo un templo callado en cada ojo,
abismos insondables extendidos
pueblan la tormentosa simiente.
Arden los carbones movedizos,
caen los fragmentos angustiantes
en la subyacente cúpula de tiempo.
¡Ah! La gélida arpa se desprende
asoma su música de lágrimas
escupe el rostro en la vigilia
fuera de mí la bestia muerte.
Ruedan impertérritas membranas
y en los nudillos de humo sangrantes
de mis dedos claros turbios
se confunden los temblores derramados.
¡Ah! Un péndulo de luz que se da vuelta,
Luzbel escala mi carne mancillada
no titubea el río rojizo
se traga la cintura de los niños
pequeña y blanca, siempre blanca.
Me zafé de la noche que sin farol boqueaba.

 

 

 

©  Natalia Lara

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

 

 

 

 

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Pintura: Medea – Delacroix, Eugène

Sobre el primer poema de aquel joven provinciano: Pablo Neruda

pablo_neruda1 Images - Eric Atlan

 

 

Mi primer poema

 

Ahora voy a contarles alguna historia de pájaros. En el lago Budi perseguían a los cisnes con ferocidad. Se acercaban a ellos sigilosamente en los botes y luego rápido, rápido remaban… los cisnes, como los albatros, emprenden difícilmente el vuelo, deben correr patinando sobre el agua. Levantan con dificultad sus grandes alas. Los alcanzaban y a garrotazos terminaban con ellos.

Me trajeron un cisne medio muerto. Era una de esas maravillosas aves que no he  vuelto a ver en el mundo, el cisne cuello negro. Una nave de nieve con el esbelto cuello como metido en una estrecha media de seda negra. El pico anaranjado y los ojos rojos.

Esto fue cerca del mar, en Puerto Saavedra, Imperial del Sur.

Me lo entregaron casi muerto. Bañé sus heridas y le empujé pedacitos de pan y de pescado a la garganta. Todo lo devolvía. Sin embargo, fue reponiéndose de sus lastimaduras, comenzó a comprender que yo era su amigo. Y yo comencé a comprender que la nostalgia lo mataba. Entonces, cargando el pesado pájaro en mis brazos por las calles, lo llevaba al río. El nadaba un poco, cerca de mí. Yo quería que pescara y le indicaba las piedrecitas del fondo, las arenas por donde se deslizaban los plateados peces del sur. Pero él miraba con ojos tristes la distancia.

Así cada día, por más de veinte, lo llevé al río y lo traje a mi casa. El cisne era casi tan grande como yo. Una tarde estuvo más ensimismado, nadó cerca de mí, pero no se distrajo con las musarañas con que yo quería enseñarle de nuevo a pescar. Se estuvo muy quieto y lo tomé de nuevo en brazos para llevármelo a casa. Entonces, cuando lo tenía a la altura de mi pecho, sentí que se desenrollaba una cinta, algo como un brazo negro me rozaba la cara. Era su largo y ondulante cuello que caía. Así aprendí que los cisnes no cantan cuando mueren.

El verano es abrasador en Cautín. Quema el cielo y el trigo. La tierra quiere recuperarse de su letargo. Las casas no están preparadas para el verano, como no lo estuvieron para el invierno. Yo me voy por el campo y ando, ando. Me pierdo en el cerro Ñielol. Estoy solo, tengo el bolsillo lleno de escarabajos. En una caja llevo una araña peluda recién cazada. Arriba no se ve el cielo. La selva está siempre húmeda, me resbalo; de repente grita un pájaro, es el grito fantasmal del chucao. Crece desde mis pies una advertencia aterradora. Apenas se distinguen como gotas de sangre los copihues. Soy sólo un ser minúsculo bajo los helechos gigantes. Junto a mi boca vuela una torcaza con un ruido seco de alas. Más arriba otros pájaros se ríen de mí con risa ronca. Encuentro difícilmente el camino. Ya es tarde.

