D e c l i v e

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«Yo soy las alas con que huyes de mí»
Manuel Scorza

 

 

Un pájaro extraviado carcome mis pechos
e n r o j e c i d o s
sanguinolento líquido humedece la piel.
¿Por qué en el umbral de la queja
si “El Pájaro” de Miró
reposa en el Museo de la Reina
no en mi cuerpo?

Te eternizas en el borde
irregular de mis pezones
desde la punta observas
el tortuoso conducto entretejido.
¿Cuántas células ves multiplicadas?

Penetra de una vez, enteramente
invasiva hiel que me hace daño
en agujeros funestos convertiste mi frente.

Persisto inmóvil
entre el cincel de los fármacos
que no resucitan muertos.

(El aire es una turba
de matizados grises
que ahúman mis contornos…)

¡Préstame tus alas!

¡Préstame tus alas
quiero perderme!

 

 

© Natalia Lara

(Venezuela)

 

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Foto: David Jay

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La tarde en el poema de Aladar Temeshy

 

 

 

Estar presente es

 

Conocer los árboles de ayer
que estarán cuando tú ya no estarás
estar presente es
beber de las fuentes de la plaza
que estarán cuando tú ya no estarás
estar presente es
navegar los ríos
que correrán cuando tú ya no estarás
estar presente es
vivir en la sombra del tiempo
que siempre estará.

 

cotton-the-sleeper-web

*

 

Mediodía

 

 

El sol derrite los rostros errantes

escondidos entre las moradas lavandas

los laberintos se abrieron

el mundo es caliente , vertical

el mediodía se comparte

entre el hombre y su inercia

el suelo devoró ya su sombra.

De100502

*

La lluvia

 

esperaba la promesa lejana

La lluvia mordiendo el verano

esperaba las letras domingueras
La lluvia mordiendo el tiempo

busqué la imagen nocturna

La lluvia mordiendo el mundo

vi el árbol viejo al fin del camino
La lluvia mordiendo la vida

no hay promesa, imagen, árbol
La lluvia borró el recuerdo.

 

CL178-51

 

***

 

aladár temeshyAladar Temeshy (Hungría, 1925). Arquitecto de perfil renacentista con estudios en Budapest, Viena, Perugia, Los Ángeles y Caracas. Perteneció al grupo literario de Alfredo Silva Estrada. Participó en los talleres del Celarg coordinados por el mismo poeta y por Belkys Arredondo. Ha publicado artículos en El Universal (entre 1992-93) y La Razón (1995-05); los poemarios: Líneas cortas (1993: Tres Impres); Probando el tiempo (2001: La Diosa Blanca); El Califato (2005: El Pez Soluble); Hierba alta (2006: El Pez Soluble); El libro de las decepciones (2008: La Diosa Blanca) y Viajes en la noche (2009: La Diosa Blanca), los relatos: Estrellas fugaces en las esquinas del mundo (2006: El Pez Soluble).

 

 

 

 

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Foto: Olive Cotton 

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Gracias, Letralia.

 

I

Asomándome a las voces de los ausentes
mundo de aparente quietud
yerbas en la distancia
vida extendida bajo el lecho
eterno de lluvias gotea.

 

II

Bendita tregua la que taladra.
Un río habla del mar
fecundo e hinchado
y allí las formas
de luna sembradas
desnudez de cobre.

 

III

Contigo salí
en contraste con la noche vencida
beatus ille
el dibujo sencillo y lejano.
Cuestionamientos
y respuestas mínimas
como farol consciente
embriaguez sin finitud.

 

IV

Torpes en la niebla
reservamos nuestras manos
y la despedida no llegó con su mármol
descenso torvo.

 

V

Te alcancé
al otro lado de la mesa
con fina y rugosa mano
que recién recogía
el olor extenso de las estepas
y pronuncio tu nombre
como lectura poblada
intentando entender
que no has muerto.

El viejo
sobre mi pecho
más ancho que el río.

 


 

Poema XXII

“Sin memoria, no somos”.
Luis Rojas-Marcos

La tiesura de los pasos de piedra,
el río de muertes atizadas

En el verdor de unos huesos
Golpeados…….irrescatables
indefensos ante el musgo
la lluvia rompe la aridez
quiebra el calor del mediodía
se hace ronca la tarde.
Un hombre limitado
sonríe con tristeza
traga el ramalazo del sacrificio
asume la afrenta por un corto momento
misterioso……….abandonado
raído.
Huye de la imagen babélica y
……………………………….[empurpurada
como si existiese un cuajo de luz;
Para subsistir,
viaja laberíntico e insoluble
apenas la espuma olfateada
—entallada estación.
¿Acaso la blandura del párpado
lentamente vencido?
¿La línea acorazada y desnuda
en el silbo del tiempo senil y roto?
¡El reflejo empobrecido de alborozos,
la abundante esperanza afligida!
¡Mayo revelador
de amarilleada sombra!
No hay ventura que refleje la nueva vida.
¿Quién domina en la distancia?
¿Voraces tentáculos atabacados?
El ritmo impreciso desprende la saña
una nota borrosa
m a s t i c a d a
donde los rastros se diseminan.

Hubiese querido abrir la boca de los caños,
destilar mar bajo tu lámpara
ser la orilla que alcanzabas
con pisadas seguras en la tierra
y no soy más que el espigado temblor
que pule neblinas sobre tu frente.
Lejos de la columna vencida que te sostiene,
del desolado invierno y desmemoria,
tus hombros con acacias extendidas
que escuchan el silencio de tu carne.
¡Ya tus várices salpicadas de hogueras!
Desde el vigoroso estanque de la noche
la voz que no resuena entre los ciervos
el grito dormido del relámpago
rojo el umbral del olvido.
Iris que te arroja a la eternidad
tibio metal el del navío
próximo a tus cabellos oceánicos.
Recuerda………………….recuerda
recuerda
Hay una plenitud de cielo hacia el fin
una blancura densa y remota
que sostiene campanas y corales
para tender la edad del inicio
y derramar nueva savia en la sencilla hora,
[padre.

 


 

Un pedazo del mundo…

para Nora

Un pedazo del mundo
que recuerdo
era un terreno alto
en el cesto de las horas.
Lo miro
fragante es la arboleda
plácida morada.
Es intrépido el espíritu
en el que se incrustan los hombres
para anticipar sus deseos.
Este es el misterio:
transcurren los años
con sus negros azadones
de puntas opuestas
y no se corta el cuello
de la vieja madriguera.
Impreciso o no
el destino es una boca abierta.
Vagamos en él
como la noche en sus calambres,
agujero subterráneo…
De pronto un hierro rojo
golpea las cabezas.
Y esa sensación
de anidar hilos como amarillas serpientes
en la piel de un cráneo roto.
El patio se inunda
s a n g r a n t e
con sus múltiples flechas.
Descubrimos nuestras manos
parados frente a un espejo.
En ese lugar, espejeante,
redescubrimos nuestros ojos;
se abren florecidos
sin lamento que descosa
ni serpientes amarillas…
Sí una boca abierta
en el cesto de las horas.
Y aquellos ojos
……………………………………………que no se mudan.

Natalia Lara

Escritora venezolana (1978). Reside en Puerto Ordaz, Bolívar. Formó parte del grupo literario El Círculo Impreciso (2011). Cursó talleres auspiciados por la Sala de Arte Sidor, a cargo del poeta guayanés Francisco Arévalo. Ha publicado sus escritos en diarios de circulación regional del estado Bolívar y en otros, tales como El Venezolano y El Periodiquito (Maracay, Aragua). Ha participado en diversas lecturas poéticas. Gracias a Néstor Rojas y Francisco Arévalo, al apoyo de Fundaletra y la Sala de Arte Sidor, realizó el Diplomado de Poesía Venezolana Siglo XX (2017).

Sus textos publicados antes de 2015
285290296

 

 

 

https://letralia.com/letras/poesialetralia/2019/08/07/tres-poemas-de-natalia-lara/

Sobre la depresión.

RobertGregoryGriffeth_thumb[2]
Cajón de Sastre
«La muerte es el enemigo. La muerte es contra lo que cabalgo
con la espada envainada y el pelo flotando al viento.»
Virginia Woolf
Desciendo y suspende
el quicio de la puerta,
libélulas extrañas sobrevienen
asaltan y carcomen las mieses.
Hipócrates observa
el impregnar de bilis negra,
inyecta las córneas transidas
confines de mis ojos.
Abomino las horas oscilantes
en el badén que sostiene
tristezas                 alegrías.
¿Trastorno?
¿Manía?
¿Psicosis?
Hundida resisto estabilizadores
hasta que un episodio dirija mi muerte.
En las manos de Luzbel.
© 2012 Natalia Lara

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Foto: Robert Gregory Griffeth

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Poema XXII

 

ALEXTENNAPEL

Poema XXII

“Sin memoria, no somos”.

Luis Rojas-Marcos

 

 

La tiesura de los pasos de piedra,

el río de muertes atizadas

En el verdor de unos huesos

golpeados                  irrescatables

indefensos ante el musgo

la lluvia rompe la aridez

quiebra el calor del mediodía

se hace ronca la tarde.

Un hombre limitado

sonríe con tristeza

traga el ramalazo del sacrificio

asume la afrenta por un corto momento

misterioso                        abandonado

raído.

Huye de la imagen babélica y

[empurpurada

como si existiese un cuajo de luz;

Para subsistir,

viaja laberíntico e insoluble

apenas la espuma olfateada

– entallada estación.

¿Acaso la blandura del párpado

lentamente vencido?

¿La línea acorazada y desnuda

en el silbo del tiempo senil y roto?

¡El reflejo empobrecido de alborozos,

la abundante esperanza afligida!

¡Mayo revelador

de amarilleada sombra!

No hay ventura que refleje la nueva vida.

¿Quién domina en la distancia?

¿Voraces tentáculos atabacados?

El ritmo impreciso desprende la saña

una nota borrosa

m a s t i c a d a

donde los rastros se diseminan.

Hubiese querido abrir la boca de los caños,

destilar mar bajo tu lámpara

ser la orilla que alcanzabas

con pisadas seguras en la tierra

y, no soy más que el espigado temblor

que pule neblinas sobre tu frente.

Lejos de la columna vencida que te sostiene,

del desolado invierno y desmemoria,

tus hombros con acacias extendidas

que escuchan el silencio de tu carne.

¡Ya tus várices salpicadas de hogueras!

Desde el vigoroso estanque de la noche

la voz que no resuena entre los ciervos

el grito dormido del relámpago

rojo el umbral del olvido.

Iris que te arroja a la eternidad

tibio metal el del navío

próximo a tus cabellos oceánicos.

Recuerda                 recuerda

recuerda

Hay una plenitud de cielo hacia el fin

una blancura densa y remota

que sostiene campanas y corales

para tender la edad del inicio

y derramar nueva savia en la sencilla hora,

[ padre.

 

 

© Natalia Lara

(Venezuela)

 

 

 

 

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Foto:  Alex Ten Napel

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«Jóvenes distintas», de Virginia Woolf

 

 

 

 

“Arranqué mayo y junio enteros”, dijo Susan, “y veinte días de julio. Los arranqué y los retorcí, así que ya no existen, salvo como un peso en mi costado. Fueron días estropeados, como esos insectos que van a la luz pero con las alas encogidas sin poder volar. Quedan solamente ocho días. Dentro de ocho días bajaré del tren a la plataforma a las seis y veinticinco. Entonces mi libertad se desplegará y todas estas restricciones que arrugan y encogen —horas y orden y disciplina, y estar aquí y allá en el momento preciso— se harán pedazos. Surgirá de golpe el día en el momento en que abro la puerta del vagón y veo a mi padre con el sombrero y los botines de siempre. Temblaré. Romperé a llorar. Y a la mañana siguiente me levantaré al amanecer. Saldré por la puerta de la cocina. Caminaré por el campo. Los grandes caballos de los jinetes fantasmas atronarán detrás de mí y se detendrán repentinamente. Veré la golondrina rozar el pasto. Me echaré en una ribera del río y miraré los peces entrar y salir del juncal. Las palmas de mis manos tendrán impresas hojas de pino. Allí habré de desplegar y sacar eso que haya hecho aquí; algo duro. Ya que algo creció en mí aquí, a lo largo de los inviernos y los veranos, en escaleras, en dormitorios. Yo no quiero, como quiere Jinny, ser admirada. Quiero dar, ser dada, y soledad en la que desplegar mis posesiones”.