Mi padre no ha llegado. Llegará a las tres o a las cuatro de la mañana. Me voy arriba, a mi pieza. Leo a Salgari. Se descarga la lluvia como una catarata. En un minuto la noche y la lluvia cubren el mundo. Allí estoy solo y en mi cuaderno de aritmética escribo versos. A la mañana siguiente me levanto muy temprano. Las ciruelas están verdes. Salto los cerros. Llevo un paquetito con sal. Me subo a un árbol, me instalo cómodamente, muerdo con cuidado una ciruela y le saco un pedacito, luego la empapo con la sal. Me la como. Así hasta cien ciruelas. Ya lo sé que es demasiado.

Como se nos ha incendiado la casa, esta nueva es misteriosa. Subo al cerco y miro a los vecinos. No hay nadie. Levanto unos palos. Nada más que unas miserables arañas chicas. En el fondo del sitio está el excusado. Los árboles junto a él tienen orugas. Los almendros muestran su fruta forrada en felpa blanca. Sé cómo cazar los moscardones sin hacerles daño, con un pañuelo. Los mantengo prisioneros un rato y los levanto a mis oídos. ¡Qué precioso zumbido!

Qué soledad la de un pequeño niño poeta, vestido de negro, en la frontera espaciosa y terrible. La vida y los libros poco a poco me van dejando entrever misterios abrumadores.

No puedo olvidarme de lo que leí anoche: la fruta del pan salvó a Sandokan y a sus compañeros en una lejana Malasia.

No me gustó Buffalo Bill porque mata a los indios. ¡Pero qué buen corredor de caballo! ¡Qué hermosas las praderas y las tiendas cónicas de los pieles rojas!

Muchas veces me he preguntado cuándo escribí mi primer poema, cuándo nació en mí la poesía.

Trataré de recordarlo. Muy atrás en mi infancia y habiendo apenas aprendido a escribir, sentí una vez una intensa emoción y tracé unas cuantas palabras semirrimadas, pero extrañas para mí, diferentes del lenguaje diario. Les puse en limpio en un papel, preso de una ansiedad profunda, de un sentimiento hasta entonces desconocido, especie de angustia y de tristeza. Era un poema dedicado a mi madre, es decir, a la que conocí por tal, a la angelical madrastra cuya suave sombra protegió toda mi infancia. Completamente incapaz de juzgar mi primera producción, se la llevé a mis padres. Ellos estaban en el comedor, sumergidos en una de esas conversaciones en voz baja que dividen más que un río el mundo de los niños y el de los adultos. Les alargué el papel con las líneas, tembloroso aún con la primera visita de la inspiración. Mi padre, distraídamente, lo tomó en sus manos, distraídamente lo leyó, distraídamente me lo devolvió, diciéndome:

— ¿De dónde lo copiaste?

Y siguió conversando en voz baja con mi madre de sus importantes y remotos asuntos.

Me parece recordar que así nació mi primer poema y que así recibí la primera muestra distraída de la crítica literaria.

Mientras tanto avanzaba en el mundo del conocimiento, en el desordenado río de los libros como un navegante solitario. Mi avidez de lectura no descansaba de día ni de noche. En la costa, en el pequeño Puerto Saavedra, encontré una biblioteca municipal y un viejo poeta, don Augusto Winter, que se admiraba de mi voracidad literaria. << ¿Ya los leyó?>>, me decía, pasándome un nuevo Vargas Vila, un Ibsen, un Rocambole. Como un avestruz, yo tragaba sin discriminar.

Por ese tiempo llegó a Temuco una señora alta, con vestidos muy largos y zapatos de taco bajo. Era la nueva directora del liceo de niñas. Venía de nuestra ciudad austral, de las nieves de Magallanes. Se llamaba Gabriela Mistral.

Yo la miraba pasar por las calles de mi pueblo con sus ropones talares, y le tenía miedo. Pero, cuando me llevaron a visitarla, la encontré buenamoza. En su rostro tostado en que la sangre india predominaba como en un bello cántaro araucano, sus dientes blanquísimos se mostraban en una sonrisa plena y generosa que iluminaba la habitación.

Yo era demasiado joven para ser su amigo, y demasiado tímido y ensimismado. La vi muy pocas veces. Lo bastante para que cada vez saliera con algunos libros que me regalaba. Eran siempre novelas rusas que ella consideraba como lo más extraordinario de la literatura mundial. Puedo decir que Gabriela me embarcó en esa seria y terrible visión de los novelistas rusos y que Tolstoi, Dostoievski, Chejov, entraron en mi más profunda predilección. Siguen acompañándome.

 

 


Pablo Neruda, Confieso que he vivido. Ediciones Nacionales Círculo de Lectores. Colombia, 1974.

 

 

 

 

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 Foto:  Sara Facio

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La voracidad de una gota…

 

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I

La voracidad de una gota

que cae en la tierra

y la ablanda

 

II

Hay un hilo que reclama

insistentemente

el combate de lo seco

Su negro sopor

el árido aire

rojo polvo ceniza

 

III

Observo más cerca

la sencilla quietud

de un lirio crecido

La libertad del perfume

íntimo círculo

esplendor y huella

 

IV

Blanco el infinito

cuanto ve

lo soporta

 

V

No le atemoriza

el seco combate

ni el árido polvo

 

VI

La  paciencia vibra

en amanecer

de garúa

 

VII

Basta una gota

su silueta en la tierra

para absorber inmensidad.

 

 

 

© Natalia Lara

 

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Foto: Lirios blancos
http://keywordsuggest.org

 

 

San Baudelaire y Elí Galindo

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La tripulación lloró

 

Fieles a los accidentes del litoral

 

la tripulación lloró al alba

 

como cualquier ser viviente

se internó mucho tiempo

entre las lágrimas

 

frente a la tierra firme

lavó su rostro y le dio gracias

al dios castellano

 

sus gemidos parecían gorjeos de un

ave muda

 

Los hombres avistaron a los nativos

eran de piel de bronce o de cera

sus mujeres eran bellas

y los niños vivaces atrevidos

 

aunque éramos de mundos distintos

serenísimos cristianísimos muy altos

excelentes y poderosos príncipes

 

 

 

todo era una maravilla

 

lo que volaba lo que nadaba

 

lo que más allá se arrastraba

 

escasean en nuestros idiomas colores

 

para nombrar los matices

 

de este mundo.

 

 (En “Las estrellas fugaces me ponen ebrio”, 1971)

 

 

*

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En el país de la nieve roja

 

 

Eurídice

te ofrezco fieras

 

Apoyado en las piedras viejas

aparto los rasgos para beber monedas de oro

y levanto música en mis manos y te ofrezco fieras

árboles

oleadas

de flores

 

He cruzado las lunas tristes

en sus ojos

en su gris bajando las colinas

 

Es posible morir como una onda

y regresar al oleaje mezclado de playas abiertas

viajar en un temblor de aves que vuelan

un paisaje debajo de las olas

 

El país de la nieve roja

llora en el tejado

miro  cómo el viento arrastra árboles de polvo

para formar caminos y colinas

y la siento cantar como una perra

arañando las estrellas

dando puñaladas al huracán de arena

que huye entre mis manos.

 

 

 (En “Las estrellas fugaces me ponen ebrio”, 1971)

 

 

 

*

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Las alas caídas

 

 

Me cubro de lluvia

 

Miro los muertos saciar de agua fresca los abismos viejos

 

Caen ramajes sobre las piedras

 

Levanto mis remos llenos de luna

y renuncio a la eternidad

 

Brota una flor sobre cenizas de ríos muertos

fluyen corrientes blancas

 

Vengo del frío

 

Parezco una piedra

que lleva en los ojos una serpiente brillando bosques

 

me he visto con ramas de colores

llegar a los oleajes y regresar

con remos lentos sobre la barca en la bruma

 

las alas caídas.