“Entonces volveré a lo largo de los senderos que oscilan bajo los arcos de las hojas de nogal. Me cruzaré con una vieja que empuja un cochecito de niño lleno de leña, y con el pastor. Pero no nos hablaremos. Volveré por el jardín de la cocina y veré las hojas encogidas de los repollos recorridas de rocío, y la casa en el jardín, ciega de ventanas con las cortinas corridas. Subiré a mi cuarto y revisaré las cosas mías, que están guardadas cuidadosamente en el ropero: mis conchas, mis huevos, mis pastos raros. Le daré de comer a mis palomas y mi ardilla. Iré a la perrera y peinaré mi spaniel. Así que de a poco volcaré eso duro que me creció aquí en el costado. Pero aquí suenan timbres, se arrastran pies todo el tiempo”.

“Odio la oscuridad y dormir y la noche”, dijo Jinny, “y tendida ansío que llegue el día. Ansío que la semana sea toda un día sin divisiones. Cuando me despierto temprano —los pájaros me despiertan— me quedo tendida y miro cómo se aclaran las manijas de bronce del aparador; después la palangana; después la percha de la toalla. A medida que se aclara cada cosa de la habitación mi corazón late más rápido. Siento que mi cuerpo se endurece, y se vuelve rosado, amarillo, marrón. Mis manos recorren mis piernas y mi cuerpo. Siento sus declives, su delgadez. Me encanta oír tronar el gong por la casa y cómo empieza el movimiento —un golpe por acá un golpeteo por allá—. Puertas que golpean; agua que corre. He aquí otro día, he aquí otro día, grito al poner los pies en el suelo. Puede que sea un día estropeado, un día imperfecto. Con frecuencia me reprenden. Con frecuencia estoy en la mala por pereza, por reírme; pero hasta cuando la señorita Matthews rezonga por mis descuidos disparatados de repente veo algo que se mueve —tal vez una mota de sol sobre un cuadro, o el burro que arrastra la cortadora por el pasto; o una vela que pasa entre las hojas del laurel, así que nunca me deprimo. No se puede evitar que haga piruetas detrás de la señorita Matthews que reza”.

“Y ahora llega también el tiempo de dejar la escuela y usar faldas largas. Usaré collares y un vestido blanco sin mangas por la noche. Habrá fiestas en habitaciones brillantes; y un hombre me elegirá y me dirá lo que no le dijo a nadie. Le gustaré más que Susan o Rhoda. Encontrará en mí alguna cualidad, algo peculiar. Pero no permitiré ligarme a una persona solamente. No quiero estar fijada, estar trabada. Tiemblo, palpito, como la hoja del cerco, sentada al borde de la cama, con los pies colgando, con un día nuevo para empezar. Tengo cincuenta años, tengo sesenta años para gastar. Todavía no empecé mi provisión. Este es el principio”.

“Faltan horas y horas”, dijo Rhoda, “para que pueda apagar la luz y yacer suspendida en mi cama sobre el mundo, para que pueda dejar caer el día, para que pueda dejar crecer mi árbol, palpitante de pabellones verdes por encima de mi cabeza. Aquí no puedo dejarlo crecer. Alguien golpea a través de él. Hacen preguntas, interrumpen, lo derriban”.

“Ahora iré al baño y me secaré los zapatos y me lavaré; pero cuando me lave, cuando incline la cabeza sobre la palangana, dejaré que me flote sobre los hombros el velo de la emperatriz de Rusia. Que ardan sobre mi frente los diamantes de la corona imperial. Oigo el rugido del populacho hostil al salir al balcón. Ahora me seco las manos, con energía, para que esa señorita, cuyo nombre no recuerdo, no pueda sospechar que amenazo con el puño a un populacho irritado. «Soy vuestra emperatriz, pueblo.» Mi actitud es de desafío, no temo. Yo triunfo. ”

“Pero este es un sueño fugaz. Este es un árbol de papel. La señorita Lambert lo deshace con el aliento. El solo verla desaparecer por el corredor lo parte en átomos. No es sólido; no me satisface —este sueño de emperatriz—. Ahora que se abatió me deja aquí en el pasillo más bien temblando. Las cosas parecen menos claras. Iré a la biblioteca y tomaré algún libro, y leeré y miraré; y leeré otra vez y miraré. Aquí hay un poema sobre un cerco. Caminaré a lo largo y recogeré flores, de enredadera verde y el espino color de luna, rosas silvestres y hiedra trepadora. Las rodearé con las manos y las pondré sobre la superficie brillante del escritorio. Me sentaré a la orilla palpitante del río y miraré los nenúfares, grandes y brillantes, que encendían el roble que se inclinaba sobre el borde con rayos de luna de su propia luz de agua. Recogeré flores; entrelazaré flores en una guirnalda y las tomaré y las ofreceré —¡Ah! ¿a quién? Hay algún impedimento en el flujo de mi ser; una corriente profunda que da contra algún obstáculo; se sacude; tira; algún nudo del medio resiste. ¡Ay, esto es dolor, esto es angustia! Me desanimo, desmayo. Ahora mi cuerpo se deshiela; me abro, estoy candente. Ahora la corriente se vuelca en una marea profunda que fertiliza, abre lo cerrado, fuerza lo ceñido, que inunda. ¿A quién le daré todo lo que corre ahora por mí, de mi cuerpo caliente, poroso? Recogeré mis flores y las ofreceré —¡Ay! ¿a quién? ”

“Los marineros andan por el paseo, y parejas tiernas; los ómnibus traquetean por la costanera hacia la ciudad. Daré; enriqueceré; le devolveré al mundo esta belleza. Enlazaré mis flores en una guirnalda y adelantándome con la mano tendida las ofreceré —¡Ah! ¿a quién?”

 

 

 

virginia-woolf-biografia--644x462Virginia Woolf . Nace el 25 de enero de 1882, en Londres.  Fue la tercera de cuatro hermanos. Su padre era sir Leslie Stephen, un destacado crítico literario e historiador. Su madre, Julia Duckworth, era miembro de una familia de editores importantes.

Woolf empezó a escribir artículos y críticas regularmente en el periódico The Guardian y para el suplemento literario de The Times. También fue invitada a dar clases en el Morley College, una escuela para mujeres y hombres de la clase trabajadora, donde esporádicamente enseñó literatura e historia inglesa.

En 1912 se casó con el economista e historiador Leonard Woolf, a quien conoció en las charlas intelectuales en Bloomsbury, y del que tomó su apellido. Cinco años más tarde ambos fundaron la editorial Hogarth Press.  Sus obras más famosas incluyen las novelas La señora Dalloway (1925), Al faro (1927), Orlando: una biografía (1928), Las olas (1931), y su breve ensayo Una habitación propia (1929).

El 28 de marzo de 1941, Woolf se suicidó.

 

 

 


Mario Giacchino, Las mujeres observadas, Editorial Tiempo Nuevo, S. A. Caracas, Venezuela.

 

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Foto: Leonard Woolf

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Gracias de nuevo, Letralia.

***

 

Mutilación

“¡Caramba! ¿Aquí no se aplaude?”.
Charles Baudelaire

Como en la estampa de un cuento
umbrío                         agónico
hincado en el llanto que se ve
pero no se escucha
quietamente la sombra y el vacío
triste                  desarmado
inocuo
escarbando sin ojos
las cenizas de costumbre
(tiradas bajo la mesa
con su peso imponderable y sonoro)
Estoy confundido
azaleas silvestres gritan sobre el lodazal;
y en un letargo de soplos
este tentalear repentino
en todas las direcciones de la conciencia
para lidiar con la idea
que plasmo aún oculto
Distinto a la neblina
que aspira la mutilación.

 

***

Rotos

El miedo atravesó el contorno
sin manos he vuelto a rozar la niebla


Era el eco de una flor espesa
derramada en los muros carcomidos.
¿Quién detuvo los tibios pies
s   a   n   g   r   a    n   t    e   s
vencidos en lejanía?
El rebaño medroso
había crecido con avidez
en la inútil grieta.
Juncos móviles,
delgados jardines
de mansedumbre.
La mano ferviente
a   b   a   n   d   o   n   a   d   a
en el misterio
de una hoja en ruinas
donde nadie señala.
Heme aquí sin facultad
sacudida desde las rodillas
con edad para la escucha
sin el don de la palabra
debajo de las bombardas
sudando rotos.

Desamparo

La orfandad
es una criatura encubierta
el cendal del verso su cántico
se mecen cielo e infierno
la canción de cuna es eterna.

***

 

Primero el sol de azufre…

 

Primero el sol de azufre
que rumorea el hastío


Detrás del temporal
pasa silenciado el día
y me declaro insalubre
descolorido                 tosco
aquí donde propago el débil aliento
envuelto en una roja llama
Permanezco socavado
apenas la pequeña bruma
que nace en la ventana
con desvaríos monótonos
Mas, la rotura de la tierra
anunciará los nuevos tallos
en el fondo intransitable
¡raíz y desterrada fuga!

Los hombres duermen apacibles
sombreados de azucenas
—que no regarán jamás—
y sé que me alejo
del quebrantado tumulto
con el aire dentro
flotante                    desollado.

***

Circunspección

atropéllame mudez fiel extravío
elimina apetito de palabras
sumérgeme en tu tela inclinada
sé órgano mortuorio y bocanada

transfiéreme silencios, menoscaba
la palabra volcada a la deriva.

***

 

Lo fatídico

Último hotel, último sueño,
pasajera obstinada de la ausencia.
Julio Cortázar

La alborada foránea
y su mirada pueril
entre la muchedumbre vana
d e s v a r í a.

Balbucea la piel
pupilas aciagas
p o s t e r g a d a s.

Entre mis piernas oxidadas
la palabra es un gusano
irrumpe fémur y rodillas.

Se matricula la muerte,
en el tumulto intacto
r e l i n c h a.

Lestrigones en despliegue
sombras envilecidas
acallando el pensamiento.

Atesoran calizas
de sacrílegas tumbas
anticipando los tiempos.

Prorratean consternaciones
sin sollozos, ni amparo
suben al mástil.

La indómita muerte,
cegada de tumbos
me traga.

Dormito en sus nervaduras.

***

 

La vena

Tú no hablas con Dios
la crucifixión hostiga
cuando la palabra es brote,
nota de pájaro esparcida
en las sauces del árbol más elevado.
Tú no hablas con Dios
y el fuego enciendes por las noches,
en el día los caminos a raudales se desbordan
es tu boca cotidiana el rocío, inicio y fin
de este cielo sin dioses rescatado
en tu vena de poeta.

***

 

Equidistante

“Voces sombrías,
luminosas voces,
y mi voz hecha ovillo
de silencio”.
Luisa del Valle Silva

Una sombra propaga sus tentáculos
adelgaza la envoltura de la noche
me cobija en sus dedos con firmeza
clandestina riega las piedras negras
desmenuza los ardores de las horas
me maquilla sin brazos con carbones
y con tules de aire migratorio
bordea el eco de mi voz muerta:
Oblicua ciega al aedo
Ramifica su boca los perfumes finales.

 

 

 

https://letralia.com/letras/poesialetralia/2019/05/27/poemas-de-natalia-lara-2/

 

 

 

 

R o t o s

 

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El miedo atravesó el contorno

sin manos he vuelto a rozar la niebla

Era el eco de una flor espesa

derramada en los muros carcomidos.

¿Quién detuvo los tibios pies

 s a n g r a n t e s

vencidos en lejanía?

El rebaño medroso

había crecido con avidez

en la inútil grieta.

Juncos móviles,

delgados jardines

de mansedumbre.

La mano ferviente

a b a n d o n a d a

en el misterio

de una hoja en ruinas

donde nadie señala.

Heme aquí sin facultad

sacudida desde las rodillas

con edad para la escucha

sin el don de la palabra

debajo de las bombardas

sudando rotos.

 

 

 

 

©Natalia Lara – Venezuela

 

 

 

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Arte: Monica Rohan

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¡Gracias, Nagari!

A media sombra

I

Lejano me sumerjo en el pantano
porque la noche con su barba cubrió la casa
y me pierdo en la húmeda penumbra
próxima a los helechos.

 

II

El comienzo de una imagen palpable
donde rozo las manos y las piernas de los otros
áspero lino el de los calvarios
sin una lámpara que sostenga luz metal.

 

III

Oigo los pasos de piedra
gente deshojada que vació sus cabezas
y sacan los gorgojos ofrendados en el trigo
y persiguen los gusanos en la harina del maíz estancado…
la leche salada y podrida dispersa con su furor de años.

 

IV

Mórbidas veredas de bambúes y silencio
adonde viene una flor espesa
viola tricolor que se perpetúa
sin abrir una sola de sus llamas:
escaso es el oxígeno.

 

V

Se apaga el brillo de los meses
la multitud parte hacia una ventana con frutas
para cubrir de olores el rostro
reservarlos en las callejuelas del estómago
y encender los días sin que avance más el hambre.

 

VI

Yo, que habito una puerta sin hora clara
debajo de la húmeda penumbra
al lado de una casa cubierta de barbas
donde me persiguen con pasos de piedra
entre el amarillo de una espada que cae
retorno alucinado y salvaje
cual viola tricolor: a media sombra.

 

 

Poema XI

Por los arenales de tierra rojiza
lejos de la lumbre del río
el paraje con flores enterradas,
tiros de gracia en lo cóncavo del hombre.

He aquí el carbón que sobrepasa la noche
mendigos desaparecieron lentamente
pasos que engendraron peligrosos yuyos
extrañamente amarrados, uno al otro.

La ruta dentellada y angosta
apagado el pulso frente a una puerta inútil.
¿Qué pasará en las espaldas donde el mar desfallece,
encallada bruma silenciosa?

No hay luz que arrime un racimo de frutas
ni tulipanes que se abran en el cráneo:
en vano arrastrarás la apagada antorcha.

Escúchame.
En las huestes las panteras llevan despojadas sus pesadas manos
apenas un sorbo de dilatada nieve en lo desértico
y comenzará la huida.

Con el negro inenarrable del tiempo fugaz y melancólico
podrás anclarte en la blanda arena rojiza
(no habrá lugar donde el félido pueda esconder su hocico).

Más allá del relámpago y los despojos,
del día donde desahuciado sollozas,
de la espera que lleva a enterrar los ardores de las horas,

respira.

respira

respira.

 

 

Azotas tu garganta…

Azotas tu garganta
para no parir palabra
en el forjado humo…

Mayor te has hecho
bajo el polvo del futuro:
e…s….q…u…e…l…e…t…o………

.s…e…..m…..b…..r….a…..d….o

Atrás
los gases lacrimógenos
las rojas espadas
el tanque y el fuego

Si dormir en el lecho
de un desierto sin nombre
¿qué voz se escucharía?

Conduces hasta ti
retardando a la niebla
¡cuán larga es la hora del horno!

La retama florece
en un campo baldío…

Seguirás
total ausencia
d…e…v…o…r…a…d…a

Buscas a tu fantasma

…………………….en ti anida.

© All rights reserved Natalia Lara

 

 

Natalia Lara Escritora venezolana (1978). Reside en Puerto Ordaz, Bolívar. Formó parte del grupo literario El Círculo Impreciso (2011). Cursó talleres auspiciados por la Sala de Arte Sidor, a cargo del poeta guayanés Francisco Arévalo. Ha publicado sus escritos en diarios de circulación regional del estado Bolívar y en otros, tales como El Venezolano y El Periodiquito (Maracay, Aragua). Ha participado en diversas lecturas poéticas. Gracias a Néstor Rojas y Francisco Arévalo, al apoyo de Fundaletra y la Sala de Arte Sidor, realizó el Diplomado de Poesía Venezolana Siglo XX (2017). Forma parte de los autores del libro Exilios y otros desarraigos (2018).

 

 

Un poema

 

Indonesia

 

M u t i l a c i ó n

 

 

Como en la estampa de un cuento

umbrío agónico

hincado en el llanto que se ve

pero no se escucha

quietamente la sombra y el vacío

triste                desarmado

inocuo

escarbando sin ojos

las cenizas de costumbre

(tiradas bajo la mesa

con su peso imponderable y sonoro)

Estoy confundido

azaleas silvestres gritan sobre el lodazal;

y en un letargo de soplos

este tentalear repentino

en todas las direcciones de la conciencia

para lidiar con la idea

que plasmo aun oculto

Distinto a la neblina

que aspira la mutilación.

 

 

 

 

 

©Natalia Lara – Venezuela

 

 

_________________________

Foto: James Nachtwey

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Gracias, Revista Letralia Tierra de Letras.

Sólo oírme

A. Pizarnik. In memoriam
Ved, esta claridad secreta
en la que se contempla todo lo que desea.

Jean de Ruysbroeck

Delira la sangre y el aliento de carbón
[enronquecido
gotea la obscurecida luz del día,
su marca púrpura anida en los párpados.

Sofocan los arenales negros
ofrendados por las sombras
de un sol ambiguo
[que hiela mis manos.

Te lo he repetido tantas veces
[Alejandra
quimérico ocultar el miedo en el lenguaje1
cuando las espuelas vociferan

A C E C H A N D O

al muro que me redime.

Óxido rebosante en los costados,
ruedan mis dientes laberínticos
en la grieta prolongada del espejo.

Ansío el jardín blanco,
la noche en llamas puliendo mis sienes,
cerrar la fisura del ojo abierto en mi cabeza,
volver a develarle el rostro
al silencio.


 

Es más grata la sombra y el lucero es más puro.
Una luz imprecisa los espacios colora.
Víctor Hugo

Estoy en mi morada contenida
inhalo la flema ennegrecida arrodillada
una estela serpenteante se corona,
bebo el agua de tu Euphorbia milii.

Y un lago salobre acrecienta mis párpados.
Y un lago salobre se hace fuego inquietante.

Se diluye mi nombre en la savia
[de tu cintura
d e s o l a d a
Hijo del mar y la noche.

Y una espada dulce franquea las palabras.
Y un jadeo silencioso enciende nuestras sombras.

Prosternado ante el grito de mis dedos mudos
los devoras con el rumor de tus labios

como un perro.

Hacedor de mis trozos delirantes.
Hijo del mar y la noche.


 

Conoce a los que en él confían,
y los salva de las aguas embravecidas.
Mas extermina a los que se alzan contra él.

Na

La perplejidad del vértigo,
permanente,
como la geografía ajena
El silencio inclina
los remansos ojos,
negros,
como un alpes muerto
después de la llama
Abstienes el resplandor
de la palabra
su fuerza te perturba
conoces el error.

 


 

Antes que la medianoche cayera
habría querido borrarte
corresponder a los pálidos balbuceos
aniquilar el trozo de realidad
mudarla desde adentro.
No se puede esconder el charco
donde mis manos sumisas se quebraron.
Pequeñas y cosidas manos
desfiguradas y huidizas
sin color para palpar la soledad
sin fuerza para encender el farol.
Repetida fuga
entre las cuerdas de un camino denso
con las moradas sombras encorvadas
ausente de regresos borrosamente sonoros…
No se puede esconder el charco
donde mis manos sumisas irrecuperables se hunden

en alta noche sin luz.


 

Tránsitos

Un arremolinar de mariposas amasadas por su aliento
relámpago arrugado en los cristales
espíritu quebrado en el surco cenizo
agolpado en los maizales de fuego.

Siembra de amarguras resbalando las botas
dolor humoso en los ojos de polvo
clandestino avanza la tierra amarillenta,
disuelve la elipsis sus pasos en sitios excluidos.

Él no pregunta adónde lo llevan.
Se derrite el sueño en aguas quemadas
tal vez por vetustas mieles escurridas
—tiempos inmemoriales de luces mansas—

r…e….m….e….m….b….r…..a….n…..z…..a

Inequívoco sol cegando hoy la roca.

El pobre hombre traslación
y el sabor agrio del humus en sus manos
osando revivir el aroma perdido.
En una vía desfallecida la ausencia a cuestas
su nombre dormido en el pico del albatros.
Una espuma de mar agónica devorará su pecho.

Letralia en Telegram

Natalia LaraNatalia Lara. Escritora venezolana (1978). Reside en Puerto Ordaz, Bolívar. Formó parte del grupo literario El Círculo Impreciso (2011). Cursó talleres auspiciados por la Sala de Arte Sidor, a cargo del poeta guayanés Francisco Arévalo. Ha publicado sus escritos en diarios de circulación regional del estado Bolívar y en otros, tales como El Venezolano y El Periodiquito (Maracay, Aragua). Ha participado en diversas lecturas poéticas. Gracias a Néstor Rojas y Francisco Arévalo, al apoyo de Fundaletra y la Sala de Arte Sidor, realizó el Diplomado de Poesía Venezolana Siglo XX (2017).

Sus textos publicados antes de 2015
285 • 290 • 296

¡Gracias, Monolito- México!

 

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A media sombra

I

Lejano me sumerjo en el pantano
porque la noche con su barba cubrió la casa
y me pierdo en la húmeda penumbra
próxima a los helechos.

II

El comienzo de una imagen palpable
donde rozo las manos y las piernas de los otros
áspero lino el de los calvarios
sin una lámpara que sostenga luz metal.

III

Oigo los pasos de piedra
gente deshojada que vació sus cabezas
y sacan los gorgojos ofrendados en el trigo
y persiguen los gusanos en la harina del maíz estancado…
la leche salada y podrida dispersa con su furor de años.

IV

Mórbidas veredas de bambúes y silencio
adonde viene una flor espesa
viola tricolor que se perpetúa
sin abrir una sola de sus llamas:
escaso es el oxígeno.

V

Se apaga el brillo de los meses
la multitud parte hacia una ventana con frutas
para cubrir de olores el rostro
reservarlos en las callejuelas del estómago
y encender los días sin que avance más el hambre.

VI

Yo, que habito una puerta sin hora clara
debajo de la húmeda penumbra
al lado de una casa cubierta de barbas
donde me persiguen con pasos de piedra
entre el amarillo de una espada que cae
retorno alucinado y salvaje
cual viola tricolor: a media sombra.

 

 

Sigue leyendo

Un afortunado náufrago: Tomás Alfaro Calatrava

 

 

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                                          I

 

La muerte es una sombra que acogota mis párpados

y mueve mis entrañas con sus dedos de frío.

La muerte es una sombra que rasga mis ventanas

y agiganta sus pasos hacia los pasos míos.

 

La muerte es una sombra que rompe sus violines

para poner sus notas en mis manos inciertas,

y apresar mis sentidos, y apretar mi garganta,

y cubrirme de sombras fantasmales, inquietas.

 

La muerte es una pena de alfileres agudos

que traspasa mis huesos y desgarra mis carnes.