 

 

 (En “Las estrellas fugaces me ponen ebrio”, 1971)

 

 

*

 

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En mi recuerdo llueve

 

El viejo paisaje

pasa silencioso por mis ojos

recoge tinieblas

 

Como en morada no conocida

va tocando bajo los párpados

las gruesas cortinas

el polvo acumulado sobre los rostros

que dentro de mí cuelgan

 

Contra los cristales cerrados caen sombras

de relámpagos

 

Mi paisaje abre paso a la lluvia

 

Los arbustos recogen aves del viento

corren las puertas del espacio

lejos del sol

 

Aquellos cascos abandonados por algún

animal

en mi memoria

flotan entre las aguas

 

También los rastros de lo que conocí

rebosan  

 

Yo que he salido de algún pliegue

camino entre aquel silencio

Me miro sin ruido

me sigo como un perro puede seguirse

Levanto la cabeza

la sacudo contra el viento de aquel recinto

que ya desconoce

y me quedo allí

recibiendo la lluvia

la temible lluvia.

 

(En “Ruido de las esferas”, 1986)

 

*

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San Baudelaire  

 

San Baudelaire, patrón mío,

tú sabes que tengo en una lavativa

de lino, malva y almidón,

empapada el alma de Molière

 

Si no eres un animal

sácame de esta tienda

y te nombro gran almirante

de mi flota del Atlántico

(Texto de un loco. Citado por Vicente Huidobro)

 

 

Afuera llueve Baudelaire

y la lluvia entra en los vidrios de la noche

Me retiro al sitio donde vivo

cierro las ventanas

entro de pie al sueño

Dejo vagar mis rasgos sobre las yerbas cortas

Un perro negro lame mis cabellos

Me acerco a los ríos

donde los peces sacan las bocas del agua

y beben de la luna

Rozo las aguas con mi mano derecha

y la llevo a los ojos

desciende color a las siluetas que circulaban dentro de mí

llenas de humedad

de tierra confusa

 

Regreso hondo

 

Caigo aún más en la noche

 

San Baudelaire extiende sus pardas alas

y me cubre el viento cargado de lluvia

y me veo cruzar las colinas

en su compañía

los dos cubiertos por dos capas negras

él hablando del infierno

y yo silencioso

tropezando con las rocas.

 

 

(En “Los viajes del barco fantasma”, 1974)

 

 

 

*

 

galindo2Elí Galindo (San Sebastián de los Reyes, estado Aragua, 1947). Poeta, colaborador de las más importantes publicaciones periódicas de Venezuela y profesor universitario. Ha publicado Los viajes del barco fantasma (UCV, 1974), libro que mereció un año antes el Premio Universidad Central de Venezuela (mención Poesía), y Ruido de las esferas (Monte Ávila Editores, 1986). En 1986 recibió el Premio Internacional de la revista Poesía de la Universidad de Carabobo y, en 1987, el Premio Conac de Poesía Francisco Lazo Martí.

 

 

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Foto: JeanPaul Bourdier

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Poemas de Salustio González Rincones

*

Borracho

Bebe tu caña clara y ardiente

Oh! Bebedor de nariz colorada!

Jugo del trópico! Alegra tu mente

Con su mortal palidez destilada!

Alza la copa! Burla la gente

Tu desenfado en la cara pintada…

Foete de sangre! Vidrio candente

Te hará amigo de todo y de nada!

Huye la pena! Caña, tu hermosa

Besos te ofrece, te da una rosa

Y danza por ti en su retablo.

Dale más besos en la taberna

Y traspiés urde bajo tu pierna

Atajando los pollos del Diablo!

*

Sifilítica

¡Virgen de la roséola:  la siniestra corona

tú llevaste en las sienes! ¡Sufre de ti mi ausencia!

El mal francés te muerde con su muda presencia

y a tu cuerpo de estatua callado desmorona…

¡No quieres el arsénico y tu mal no perdona!

¡Dices que no lo tienes con torcida  inocencia,

y al hijo que tuviste lo azota la demencia,

lo corroe el espirilo  y su sangre atizona!

¿Por qué niegas curarte con tus tan tercos labios

y del elixir huyes que inventaron los sabios?

¡Tu esquivez no levanta una voz de perdón!

¡Diste a luz una víctima por ti herida en la cuna!

Madre quieres ser de otra. ¡No te basta con una!

¿Es que tienes ya sífilis dentro del corazón?

Estrambote:

Dijo el Santo Paracleto con su lengua de fuego:

El que no quiere ver es el mejor ciego…

*

A lo lejos, PALABRAS.

Quemaron con el odio

rojo del fuego

el Sauce.

Las ramas son carbones.

Hojas hábiles

corren

lúgubres por el Suelo.

El Sauce era tan viejo.

Ya ni nidos,

ni luceros,

ni aroma de vida bajo los aguaceros.

Su savia se había ido,

al Cielo

con los Ventarrones.

¿Su savia se había ido?

..en los vientos bufones…!

Sauce muerto.

Sauce

muerto. El blanco sauce

del Riachuelo tuerto

tiene la lóbrega acuarela del tronco muerto.

Ni estrellas. Ni Lunas.

Sólo Ranas algunas

en los Charcos que protegiste

con tu galante sombra triste;

Algunas

brunas.

Huiste

en humo. Como enorme incienso.

Intenso

Oro: Crepúsculo.

ORO minúsculo

del Lucero. ORO.

Cabras en coro.

Cabras en coro.

… muchas cabras.

A lo lejos palabras,

Voces que ignoro.

Sauce; saucines crecen.

Los vientos los estremecen.

Cuando anochecen

las arboledas,

se mojan en sombras.

Sombras

Sedas

que desaparecen en el camino

ebrio de vueltas, pálido como un asesino

El Río. El Sauce. El Lucero.

Frío

corre en su cauce

el Riachuelo tan vocinglero.

El Lucero,

El Sauce,  El Río.

Lo quemaron

con el Odio (Blanco nublado)

rojo del fuego.

Los sauces parece sollozaron

(Esplendían los carbones)

en genuflexiones.

Hábiles hojas corren.

¿Era un ruego?

Ignoro

de Crepúsculo todo el oro.

La Luna.

Parece hoja seca

Vieja,

oportuna esa campana. Sor, Hermana

Luna, Sor Hermana…

 

*

Stridor

 

A Mademoiselle Geneviève Gaillard.

 

 

Tú que de negro metal rechinante te vi madrugádala:

Máquina sola cantando tu humo en pos de las núbeste.

Ténder cargado de fuego que rápido ruedas y súbeste

Aspid que pica del monte los senos con lengua dorádala!

 

Lejos del pueblo nativo tu cinta de largos wagónesme

Flauta de tablas lanzada en pos de sus notas agúdaste

Siempre rodando llevóme ligera a las olas desnúdaste:

Fúlgidas cantan al puerto canción de sirenas y rojos

[tritónesme

 

Salve mi Monte cobalto nevado! Mi páramo trísteme!

Ola de tierra que al Cóndor abrigas hiératico y hóscolo

Como si fuera un Dios cansado que Egipto nos dísteme!

 

Alto Paracleto gris que ciérnese sobre las niéblalas

Huido del arca del tren que riachuela híspido y fóscolo

Luz sembrando en todas las jóvenes plácidas puéblalas!

 

 

 

(25028) 09.

 

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.

JPG WEB DATOS DE SALUSTIO006Salustio González Rincones, evasivo y profundo. Emigró joven de un país donde se ahogaba. Vivió hasta su muerte en Europa. Antes de dejar Venezuela,  escribió en un año,  el de 1907, dos  poemarios y composiciones sueltas  que permanecieron inéditas, hasta el día en que Sanoja Hernández y Monte Ávila presentaran una selección de las mismas.  Los textos extraídos forman parte de esa Antología Poética, textos representativos del talento de Salustio, para la edición obsequio del año 1977, de Monte Ávila Editores.