La muerte es una torre que olfatea mi destino.

La muerte es una sombra dormida en mis umbrales.

 

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                                    7

 

Tu recuerdo es como una cancioncilla lejana,

como la voz metálica del viejo campanario,

como la voz doliente de los niños sangrantes.

 

Tu recuerdo es un faro de misterios…

 

Tu recuerdo es la tarde modulada de cocuyos transparentes,

de frías voces insomnes, de margaritas pálidas.

 

Tu recuerdo es como una voz de la madrugada

rasgando los cristales de mi sueño.

 

 

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                 VII

 

 

Humo por haberte amado,

hiel por haberte perdido,

ruido de sangre a mi oído

por no saberte perder.

Ay, si mi muerte moliera

estos huesos sulfurados

de calcios apresurados,

como leños para arder.

 

 

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                   XX 

 

Dame tu forma, oh mundo,

de vil sierpe huracanada,

de manzana envenenada,

de lujurioso Caín.

Ay, si mi muerte supiera

desta sangre inmemorial

que puede, de celestial,

transformarse en la más ruin.

 

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              XXXI

 

Somos caídos y sabios

y por sabios más caídos

y por ángeles reñidos

y carceleros de Dios.

Ay, si mi muerte pudiera

en el orbe perseguirme,

o si querer derretirme

en el troquel del adiós.

 

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                    XLIV

 

Enterraré en un mar muerto

estas áncoras saladas,

estas velas desveladas

en la vigilia del mar.

Ay, si mi muerte bajando

mil atlánticos subiendo

y estos mastines lamiendo

mi naufragio en alta mar.

 

 

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***

 

Tomás-Alfaro-CalatravaTomás Alfaro Calatrava. Venezolano (El Chaparro, 1922- Barcelona, 1953). Perteneció a la Generación del 40 y a los llamados “Poetas Universitarios”. Fue coautor, junto a Luis Pastori, de la letra del Himno de la Universidad Central de Venezuela. Obra poética: Afortunado náufrago (1942); Octavillas de la vigilia y la melancolía (1945); Décimas de amor y de muerte (1954); Poemas (1963).

 

 

 

 

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Fotografía: Hiroshi Sugimoto

Un poema

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“Oh, carruaje misterioso,
conducido por caballos
de fragante sombra.”
Juan M. González

A B D U C T I O N

Había una noche alta
en la que pugnaban párpados
y resollabas averiado
cuando te amurallaban sombras.

El sudor nervioso
a tus ornamentos benévolos
[trepaba
sobre tu Tierra sombría
se sumergían los huesos
[a contraluz.

Y sin darte cuenta
del fuego que cuece
irreversible pulverizaba
tus arabescos delirios.

Tragándose tu pecho
y el universo de tu sexo
cuando la aurora anunciaba
tus trozos húmedos de muerte,

cerrando los maltrechos ojos.

***

©Natalia Lara – Venezuela
http://www.redescritoresespa.com/L/lara.htm

 

 

 

 

 

 

 

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Fotografía: George Georgiou

 

 

 

 

«Esperanza»

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El alma es un embrión
que esquiva los cuchillos
sin temor a la espina
se enreda en montañas
yace íntegra
y riega
la espera incesante
del beso y su desatino.

 

© Natalia Lara – Venezuela

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Pintura: La obertura de Tannhäuser por el pintor Paul Cézanne

 

 

«Estación desgranada…»

 

 

 

LA EXCLUSA

Estación desgranada
luz en el instante
perfecta esfera
donde mi boca se tumba
y triunfa en la tuya
sonántica homilía
clavada en la ribera
a contratiempo
se rompe el sueño
y se adentra la verdad

 

 

en mis filamentos

a l e t e a s.

 

 

 

 

© Natalia Lara – Venezuela

 

Mercedes Gil: Tarde de sol y ríos

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El día despunta con la melancolía…

 

El día despunta con la melancolía habitando las ausencias

Hay vestigios de lluvia

Más allá de la retina

persiste una tenue garúa

Insistente el cielo deshabitado me recuerda

[ mi propio alejamiento del mundo

El ruido ajeno a mis andanzas

late nostálgico en las sienes

Me extraña tanto o más de lo que le ignoro

El tiempo pasa dejando huellas indelebles

Un desierto de besos maltrechos

El bosque de voces del otro lado de la cerca sin mi voz

Un clic con mil abrazos que no apagan el frío

El día pasó sin novedad alguna en sí misma

Yo soy la novedad

Intentando a cada tanto reinventar mis días.

 

 

*

 

 

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Nada temíamos al final del día…

 

Nada temíamos al final del día

Nos lanzamos en picada a un abismo de torrentes

Un batir de alas celestiales nos sacó del letargo

Tuvimos conciencia el uno del otro

Dejamos de mirarnos en nuestros espejos

Miramos dentro de nosotros y nos encontramos

Descubrimos que con poco se roza la felicidad

Encontramos caminos transitados por la esquiva alegría

Afuera un ave primaveral traía mensajes de inviernos futuros

Un ave oscura recuerda en su picoteo lo sagrado del nido

Otra ave no menos veraniega deja una estela de pistilos

Supimos de inmediato que con menos se viaja ligero

Nos enteramos que al paso del tiempo valoramos lo intangible

Nos dimos cuenta que las ataduras hacen pesado el despegue

Incrédulo el reloj avanzaba al encuentro de las lunas

Atrás quedan los soles que nos cobijaron

Cada amanecer es una lección de descubrimientos

El hallazgo más reciente sigues siendo tú en el hombrillo

El parpadeo constante delatando desconcierto

Un cielo bifurcado sobre tus hombros

El movimiento lento de los labios pronunciando nuestros nombres

El tan inesperado día llegó y seguimos descubriéndonos.

 

*

 

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El tímpano de la noche sangra…

 

El tímpano de la noche sangra

Una tenue melodía

surca el velo nocturnal

El pasado frío cadáver del tiempo

se cuela cual polizón

La nave zozobra un instante

Solo un instante

El instante del rayo cayendo

El terreno fértil florece veladamente

Flores oscuras señalan rutas

Antiguos besos de hiel

truecan las mieles de otros

Casi sin querer

Ruedan dos estrellas gemelas

La nave retoma su curso

La brújula no se detiene

Los rayos de dos soles

devoran la noche

justo antes de tornarse más oscura.

 

 

*

 

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La ciudad cierra sus fauces al despertar la luna…

 

La ciudad cierra sus fauces al despertar la luna

Ríos de gente regurgitan

Las esquinas carecen de soledades

Oscurece a intervalos

Los minutos parecen horas

Un agujero negro consume hasta el último aliento

Una dama transparente

solitaria y callada

acompaña las ausencias.

 

*

 

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Deprédame las angustias…

 

Deprédame las angustias

de vivir un tiempo sin tiempo

Ignóreme el desencuentro de velada inconsciencia

Devele lo peor que llevo dentro

Excomulgue los demonios

artífices incansables

apresando mis pies

Déjeme sin memoria

Manías asesinas de ilusiones

Me prefiero presa fácil del impulso

que sumisa y sin sueños.

 

*

 

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Hay tres incendios…

Hay tres incendios consumiendo mis adentros

[ hasta los cimientos

El incendio de tu rostro

hecho espalda y pasos firmes

Tardes de sol y ríos

Matices de lluvia

Tazas de té, chocolate y café

Abanico cerrando sus pliegues

Fuego inminente consumiendo todo

Fuego dormido en las entrañas

incendiarán los días sin ti

Se abre una puerta un sol nuevo

Distinta ribera bordeará tu camino

Hay un incendio escondido

Entre las pupilas las llamas brotan

Lava arde en las mejillas

Húmedo incendio

Sin humareda

Sin cenizas.

***

 

img-20190111-wa0011   Mercedes Gil. Nacida en Upata. Actualmente reside en San Félix.  Es funcionaria de la Corporación Venezolana de Guayana. Estudió Trabajo Social en Ciudad Bolívar, y en la Universidad Central de Venezuela se licenció en Educación. Su vocación literaria la vive desde los 17 años de edad, inspirada en los romanceros españoles, y en el ilustre escritor venezolano Andrés Eloy Blanco. Realizó el primer Diplomado de Literatura Venezolana a cargo de Fundaletra y la Sala de Arte Sidor. Ha publicado sus textos poéticos en algunas páginas digitales. Actualmente forma parte de los Juglares de la Poesía Guayanesa.

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FOTO:  Koichi Ito
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Aldo Pellegrini: La poesía significa libertad

 

 

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La poesía y los imbéciles
por Aldo Pellegrini

 

 

La poesía tiene una puerta herméticamente cerrada para los imbéciles, abierta de par en par para los inocentes. No es una puerta cerrada con llave o con cerrojo, pero su estructura es tal que, por más esfuerzos que hagan los imbéciles, no pueden abrirla, mientras cede a la sola presencia de los inocentes. Nada hay más opuesto a la imbecilidad que la inocencia. La característica del imbécil es su aspiración sistemática de cierto orden de poder. El inocente, en cambio, se niega a ejercer el poder porque los tiene todos.

Por supuesto, es el pueblo el poseedor potencial de la suprema actitud poética: la inocencia. Y en el pueblo, aquellos que sienten la coerción del poder como un dolor. El inocente, conscientemente o no, se mueve en un mundo de valores (el amor, en primer término), el imbécil se mueve en un mundo en el cual el único valor está dado por el ejercicio del poder.
Los imbéciles buscan el poder en cualquier forma de autoridad: el dinero en primer término, y toda la estructura del estado, desde el poder de los gobernantes hasta el microscópico, pero corrosivo y siniestro poder de los burócratas, desde el poder de la iglesia hasta el poder del periodismo, desde el poder de los banqueros hasta el poder que dan las leyes. Toda esa suma de poder está organizada contra la poesía.
Como la poesía significa libertad, significa afirmación del hombre auténtico, del hombre que intenta realizarse, indudablemente tiene cierto prestigio ante los imbéciles. En ese mundo falsificado y artificial que ellos construyen, los imbéciles necesitan artículos de lujo: cortinados, bibelots, joyería, y algo así como la poesía. En esa poesía que ellos usan, la palabra y la imagen se convierten en elementos decorativos, y de ese modo se destruye su poder de incandescencia. Así se crea la llamada “poesía oficial”, poesía de lentejuelas, poesía que suena a hueco.
La poesía no es más que esa violenta necesidad de afirmar su ser que impulsa al hombre. Se opone a la voluntad de no ser que guía a las multitudes domesticadas, y se opone a la voluntad de ser en los otros que se manifiesta en quienes ejercen el poder.
Los imbéciles viven en un mundo artificial y falso: basados en el poder que se puede ejercer sobre otros, niegan la rotunda realidad de lo humano, a la que sustituyen por esquemas huecos.

El mundo del poder es un mundo vacío de sentido, fuera de la realidad. El poeta busca en la palabra no un modo de expresarse sino un modo de participar en la realidad misma. Recurre a la palabra, pero busca en ella su valor originario, la magia del momento de la creación del verbo, momento en que no era un signo, sino parte de la realidad misma. El poeta mediante el verbo no expresa la realidad sino participa de ella.

La puerta de la poesía no tiene llave ni cerrojo: se defiende por su calidad de incandescencia. Sólo los inocentes, que tienen el hábito del fuego purificador, que tienen dedos ardientes, pueden abrir esa puerta y por ella penetran en la realidad.
La poesía pretende cumplir la tarea de que este mundo no sea sólo habitable para los imbéciles.

 

 

 


Poesía = Poesía, Nº 9, agosto de 1961, Buenos Aires.

.

 

 

Barba Jacob: Una llama al viento

La estrella de la tarde

 

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Un monte azul, un pájaro viajero,
un roble, una llanura,
un niño, una canción… Y, sin embargo,
nada sabemos hoy, hermano mío.