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Foto: Henri Cartier-Bresson

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Zoo: Anatomía del Insecto, de Caneo Arguinzones (1987-2014)

insectos-bellos01

***

Jaula vespertina

Desciendo por esta válvula giratoria

que traga y proyecta luz a distancia.

Contagio de pesadumbre este lánguido túnel que surca

                                                                        [mi aliento,

burbujea así la aurora enmarcada.

Postrada sobre el tubo agito espalda y plumas,

lucha versada, inverosímil y caótica,

conciencia que llama y llamea opulenta de fe.

Mañana despediré a  mi crío de ojos nublados

el beso biforme de ambos reflejos fungirá un ardor,

                                                [sublime, nocturno, divorciado.

Cálida biblioteca enmarca mi nido,

el mutismo

y la hora precisa de opacarme.

***

insectos-bellos04

Bozal

Perversa sensación herirlo

cada carne tibia desvela

mi llama-conciencia

                                     Huele fresca

Se revela como manjar

desangrado

Paseo mis colmillos tras el bozal de la duda

Mi libertinaje se ha desvanecido.

Intento a rajas controlarme,

llevarme a la inanición

abandonar la mueca.

***

insectos-bellos23

Memoria

Tozudo escultor, talla mi rostro, desfigúrame.

***

insectos-bellos02

Cochinilla

Padezco deformar mi concha esfera, menuda

                                              [e insecto rebelarme ante tus fauces.

Me aferro a esta circunferencia,

invertebrada de nostalgia.

Cochinilla, vulnerable aparición, centellean

                                                             [innumerables tus patas

sobre el mosaico de mi palma.

.

*

caneo

Los textos escogidos corresponden al libro “Zoo: anatomía del insecto”, Premio del Concurso para Autores Inéditos mención Poesía, edición 2011 de Monte Ávila Editores Latinoamericana.

Otros textos de la poetisa caraqueña fueron publicados en: Voces nuevas, Celarg (2005); La mujer rota, Literalia Editores (2008); Nueva poesía hispanoamericana, Lord Byron Editores (2009) Rosa Caribe (poesía Venezuela-Cuba), La Mancha Editorial (2011) Las chicas van al baile, Casa del Poeta Peruano (2012).

Arguinzones, nació el 17 de abril de 1987 en Caracas, cursó estudios de Letras en la Universidad Central de Venezuela (UCV).

El día viernes 17 de octubre, año en curso, se conoció su deceso.

Más:

http://queleer.com.ve/2013/07/16/caneo-arguinzones-el-problema-es-cuando-la-mente-esta-en-blanco-no-la-hoja/

 

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Fotos: John Hallmén

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«Fruit Punch» y otros poemas. Por Fernando González (Uruguay)

«Fruit Punch», de Fernando González (Uruguay) Fruit Punch

no me pregunten de dónde viene este jugo

porque no me lo puedo ni imaginar

sé que no se acaba

que podría ser resumido hasta quién sabe

que esencia de cáscara de eucaliptos en verano

por esta procesión de ampollas abolicionistas

pero ofrezco tres dedos con anillo

para cargar la imposibilidad de sus síntesis

no me pregunten de dónde viene el jugo

está claro que no es una reflexión de sol invertido

en las cañadas de estas pampas ni skyline

de ciudades con sabor de leyenda

sé que no se acaba

que podría ser difamado/negado/adorado/

pero jamás embalsado para generar energía-bestia

ni cicatrizado por un coro de libélulas tan inciertas

ni agitado por un alud de latas de pintura

que a mí me dejaron con este altercado mafioso

en los dientes sé que nada lo perturba y

daría mi colección de contornos bienintencionados

y sería tierra en tu maceta para verlo multiplicarse

para ver por la ventana donde todo se vuelve humo.

***

Bob Willoughby

Ya veré de tus ojos esquilarte…

ya veré de tus ojos esquilarte con sueños azules
y será tras despojos
donde se cocerá a puntadas de días
-que no te pertenecen-
este relato sobre la paranoia y
los huesos en el extranjero, sobre la venida
de monstruos que ni te imaginas
dentro de cajas de federal express.
nieve sobre nieve sucia
palacios de hielo
la princesa por 22 días,
con los dedos de los pies
más hermosos del mundial de dedos de pies femeninos,
a punto de saltar;
averiado se me queda el pensamiento,
lastimado por la grasa amarilla del sol.

***

Monty Clift

Despedida

una luz está donde está
y no se puede tirar para hundirla,
estará en lo alto de la boca,
se alojará en el bajo intestino
desviara la atención
para no herir al bullicio
de esta fascinación increíble
por el aire acondicionado;
esta luz es la energía del monje
en contradicción,
de un tango en erección,
de un brío en segundas nupcias,
es la división que atornilla el total
del ensamble del parque de diversiones
esta luz, es tanta luz, que no da luz
es el émbolo que inflama la paz
de los traidores hasta que vuelvan las nieves
a dibujar nuevos diseños de micro flores
del paraíso
entonces todo se pondrá tan en orden
y la luz se apagará consciente de su
anacronismo
como un anciano abandona la aldea
para ser comido de tigres.

***

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LO-FI

“no tengo que decir
soy el hombre muerto”

Parmenides Rodríguez.

decibel acilindrado por el canal auditivo
yendo y viniendo con constancia
de río
se sigue el gran ruido gris
fabulando
nuevas
enmiendas

destornillando a la plaga
los remolinos gruesos
hunden el triperío del hombre-res.

***

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Como un extraño felino…

Como un extraño felino
te deslizas suave, aceitado en la noche
hasta trepar tu mirada,
tocando las cuerdas de lingas de acero del puente
un felino no de comic book, no de historia de fantasía heroica
Uno que se sumerge en la pelusa subterránea de la noche
se desvive por acontecer y modificar el destino de la chatarra de memorias
de su expiación del vacío
Seguirás falopeándote para mantener intacto tu albedrío
para endulzar la ansiedad
seguirás inflamándote para inflar un globo donde tomen aire tus pulmones hartados de nicotina
cuando las bacterias se coman la carne de las paredes del ensueño
y ya no queden más holydays para escrutar la paz
y llenarnos la cabeza de tannat o cabernet sauvignon de damajuana
serás el mismo que se cure los cortes con mantecas generadas
en impresoras 3D
a fuerza de no haber hallado mejores vacas.

a-FG-anigstan

***

4

A una mujer joven de vestido azul que camina

con timidez por una vereda de piedra

mientras yo tomo mi desayuno en la cafetería

Brillaba , era una piedra y se sentía
liberando energía de calor
sintió ser el argumento de los cielos en la tierra
una especie única que acomodaba el día,
sintió que sus llagas eran bocas
por donde le estaba entrando y se le devolvía
la justicia, el equilibrio limpio de una mañana
justo antes de quebrarse y dejar caer bolsas
de suero oral sobre las orgullosas memorias de las abuelas,

pero los rayos son unidireccionales
y una criatura intensa romperá más tarde
el tubo que la contiene y el haz de energía
se partirá justo en el eslabón más débil de sus lágrimas
y será una piedra que empieza a pulirse otra vez
en el lustrado pequeño zapato de la azafata

y yo desde el coffeeshop la veo alejarse
como un ave suave justo antes de volar ese vestido azul
a los techos de los rascacielos de más allá,
en vano mis ojos solo cuencas se llenan
de intrusos taxis amarillos y el ridículo mal gusto
de una limousine blanca
perdiendo lo que pudo ser y ya no será de esta moda;
bajo la cabeza y veo mi cara al revés en reflejo
de la curva interior de la cuchara de café
y leo en los posos de la taza encuentros futuros.

***

13

Hacia distrito invernal

Y el frío bostezando abría su cerrojo,

íbamos por la autopista a Jersey.