Bórranse los senderos en la sombra;
el corazón del monte está cerrado;
el perro del pastor trágicamente
aúlla entre las hierbas del vallado.

Apoya tu fatiga en mi fatiga,
que yo mi pena apoyaré en tu pena,
y llora, como yo, por el influjo
de la tarde traslúcida y serena.

Nunca sabremos nada…

¿Quién puso en nuestro espíritu anhelante,
vago rumor de mares en zozobra,
emoción desatada,
quimeras vanas, ilusión sin obra?

Hermano mío, en la inquietud constante,
nunca sabremos nada…

¿En qué grutas de islas misteriosas
arrullaron los Númenes tu sueño?
¿Quién me da los carbones irreales
de mi ardiente pasión, y la resina
que efunde en mis poemas su fragancia?

¿Qué voz suave, qué ansiedad divina
tiene en nuestra ansiedad su resonancia?

Todo inquirir fracasa en el vacío,
cual fracasan los bólidos nocturnos
en el fondo del mar; toda pregunta
vuelve a nosotros trémula y fallida,
como del choque en el cantil fragoso
la flecha por el arco despedida.

Hermano mío, en el impulso errante,
nunca sabremos nada…

Y sin embargo…
¿Qué mística influencia
vierte en nuestros dolores un bálsamo radiante?
¿Quién prende a nuestros hombros
manto real de púrpuras gloriosas,
y quién a nuestras llagas
viene y las unge y las convierte en rosas?

Tú, que sobre las hierbas reposabas
de cara al cielo, dices de repente:
«La estrella de la tarde está encendida».
Ávidos buscan su fulgor mis ojos
a través de la bruma, y ascendemos
por el hilo de luz…

Un grillo canta
en los repuestos musgos del cercado,
y un incendio de estrellas se levanta
en tu pecho, tranquilo ante la tarde,
y en mi pecho en la tarde sosegado…

 

(de Una llama al viento)

El poeta que hacía orgías en la Casa de Dios
Porfirio Barba-Jacob.  Seudónimo del poeta y periodista Miguel Ángel Osorio Benítez.  Nació en Colombia, pero vivió en casi todos los países de Centroamérica, en Cuba y en el Perú. Durante su juventud, en México, fundó periódicos, participó en publicaciones, fundó revistas, y cultivó vicios. Las ediciones que se conocen de su poesía vieron la luz gracias al impulso económico de sus amigos, cuando el poeta se vio enfermo y abandonado.

 

 

 

 

 

 

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Foto: Antonio Quintana

Samuel Feijóo: Por qué escribe la gente y el futuro indescriptible de los libros 

 

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Por qué escribe la gente y el futuro indescriptible de los libros 

 

 

A NOSOTROS nos ha preocupado algunas veces por qué escribe la gente. Al argentino Mallea, pensando sobre tan formidable tema, se le ha ocurrido lo siguiente (extractamos): 1: Porque le regalaron al escritor una máquina de escribir. 2: Porque ansía conquistar una muchacha esquiva. Buena parte de la (calamitosa) poesía erótica tiene ese origen. 3: Porque está descontento en su empleo. 4: Porque son señoritas feas. 5: Porque tienen «facilidad». 6: Porque quieren ganar un premio, o dinero o fama. 7: Porque escriben para asombrar a papá y mamá.

Mallea agrega que los verdaderos escritores no escriben con facilidad sino con desgarramiento. Son los «testigos» de una época. Y en sus obras «realizan algo así como un sueño colectivo». Eso dice Mallea.

A los escritores cogidos en tal clasificación, añadimos a los que catarsean, a los que aman pensamientos que no encuentran, músicas que no suenan aún, camaradas que no descubren (y que ponen a hablar), los que no desean que supersticiones, mentira y violencia continúen en el mundo, los que quieren poblar con mayor fantasía bella al mundo.

El drama: la estantería rellena de libros. Ella tras dar vuelta al mundo miles y miles de veces provocará un ingente motín, que llevará a candeladas que nos harán competir con el sol en largura de lenguas de fuego. Como hemos explicado ya, este suceso pasmosísimo quedará a las futuras generaciones. ¡Qué espanto letroso en el año 200000, por ejemplo, o en el año 2789993…! ¿Qué se va a hacer con tantos libros y tanta fantasía y tanta creolina mental y tanta peste a  genio entinterado sino la hoguera que nos hará una nueva Nova iluminando los últimos rincones del universo asombrado?… Hay que pensar que la invención de la imprenta es muy reciente, cinco siglos escasos. ¿Qué será en 30.000 siglos de producción masiva, en 300.000.000 de activos siglos? La columna de humo del holocausto libresco de los terráqueos ocultará el resplandor de las estrellas tantos milenios que el hombre que quede por ahí, como el pez de las profundidades perderá la facultad de la vista. ¡Sí! ¿No se coronarán las ciudades de libros, no colmarán éstos los valles del mundo en dos billones de años, secando los ríos, apabullando ventisqueros y neveras que parecían eternas? ¿No correrán los volúmenes como corrientes enormes monstruosas y acobardantes, hacia el mar, hasta secarlo, también, tomo tras tomo, colección tras colección bella, absorbiendo el agua del mar, con la miríada de papel? ¿No?… ¡Ya lo verán los mundanos del ancho porvenir! ¡Escritores de ayer, de hoy, de mañana y de pasado mañana, todo el porvenir letrador! ¡Y los escritores de las futuras épocas, empujando como siempre, y queriendo su poquito de ajonjolí publicista, como siempre! ¡De pensarlo solamente se nos despilfarra el cerebelo! ¡Qué Armagedón de la letra! ¡El Sol será quemado por la primera llamarada del holocausto sensatísimo! Y quedará como la cabecita prieta de un fósforo usado.

 

 


Samuel Feijóo. Lo que escribe la mano sin mentira, Huerga y Fierro Editores, S. L. España, 2005.

 

 

 

 

 

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FOTO:  Chisto Dagorov

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Gracias Letralia

letra lia

Sobre esta ventana
sin ojos, te llamo
gigantesco huraño
sumergido abruptamente
en el infierno de los sordos
Te llamo,
con la lengua árida
y este cuerpo animal
lleno de aletas
gris como el cromo

Ya pronto
cimbrará tu oído
un grito a secas
entonces, hablarás de apetitos,
de los peces y sus manos mutiladas
Musical en orilla
sabrás del muelle,
y de la arena que estrangula,
del espeso vidrio
que desarticuló las venas
Inflamado deshaciéndote
cortado
como un cálamo
bajo el círculo de dedos feroces
seguirás el clamor
entre un río que zumba
sostenido por el siseo
de tu noche hojalata

Con mi boca impasible
a n u l a d a
incurriré en la intemperie
ya sin saber del temporal,
congregada en la humareda

sin ojos, ni ventana.

 


 

El mar ha remolcado las palmeras
conduciéndome hacia los suaves ojos ariscos
escarlata nevada.

Espadas desnudas desdoblaron el cardón
ruptura rebelde de erizado luto
blanco suburbio.

Te he visto desnudo bajo el orden de las llamas
cubierto de incandescencias, diseminado;
corteza de un árbol que desvanece la escisión.
riachuelos callados                     paredes viejas
astillado en alguna parte, iris mojado.

Más allá de la carne viva
hojas líquidas como ubres de la tierra
huida a rastras del jardín pálido.

¿Recordarás el crujido del comienzo?
Suprime la fuerza, la voz del lanzallamas
su faz insípida, la sombra roída
los helechos de piedra, leche fangosa…

Rebélate en la noche estática
con tu postal transpuesto de luz

atraviésame.

 


 

Desnáufrago

“Mudos, descenderemos al abismo”.
Cesare Pavese

Abre las puertas cibernéticas y escupe
en lomo rancio de utopías.
Alfarero de lo imposible
(prematuramente muerto)
D E S N A U F R A G A D O
En la levedad del vértigo,
aborta los aullidos derretidos.
Muéstrate desnudo
ante la palabra-cábala
Y ARRÓJATE
Hasta la línea horizontal
del pecho cósmico;
muerde y remuerde los cerrojos
que dentro de la NADA, asoman.
Y mancilla la hora profiláctica
con el zumo negro que deglutes

v a c í a t e .

 


 

Lugar común,
oficio de transitar tiempos convulsos.

El escozor de paloma
tasajeada a sus extremos.

Algo me libera y devuelve
la necesidad de ir cantando viento
tras el amargo navío.

Yo te conocí cuando eras estatua,
mármol primitivo dentro de mi sangre,
rumor azul en las montañas
de tu barba como túnica.

Escribí en tus labios y frente suaves,
dirigí mis manos hacia tu talle de trigo.

Tú hallaste una puerta oceánica
diste un último sorbo al salitre.

Impermanencia apacible
fuga de los condenados…

¿Quién me alumbrará
en la intemperie?

Yo no naka wa – Estoy aquí
Furu-ike – un viejo estanque
Chiru hana o – va hostigando.

 

https://letralia.com/letras/poesialetralia/2018/09/10/poemas-de-natalia-lara/

 

 

 

Antes que la medianoche cayera…

 

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Antes que la medianoche cayera
habría querido borrarte
corresponder a los pálidos balbuceos
aniquilar el trozo de realidad
mudarla desde adentro.
No se puede esconder el charco
donde mis manos sumisas se quebraron.
Pequeñas y cosidas manos
desfiguradas y huidizas
sin color para palpar la soledad
sin fuerza para encender el farol.
Repetida fuga
entre las cuerdas de un camino denso
con las moradas sombras encorvadas
ausente de regresos borrosamente sonoros…
No se puede esconder el charco
donde mis manos sumisas irrecuperables se hunden
 
 
                    en alta noche sin luz.



© Natalia Lara – Venezuela

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Foto: Lieko Shiga

 

Relato

 

5

 

La tarde perseguidora se interrumpía con los soplos de luz metal, de pronto la noche sobre los cimientos: imposible eludirla. Ya topábamos con las angostas calles de un pueblo diminuto. Olor a salitre combinado con la brisa fría. Sabíamos que lejos de las luces se arrastraba un mar tibio, frente a él, todas las casas abandonadas. Cucarachas en siniestra metamorfosis protegían al suelo de cualquier mal presagio. Ellas se enredaban en nuestros tobillos y nos agitábamos. Manteníamos interrogantes en medio del paso vigoroso. ¿Qué significado tendrían? ¿Qué debíamos comprender de la formación de sus alas quebradizas, y su sexo? De repente la tierra, naranja y espesa. El bahareque simple y honroso nos sorprendía. Sin demoras tomamos la puerta gratuitamente bañada de óxido. Cajas y botellones distribuidos en hileras. Telarañas altaneras con sus presas, multiplicadas… Habían pequeños objetos que, lejos de parecernos nauseabundos, nos remontaban a otra época de frente a nuestros antepasados. Alargamos las manos, necesitábamos plegarnos, rápidamente. Escaseaban los instantes en dónde desahogar las fiebres. El juego de la depravación, extremo absoluto.  Fuera del sobresalto, inducidos por los tiempos que como finas astillas se mantenían mirándonos.  ¡Días de júbilo los de la procreación! Y ahora mostrándonos sin pieles, abrumados por los líquidos, resbalando.  Conocedores del lapso de vibración de la carne. Particularmente me bastaba moverme en su rodilla, lustrarla. Volverme cilíndrica, rotar en su pecho. Ensamblados, tragando ociosamente la vigilia; confiados del tacto, inclinados, prolongando la huella, para volver al espacio, estremecernos en nuestros tres hijos, y proseguir en los bordes de las montañas, dentro de las plantaciones de café, contemplándonos satisfechos. Delectación flotante, con nosotros este ahora.