Nos detuvimos a cargar gas

y compramos café con crema;

un niño miraba desde un Honda

a la mujer fumando afuera

debajo del jarabe caramelo

que se llovía de los postes de luz

y entonces pagamos y volvimos a rodar,

carteles verdes nombraban los pueblos

y se apagaban quedándose atrás

cualquiera podía ser el destino y la psicosis

de la bruma los hacía ser ninguno.

Entonces era que me preguntaba :

Llegarás antes con las medicinas

o será el mismo arrebato de siempre

los postes de luz doblados de la autopista

contra la madera oscura de la frente.

 

***

 

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Welcome Original

 

recuerdo que había
un ciempiés de facultades sospechosas
que me caminaba la cabeza
y creía eran pelos nuevos
creciéndome entre las orejas
hacia adentro y se encontrarían
en una especie de acueducto romano

después vi preescolares haciendo fila
y se me pegó en la piel una especie de cocoa
intrínseca vencida

tomaba solo en la esquina de la barra
y me inventaba payasos donde quería
y me reía de las mentiras de Bukowski
sobre los bares y toda esa pelusa barata
tomando solo en un bar de EE UU
el engaño ya no funcionaba.

llegué tarde
me duché/ había chances de que
el misticismo de la ducha caliente
me lavara lo que 7 cervezas de 20 oz y 3 shots
no pudieron

empezaba a creer/cuando en los
azulejos se me armó el demiurgo
entonces fui hasta el dormitorio
para ver si aún seguías ahí durmiendo
estabas tan suave y acolchonada
que no sabía como hacer para despertarte
tenía que decírtelo
y buscaba mi vieja cara de hiena depresiva
que había sido salteada en su porción
de flan casero

el sol empezaba a infectarlo todo
con su obligacionismo tributario/
el sol tiene claro para quien jode

encendí el amplificador de válvulas
y los tubos empezaron a brillar
al menos en su conducta de soles
(no obligacionistas)
kt88 (x4) y 12au7 (x2) y 12ax7 (x2)
puse en el cd player el disco de Shostakovich
The Preludes & Fuges
con Alexander Melnikov al piano (HMC 902019.20)

lentamente como una oruga silenciosa
se me pegaba el olor a limpio de mi abuela Rosa
y me dormía en el sofá con el aliento de los nísperos
hasta que la actividad del camión de la basura
me despertó cargándose
las limaduras de nuestros desechos
a veces muy a veces el temprano sol
nos sacaba la mugre

un ciervo se deja vulnerar
en los montes de Branford
donde el invierno se quedó pegado
como un chicle
en la parte de abajo de la tabla del banco
del liceo.
Bienvenido seas original.

 

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(1) Google Images

(2-8) Bob Willoughby

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«Atas mi pelo…»

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Atas mi pelo al iris de tu ojo
veo escurrir tu soledad en mi vasija
abrazas mis alas de lluvia enajenada
y te recorro…

Son tus manos y las mías
bajo el agua.

 

 

 

 

 

 

© Natalia Lara – Venezuela

L

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Foto:  Berta Vicente Salas

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« No puedo hablar de vos aunque quisiera…»


NO PUEDO HABLAR DE VOS AUNQUE QUISIERA…

No puedo hablar de vos
aunque quisiera
imantar el vientre irisado
al ilapso impudente
que desata
la ebriedad copular
de tibios labios.

No puedo hablar de vos
aunque lamiera
tejido febril en el pináculo
y en una humareda
de espermas
convulsione la negrura
de mis párpados.

No puedo hablar de vos
aunque irrumpiera
el ciclón nacional
que se apertrecha

y asalta

                   y enclava

mis zapatos.

No puedo hablar de vos
aunque ofrecieras
rasgar prominente brillantez
de mis caderas

y ensalivar

                     y embadurnar

el himen lánguido.

(Hoy mi fuego enquistado
e inalcanzable
se debate en despótico vaguido
camuflada la embestida del caudillo
en el llanto irascible de sus pasos)

No puedo hablar de amor
aunque quisiera.

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Photo by Frederic Fontenoy