 

 

 

 

 

 

© Natalia Lara
(Venezuela)

 

 

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Ilustración: Kaethe Butcher

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El viejo…

 

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El viejo
sobre mi pecho
más ancho que el río.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Natalia Lara

(Venezuela)

 

 

 

 

 

 

 

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Foto: Paul Hansen

 

Gracias Letralia, Tierra de Letras

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El paso del mar Rojo, por Hans Jordaens III (c. 1585/1605-1643)

Exilios y otros desarraigos. 22 años de LetraliaExilios y otros desarraigos. 22 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2018 con motivo de arribar a sus 22 años.
Lee el libro completo aquí

A media sombra

I

Lejano me sumerjo en el pantano
porque la noche con su barba cubrió la casa
y me pierdo en la húmeda penumbra
próxima a los helechos.

 

II

El comienzo de una imagen palpable
donde rozo las manos y las piernas de los otros
áspero lino el de los calvarios
sin una lámpara que sostenga luz metal.

 

III

Oigo los pasos de piedra
gente deshojada que vació sus cabezas
y sacan los gorgojos ofrendados en el trigo
y persiguen los gusanos en la harina del maíz estancado…
la leche salada y podrida dispersa con su furor de años.

 

IV

Mórbidas veredas de bambúes y silencio
adonde viene una flor espesa
viola tricolor que se perpetúa
sin abrir una sola de sus llamas:
escaso es el oxígeno.

 

V

Se apaga el brillo de los meses
la multitud parte hacia una ventana con frutas
para cubrir de olores el rostro
reservarlos en las callejuelas del estómago
y encender los días sin que avance más el hambre.

 

VI

Yo, que habito una puerta sin hora clara
debajo de la húmeda penumbra
al lado de una casa cubierta de barbas
donde me persiguen con pasos de piedra
entre el amarillo de una espada que cae
retorno alucinado y salvaje
cual viola tricolor: a media sombra.

 

Poema XI

Por los arenales de tierra rojiza
lejos de la lumbre del río
el paraje con flores enterradas,
tiros de gracia en lo cóncavo del hombre.

He aquí el carbón que sobrepasa la noche
mendigos desaparecieron lentamente
pasos que engendraron peligrosos yuyos
extrañamente amarrados, uno al otro.

La ruta dentellada y angosta
apagado el pulso frente a una puerta inútil.
¿Qué pasará en las espaldas donde el mar desfallece,
encallada bruma silenciosa?

No hay luz que arrime un racimo de frutas
ni tulipanes que se abran en el cráneo:
en vano arrastrarás la apagada antorcha.

Escúchame.
En las huestes las panteras llevan despojadas sus pesadas manos
apenas un sorbo de dilatada nieve en lo desértico
y comenzará la huida.

Con el negro inenarrable del tiempo fugaz y melancólico
podrás anclarte en la blanda arena rojiza
(no habrá lugar donde el félido pueda esconder su hocico).

Más allá del relámpago y los despojos,
del día donde desahuciado sollozas,
de la espera que lleva a enterrar los ardores de las horas,

respira.

respira

respira.

 

La espera

Es grasiento el día que te violenta
incluso la desprotección del sol,
la inocente lluvia que también se aleja
y el suelo como amenaza ¡tan áspero!
Hablamos de alguna ruta
entre tantos ojos suplicantes
y piernas que se estremecen.
La conmoción de un frío interminable.
Lacerados, en el destrozo,
apenas a centímetros del desamparo
pasamos de la derrota
a un territorio más humano.
Habitados por lo que fuimos
sin reverencias aguardamos.

 

Azotas tu garganta…

Azotas tu garganta
para no parir palabra
en el forjado humo…

Mayor te has hecho
bajo el polvo del futuro:
e   s   q   u   e   l   e   t   o          s   e   m   b   r   a   d   o

Atrás
los gases lacrimógenos
las rojas espadas
el tanque y el fuego

Si dormir en el lecho
de un desierto sin nombre
¿qué voz se escucharía?

Conduces hasta ti
retardando a la niebla
¡cuán larga es la hora del horno!

La retama florece
en un campo baldío…

Seguirás
total ausencia
d   e   v   o   r   a   d   a

Buscas a tu fantasma

en ti anida.

Letralia Tierra de Letras y sus 22 años.

 

 

 

Espadas

 

31

Las hespérides negaron sus manzanas
retornó hueca la mano en su veneno
escaramuzas sobre ópalos ebúrneos
el banquete ajado de los seres.
Adviene el tiempo imponderable
de roídas y selladas banalidades
sujeción que boga en los estanques
argamasa de cicutas senescentes:
una horrida espada corta las gargantas.

 

 

 

© Natalia Lara

(Venezuela)

 

 

 

 

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Ilustración: Murat Sayin

 

 

 

 

 

 

Exilios y otros desarraigos 22 años de Letralia

 

letralia

 

Presentación
En los últimos meses, centenares de miles de venezolanos se han visto obligados a escapar de una crisis económica, política, social y moral que ha aniquilado la seguridad y la estabilidad de su país. La mayoría se ha marchado por tierra, en travesías dramáticas en las que algunos incluso han perdido la vida, para buscar un espacio en cualquier punto del orbe que les ofrezca un mínimo de tranquilidad.
Venezuela se une así a la dura realidad de los países con ciudadanos desplazados.
El país se está derrumbando. No hay medicinas ni servicios confiables de salud para los sectores de bajos o medianos recursos, los insumos para la subsistencia se encarecen día tras día y no existe la posibilidad inmediata de una salida política a esta situación.
En su vigésimo segundo aniversario, la revista Letralia, Tierra de Letras, ha querido revisar el tema en compañía de firmas de todo el mundo. El exilio, los desplazados, los refugiados, son los protagonistas de este libro que incluye textos de 62 autores. De todas nuestras ediciones aniversarias, esta es, con gran diferencia, la convocatoria que ha recibido más colaboraciones.
El lector encontrará en este volumen poemas, cuentos, crónicas, ensayos y otros materiales que analizan el tema del abandono forzado de la patria desde todas las perspectivas posibles. Es nuestra aspiración que este trabajo contribuya en algo con el entendimiento de un fenómeno que ha llenado de dolor el mundo entero.

 

 
Jorge Gómez Jiménez
Editor

 

 

PDF de acceso gratuito:

Exilios y otros desarraigos

 

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Imagen de portada: La expulsión de Adán y Eva

del Paraíso terrenal (1425-1428), por Masaccio.

Un poema

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De la nada el movimiento brusco

ante sus ojos rasgados

Difícilmente el día que se infla

                                      y tensa

Te dedicas a caminar

cuello de emperador

Por fortuna los pies

dignos de ser vistos por otros

Conduces el cuerpo armado

                       sin cetro de oro

 

Apenas un trozo de árbol

erguido entre la mano

Llevado por el viento y su cohorte

(perros callejeros aterrados en libertad)

Observo tu cuerpo roto

manta llena de turba

Fruncido al suelo

sobre la basura y el vaho.

 

Expuesta la grieta                   látigo callado

Estás allí contenido por la furia

vertido en la espesura

                                                        gladiolo herido contra el asfalto.

 

© Natalia Lara
(Venezuela)

 

 

 

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Foto: https://pxhere.com

 

Lo Ping-wang

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EL POETA OYE CANTAR A UNA CIGARRA, Lo Ping-wang (h. 640-684)

¡Cómo me atrista el ritmo
vibrátil del insecto
que canta entre las hojas!
Es la cigarra amiga
cuyas líricas alas,
grávidas de rocío,
la estorban para el vuelo,
pero no para el canto.
Desde mi dura cárcel
la miro.

Así mi alma,
vencida de amarguras,
no logra alzar sus remos
allá donde no silban
las pérfidas saetas.
Bajo el ciclón que ahora
me tiene derribado,
lloro… mientras escribo
serenas poesías.

 

 

 

 

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Foto: Masao Yamamoto

 

 

Luminiscencia.

 

 

L U M I N I S C E N C I A

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¡Negro horizonte mío
de inquietud!
Adonis Ali Ahmad Said Esber

 


De tumbo en tumbo
alta noche // iluminada
en aullidos de silencios.

Con tu pincel de luz
cierra mis ojos.

 


© Natalia Lara

(Venezuela)

 

 

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Foto: Olympic Coast, Washington
Nathan Wirth

Un poema

 

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“En tus enaguas saturadas de tu perfume sepultar mi cabeza dolorida.”
Charles Baudelaire

TIFÓN
confina una estrella desértica
linde de la casa
presa parda del hastío
mártir lengua alambrada.
C O N V U L S I O N O
Y me miras
legua de fuego ardida.
Cárcel mustia
paredes silenciadas
el minúsculo canario
a mis espaldas.
Las burbujas
imprecisas, agitadas
h u m e d e c e n
el rugido entre alas.
Ígneo lecho
y los huesos la mortaja,
t e m p e s t a d
embebida por la Esfinge…

hecha trino

temblor

presagio…

 
Los caminos amalgama,
huracanes ofuscados
a b s o r b i d o s
como impregna, Leteo
mi morada.


desmemoria

desmemoria

desmemoria…

 

 

 

 

 

© Natalia Lara
(Venezuela)

 

 

 

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Foto: Naoya Hatakeyama

MUERTE SIN FIN, José Gorostiza (1939)

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*

Lleno de mí, sitiado en mi epidermis
por un dios inasible que me ahoga,
mentido acaso
por su radiante atmósfera de luces
que oculta mi conciencia derramada,
mis alas rotas en esquirlas de aire,
mi torpe andar a tientas por el lodo;
lleno de mí —ahíto— me descubro
en la imagen atónita del agua,
que tan sólo es un tumbo inmarcesible,
un desplome de ángeles caídos
a la delicia intacta de su peso,
que nada tiene
sino la cara en blanco
hundida a medias, ya, como una risa agónica,
en las tenues holandas de la nube
y en los funestos cánticos del mar
—más resabio de sal o albor de cúmulo
que sola prisa de acosada espuma.
No obstante —oh paradoja— constreñida
por el rigor del vaso que la aclara,
el agua toma forma.
En él se asienta, ahonda y edifica,
cumple una edad amarga de silencios
y un reposo gentil de muerte niña,
sonriente, que desflora
un más allá de pájaros
en desbandada.
En la red de cristal que la estrangula,
allí, como en el agua de un espejo,
se reconoce;
atada allí, gota con gota,
marchito el tropo de espuma en la garganta
¡qué desnudez de agua tan intensa,
qué agua tan agua,
está en su orbe tornasol soñando,
cantando ya una sed de hielo justo!
¡Mas qué vaso —también— más providente
éste que así se hinche
como una estrella en grano,
que así, en heroica promisión, se enciende
como un seno habitado por la dicha,
y rinde así, puntual,
una rotunda flor
de transparencia al agua,
un ojo proyectil que cobra alturas
y una ventana a gritos luminosos
sobre esa libertad enardecida
que se agobia de cándidas prisiones!
¡Más que vaso —también— más providente!
Tal vez esta oquedad que nos estrecha
en islas de monólogos sin eco,
aunque se llama Dios,
no sea sino un vaso
que nos amolda el alma perdidiza,
pero que acaso el alma sólo advierte
en una transparencia acumulada
que tiñe la noción de Él, de azul.
El mismo Dios,
en sus presencias tímidas,
ha de gastar la tez azul
y una clara inocencia imponderable,
oculta al ojo, pero fresca al tacto,
como este mar fantasma en que respiran
—peces del aire altísimo—
los hombres.
¡Sí, es azul! ¡Tiene que ser azul!
Un coagulado azul de lontananza,
un circundante amor de la criatura,
en donde el ojo de agua de su cuerpo
que mana en lentas ondas de estatura
entre fiebres y llagas;
en donde el río hostil de su conciencia
¡agua fofa, mordiente, que se tira,
ay, incapaz de cohesión al suelo!
en donde el brusco andar de la criatura
amortigua su enojo,
se redondea
como una cifra generosa,
se pone en pie, veraz, como una estatua.
¿Qué puede ser —si no— si un vaso no?
Un minuto quizá que se enardece
hasta la incandescencia,
que alarga el arrebato de su brasa,
ay, tanto más hacia lo eterno mínimo
cuanto es más hondo el tiempo que lo colma.
Un cóncavo minuto del espíritu
que una noche impensada,
al azar
y en cualquier escenario irrelevante
con el vuelo del pájaro,
estalla en él como un cohete herido
y en sonoras estrellas precipita
su desbandada pólvora de plumas.
Mas en la médula de esta alegría,
no ocurre nada, no;
sólo un cándido sueño que recorre
las estaciones todas de su ruta
tan amorosamente
que no elude seguirla a sus infiernos,
ay, y con qué miradas de atropina,
tumefactas e inmóviles, escruta
el curso de la luz, su instante fúlgido,
en la piel de una gota de rocío;
concibe el ojo
y el intangible aceite
que nutre de esbeltez a la mirada;
gobierna el crecimiento de las uñas
y en la raíz de la palabra esconde
el frondoso discurso de ancha copa
y el poema de diáfanas espigas.
Pero aún más —porque en su cielo impío
nada es tan cruel como este puro goce—
somete sus imágenes al fuego
de especiosas torturas que imagina
—las infla de pasión,
en la prisma del llanto las deshace,
las ciega con el lustre de un barniz,
las satura de odios purulentos,
rencores zánganos
como una mala costra,
angustias secas como la sed del yeso.
Pero aún más —porque, inmune a la mácula,
tan perfecta crueldad no cede a límites—
perfora la substancia de su gozo
con rudos alfileres;
piensa el tumor, la úlcera y el chancro
que habrán de festonar la tez pulida,
toma en su mano etérea a la criatura
y la enjuta, la hincha o la demacra,
como a un copo de cera sudorosa,
y en un ilustre hallazgo de ironía
la estrecha enternecido
con los brazos glaciales de la fiebre.
Mas nada ocurre, no, sólo este sueño
desorbitado
que se mira a sí mismo en plena marcha;
presume, pues, su término inminente
y adereza en el acto
el plan de su fatiga,
su justa vacación
su domingo de gracia allá en el campo,
al fresco albor de las camisas flojas.
¡Qué trebolar mullido, qué parasol de niebla
se regala en el ánimo
para gustar la miel de sus vigilias!
Pero el ritmo es su norma, el solo paso,
la sola marcha en círculo, sin ojos;
así, aun de su cansancio, extrae
¡hop!
largas cintas de cintas de sorpresas
que en un constante perecer enérgico,
en un morir absorto,
arrasan sin cesar su bella fábrica
hasta que —hijo de su misma muerte,
gestado en la aridez de sus escombros—
siente que su fatiga se fatiga,
se erige a descansar de su descanso
y sueña que su sueño se repite,
irresponsable, eterno,
muerte sin fin de una obstinada muerte,
sueño de garza anochecido a plomo
que cambia sí de pie, mas no de sueño,
que cambia sí la imagen,
mas no la doncellez de su osadía
¡oh inteligencia, soledad en llamas!
que lo consume todo hasta el silencio,
sí, como una semilla enamorada
que pudiera soñarse germinando,
probar en el rencor de la molécula
el salto de las ramas que aprisiona
y el gusto de su fruta prohibida,
ay, sin hollar, semilla casta,
sus propios impasibles tegumentos.
¡Oh inteligencia, soledad en llamas
que todo lo concibe sin crearlo!
Finge el calor del lodo,
su emoción de substancia adolorida,
el iracundo amor que lo embellece
y lo encumbra más allá de las alas
a donde sólo el ritmo
de los luceros llora,
mas no le infunde el soplo que lo pone en pie
y permanece recreándose a sí misma,
única en Él, inmaculada, sola en Él,
reticencia indecible,
amoroso temor de la materia,
angélico egoísmo que se escapa
como un grito de júbilo sobre la muerte
—oh inteligencia, páramo de espejos!
helada emanación de rosas pétreas
en la cumbre de un tiempo paralítico;
pulso sellado;
como una red de arterias temblorosas,
hermético sistema de eslabones
que apenas se apresura o se retarda
según la intensidad de su deleite;
abstinencia angustiosa
que presume el dolor y no lo crea,
que escucha ya en la estepa de sus tímpanos
retumbar el gemido del lenguaje
y no lo emite;
que nada más absorbe las esencias
y se mantiene así, rencor sañudo,
una, exquisita, con su dios estéril,
sin alzar entre ambos
la sorda pesadumbre de la carne,
sin admitir en su unidad perfecta
el escarnio brutal de esa discordia
que nutren vida y muerte inconciliables,
siguiéndose una a otra
como el día y la noche,
una y otra acampadas en la célula
como en un tardo tiempo de crepúsculo,
ay, una nada más, estéril, agria,
con Él, conmigo, con nosotros tres;
como el vaso y el agua, sólo una
que reconcentra su silencio blanco
en la orilla letal de la palabra
y en la inminencia misma de la sangre.
¡ALELUYA, ALELUYA!
Iza la flor su enseña,
agua, en el prado.
¡Oh, qué mercadería
de olor alado!
¡Oh, qué mercadería
de tenue olor!
¡cómo inflama los aires
con su rubor!
¡Qué anegado de gritos
está el jardín!
«¡Yo, el heliotropo, yo!»
«¿Yo? El jazmín.»
Ay, pero el agua,
ay, si no huele a nada.
Tiene la noche un árbol
con frutos de ámbar;
tiene una tez la tierra,
ay, de esmeraldas.
El tesón de la sangre
anda de rojo;
anda de añil el sueño;
la dicha, de oro.
Tiene el amor feroces
galgos morados;
pero también sus mieses,
también sus pájaros.
Ay, pero el agua,
ay, si no luce a nada.
Sabe a luz, a luz fría,
sí, la manzana.
¡Qué amanecida fruta
tan de mañana!
¡Qué anochecido sabes,
tú, sinsabor!
¡cómo pica en la entraña
tu picaflor!
Sabe la muerte a tierra,
la angustia a hiel.
Este morir a gotas
me sabe a miel.
Ay, pero el agua,
ay, si no sabe a nada.
[BAILE]
Pobrecilla del agua,
ay, que no tiene nada,
ay, amor, que se ahoga,
ay, en un vaso de agua.
En el rigor del vaso que la aclara,
el agua toma forma
—ciertamente.
Trae una sed de siglos en los belfos,
una sed fría, en punta, que ara cauces
en el sueño moroso de la tierra,
que perfora sus miembros florecidos,
como una sangre cáustica,
incendiándolos, ay, abriendo en ellos
desapacibles úlceras de insomnio.
Más amor que sed; más que amor, idolatría,
dispersión de criatura estupefacta
ante el fulgor que blande
—germen del trueno olímpico— la forma
en sus netos contornos fascinados.
¡Idolatría, sí idolatría!
Mas no le basta el ser un puro salmo,
un ardoroso incienso de sonido;
quiere, además, oírse.
Ni le basta tener sólo reflejos
—briznas de espuma
para el ala de luz que en ella anida;
quiere, además, un tálamo de sombra,
un ojo,
para mirar el ojo que la mira.
En el lago, en la charca, en el estanque,
en la entumida cuenca de la mano,
se consuma este rito de eslabones,
este enlace diabólico
que encadena el amor a su pecado.
En el nítido rostro sin facciones
el agua, poseída,
siente cuajar la máscara de espejos
que el dibujo del vaso le procura.
Ha encontrado, por fin,
en su correr sonámbulo,
una bella, puntual fisonomía.
Ya puede estar de pie frente a las cosas.
Ya es ella también, aunque por arte
de estas limpias metáforas cruzadas,
un encendido vaso de figuras.
El camino, la barda, los castaños,
para durar el tiempo de una muerte
gratuita y prematura, pero bella,
ingresan por su impulso
en el suplicio de la imagen propia
y en medio del jardín, bajo las nubes,
descarnada lección de poesía,
instalan un infierno alucinante.
Pero el vaso en sí mismo no se cumple.
Imagen de una deserción nefasta
¿qué esconde en su rigor inhabitado,
sino esta triste claridad a ciegas,
sino esta tentaleante lucidez?
Tenedlo ahí, sobre la mesa, inútil.
Epigrama de espuma que se espiga
ante un auditorio anestesiado,
incisivo clamor que la sordera
tenaz de los objetos amordaza,
flor mineral que se abre para adentro
hacia su propia luz,
espejo ególatra
que se absorbe a sí mismo contemplándose.
Hay algo en él, no obstante, acaso un alma,
el instinto augural de las arenas,
una llaga tal vez que debe al fuego,
en donde le atosiga su vacío.
Desde este erial aspira a ser colmado.
En el agua, en el vino, en el aceite,
articula el guión de su deseo;
se ablanda, se adelgaza;
ya su sobrio dibujo se le nubla,
ya embozado en el giro de un reflejo,
en un llanto de luces se liquida.
Mas la forma en sí misma no se cumple.
Desde su insigne trono faraónico,
magnánima,
deífica,
constelada de epítetos esdrújulos,
rige con hosca mano de diamante.
Está orgullosa de su orondo imperio.
¡En las augustas pituitarias de ónice
no juega, acaso, el encendido aroma
con que arde a sus pies la poesía?
¡Ilusión, nada más gentil narcótico
que puebla de fantasmas los sentidos!
Pues desde ahí donde el dolor emite
¡oh turbio sol de podre!
el esmerado brillo que lo embosca,
ay, desde ahí, presume la materia
que apenas cuaja su dibujo estricto
y ya es un jardín de huellas fósiles,
estruendoso fanal,
rojo timbre de alarma en los cruceros
que gobierna la ruta hacia otras formas.
La rosa edad que esmalta su epidermis
—senil recién nacida—
envejece por dentro a grandes siglos.
Trajo puesta la proa a lo amarillo.
El aire se coagula entre sus poros
como un sudor profuso
que se anticipa a destilar en ellos
una esencia de rosas subterráneas.
Los crudos garfios de su muerte suben,
como musgo, por grietas inasibles,
ay, la hostigan con tenues mordeduras
y abren hueco por fin a aquel minuto
—¡miradlo en la lenteja del reloj,
neto, puntual, exacto,
correrse un eslabón cada minuto!—
cuando al soplo infantil de un parpadeo,
la egregia masa de ademán ilustre
podrá caer de golpe hecha cenizas.
No obstante —¿por qué no?— también en ella
tiene un rincón el sueño,
árido paraíso sin manzana
donde suele escaparse de su rostro,
por el rostro marchito del espectro
que engendra aletargada, su costilla.
El vaso de agua es el momento justo.
En su audaz evasión se transfigura,
tuerce la órbita de su destino
y se arrastra en secreto hacia lo informe.
La rapiña del tacto no se ceba
—aquí, en el sueño inhóspito—
sobre el templado nácar de su vientre,
ni la flauta Don Juan que la requiebra
musita su cachonda serenata.
El sueño es cruel,
ay, punza, roe, quema, sangra, duele.
Tanto ignora infusiones como ungüentos.
En los sordos martillos que la afligen
la forma da en el gozo de la llaga
y el oscuro deleite del colapso.
Temprana madre de esa muerte niña
que nutre en sus escombros paulatinos,
anhela que se hundan sus cimientos
bajo sus plantas, ay, entorpecidas
por una espesa lentitud de lodo;
oye nacer el trueno del derrumbe;
siente que su materia se derrama
en un prurito de ácidas hormigas;
que, ya sin peso, flota
y en un claro silencio se deslíe.
Por un aire de espejos inminentes
¡oh impalpables derrotas del delirio!
cruza entonces, a velas desgarradas,
la airosa teoría de una nube.
En la red de cristal que la estrangula,
el agua toma forma,
la bebe, sí, en el módulo del vaso,
para que éste también se transfigure
con el temblor del agua estrangulada
que sigue allí, sin voz, marcando el pulso
glacial de la corriente.
Pero el vaso
—a su vez—
cede a la informe condición del agua
a fin de que —a su vez— la forma misma,
la forma en sí, que está en el duro vaso
sosteniendo el rencor de su dureza
y está en el agua de aguijada espuma
como presagio cierto de reposo,
se pueda sustraer al vaso de agua;
un instante, no más,
no más que el mínimo
perpetuo instante del quebranto,
cuando la forma en sí, la pura forma,
se abandona al designio de su muerte
y se deja arrastrar, nubes arriba,
por ese atormentado remolino
en que los seres todos se repliegan
hacia el sopor primero,
a construir el escenario de la nada.
Las estrellas entonces ennegrecen.
Han vuelto al dardo insomne
a la noche perfecta de su aljaba.
Porque en el lento instante del quebranto,
cuando los seres todos se repliegan
hacia el sopor primero
y en la pira arrogante de la forma
se abrasan, consumidos por su muerte
—¡ay, ojos, dedos, labios,
etéreas llamas del atroz incendio!—
el hombre ahoga con sus manos mismas,
en un negro sabor de tierra amarga,
los himnos claros y los roncos trenos
con que cantaba la belleza,
entre tambores de gangoso idioma
y esbeltos címbalos que dan al aire
sus golondrinas de latón agudo;
ay, los trenos e himnos que loaban
la rosa marinera
que consuma el periplo del jardín
con sus velas henchidas de fragancia;
y el malsano crepúsculo de herrumbre,
amapola del aire lacerado
que se pincha en las púas de un gorjeo;
y la febril estrella, lis de calosfrío,
punto sobre las íes
de las tinieblas;
y el rojo cáliz del pezón macizo,
sola flor de granado
en la cima angustiosa del deseo,
y la mandrágora del sueño amigo
que crece en los escombros cotidianos
—ay, todo el esplendor de la belleza
y el bello amor que la concierta toda
en un orbe de imanes arrobados.
Porque el tambor rotundo
y las ricas bengalas que los címbalos
tremolan en la altura de los cantos,
se anegan, ay, en un sabor de tierra amarga,
cuando el hombre descubre en sus silencios
que su hermoso lenguaje se le agosta,
se le quema —confuso— en la garganta,
exhausto de sentido;
ay, su aéreo lenguaje de colores,
que así se jacta del matiz estricto
en el humo aterrado de sus sienas
o en el sol de sus tibios bermellones;
él, que discurre en la ansiedad del labio
como una lenta rosa enamorada;
él, que cincela sus celos de paloma
y modula sus látigos feroces;
que salta en sus caídas
con un ruidoso síncope de espumas;
que prolonga el insomnio de su brasa
en las mustias cenizas del oído;
que oscuramente repta
e hinca enfurecido la palabra
de hiel, la tuerta frase de ponzoña;
él que labra el amor del sacrificio
en columnas de ritmos espirales,
sí, todo él, lenguaje audaz del hombre,
se le ahoga —confuso— en la garganta
y de su gracia original no queda
sino el horror de un pozo desecado
que sostiene su mueca de agonía.
Porque el hombre descubre en sus silencios
que su hermoso lenguaje se le agosta
en el minuto mismo del quebranto,
cuando los peces todos
que en cautelosas órbitas discurren
como estrellas de escamas, diminutas,
por la entumida noche submarina,
cuando los peces todos
y el ulises salmón de los regresos
y el delfín apolíneo, pez de dioses,
deshacen su camino hacia las algas;
cuando el tigre que huella
la castidad del musgo
con secretas pisadas de resorte
y el bóreas de los ciervos presurosos
y el cordero Luis XV, gemebundo,
y el león babilónico
que añora el alabastro de los frisos
—¡flores de sangre, eternas,
en el racimo inmemorial de las especies!—
cuando todos inician el regreso
a sus mudos letargos vegetales;
cuando la aguda alondra se deslíe
en el agua del alba,
mientras las aves todas
y el solitario búho que medita
con su antifaz de fósforo en la sombra,
la golondrina de escritura hebrea
y el pequeño gorrión, hambre en la nieve,
mientras todas las aves se disipan
en la noche enroscada del reptil;
cuando todo —por fin— lo que anda o repta
y todo lo que vuela o nada, todo,
se encoge en un crujir de mariposas,
regresa a sus orígenes
y al origen fatal de sus orígenes,
hasta que su eco mismo se reinstala
en el primer silencio tenebroso.
Porque los bellos seres que transitan
por el sopor añoso de la tierra
—¡tragos de sangre, libres,
en la pantalla de su sueño impuro!—
todos se dan a un frenesí de muerte,
ay, cuando el sauce
acumula su llanto
para urdir la substancia de un delirio
en que —¡tú! ¡yo! ¡nosotros!— de repente,
a fuerza de atar nombres destemplados,
ay, no le queda sino el tronco prieto,
desnudo de oración ante su estrella;
cuando con él, desnudos, se sonrojan
el álamo temblón de encanecida barba
y el eucalipto rumoroso,
témpano de follaje
y tornillo sin fin de la estatura
que se pierde en las nubes, persiguiéndose;
y también el cerezo y el durazno
en su loca efusión de adolescentes
y la angustia espantosa de la ceiba
y todo cuanto nace de raíces,
desde el heroico roble hasta la impúbera
menta de boca helada;
cuando las plantas de sumisas plantas
retiran el ramaje presuntuoso,
se esconden en sus ásperas raíces
y en la acerba raíz de sus raíces
y presas de un absurdo crecimiento
se desarrollan hacia la semilla,
hasta quedar inmóviles
¡oh cementerios de talladas rosas!
en los duros jardines de la piedra.
Porque desde el anciano roble heroico
hasta la impúbera
menta de boca helada,
ay, todo cuanto nace de raíces
establece sus tallos paralíticos
en los duros jardines de la piedra,
cuando el rubí de angélicos melindres
y el diamante iracundo
que fulmina a la luz con un reflejo,
más el ario zafir de ojos azules
y la geórgica esmeralda que se anega
en el abrilde su robusta clorofila,
una a una, las piedras delirantes,
con sus lindas hermanas cenicientas,
turquesa, lapislázuli, alabastro,
pero también el oro prisionero
y la plata de lengua fidedigna,
ingenuo ruiseñor de los metales
que se ahoga en el agua de su canto;
cuando las piedras finas
y los metales exquisitos, todos,
regresan a sus nidos subterráneos
por las rutas candentes de la llama,
ay, ciegos de su lustre,
ay, ciegos de su ojo,
que el ojo mismo,
como un siniestro pájaro de humo,
en su aterida combustión se arranca.
Porque raro metal o piedra rara,
así como la roca escueta, lisa,
que figura castillos
con sólo naipes de aridez y escarcha,
y así la arena de arrugados pechos
y el humus maternal de entraña tibia,
ay, todo se consume
con un mohíno crepitar de gozo,
cuando la forma en sí, la forma pura,
se entrega a la delicia de su muerte
y en su sed de agotarla a grandes luces
apura en una llama
el aceite ritual de los sentidos,
que sin labios, sin dedos, sin retinas,
sí paso a paso, muerte a muerte, locos,
se acogen a sus túmidas matrices,
mientras unos a otros se devoran
al animal, la planta
a la planta, la piedra
a la piedra, el fuego
al fuego, el mar
al mar, la nube
a la nube, el sol
hasta que todo este fecundo río
de enamorado semen que conjuga,
inaccesible al tedio,
el suntuoso caudal de su apetito,
no desemboca en sus entrañas mismas,
en el acre silencio de sus fuentes,
entre un fulgor de soles emboscados,
en donde nada es ni nada está,
donde el sueño no duele,
donde nada ni nadie, nunca, está muriendo
y solo ya, sobre las grandes aguas,
flota el Espíritu de Dios que gime
con un llanto más llanto aún que el llanto,
como si herido —¡ay, Él también!— por un cabello
por el ojo en almendra de esa muerte
que emana de su boca,
hubiese al fin ahogado su palabra sangrienta.
¡ALELUYA, ALELUYA!
¡Tan-tan! ¿Quién es? Es el Diablo,
es una espesa fatiga,
un ansia de trasponer
estas lindes enemigas,
este morir incesante,
tenaz, esta muerte viva,
¡oh Dios! que te está matando
en tus hechuras estrictas,
en las rosas y en las piedras,
en las estrellas ariscas
y en la carne que se gasta
como una hoguera encendida,
por el canto, por el sueño,
por el color de la vista.
¡Tan-tan! ¿Quién es? Es el Diablo,
ay, una ciega alegría,
un hambre de consumir
el aire que se respira,
la boca, el ojo, la mano;
estas pungentes cosquillas
de disfrutarnos enteros
en sólo un golpe de risa,
ay, esta muerte insultante,
procaz, que nos asesina
a distancia, desde el gusto
que tomamos en morirla,
por una taza de té,
por una apenas caricia.
¡Tan-tan! ¿Quién es? Es el Diablo,
es una muerte de hormigas
incansables, que pululan
¡oh Dios! sobre tus astillas,
que acaso te han muerto allá,
siglos de edades arriba,
sin advertirlo nosotros,
migajas, borra, cenizas
de ti, que sigues presente
como una estrella mentida
por su sola luz, por una
luz sin estrella, vacía,
que llega al mundo escondiendo
su catástrofe infinita.
[BAILE]
Desde mis ojos insomnes
mi muerte me está acechando,
me acecha, sí, me enamora
con su ojo lánguido.
¡Anda putilla del rubor helado,
anda, vámonos al diablo!

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Fotografía: Autor desconocido

 

Hanni Ossott

 

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Te he dado mis sedas
mi baile, mi danza, mis máscaras.
Te he dado mi cama, mis hornos, mis cocinas
la mesa puesta, adornada con flores y copas
los cubiertos
Y el invitado venía y admiraba
casa y cuadros
alfombras y platos. La belleza.
Te he dado esta larga pasión
que ahora se teje como memoria difícil.
Te ha amado, bajo cielos y techos
en la calle más solitaria de París, de Grecia o de aquí
– desde el abandono.
Te he otorgado poros de poesía, surcos plenos de sudor
Almas, carne, pelo, cuello, manos.
Tú, hombre irascible… ¿dónde estás?
¿qué mar te socava en mí?
Eres duda y ángel. Promesa incumplida.
Me hiere tu canto,Orfeo. Bacante soy de ti…
Llevo en mi espalda el rasgo de tus manos
la rajada
y en mis pulmones
la respiración que quiero
la otra acallada respiración de muerte.
Carezco de mañana, mi hoy me rasga
¡Tu presencia, Orfeo…tu presencia!
Orfeo, ¿dónde estás? Socórreme….
Amado.
hanniHanni Ossott. Caracas, 14 de febrero de 1946. Poeta, ensayista, docente y traductora. Obra poética lúcida y reflexiva. No razona, intuye. “La poesía como experiencia de vida, como pasión, como una forma de iluminar.” Influencias literarias: Rainer Maria Rilke, D. H. Lawrence, Emily Dickinson, a los que además tradujo. Tendencia al prosaísmo. Entre sus publicaciones tenemos: Hasta que llegue el día y huyan las sombras, El reino donde la noche se abre, Plegarias y penumbras, Cielo, tu arco grande, Casa de agua y de sombras y El circo roto. Obtuvo los Premios Nacionales de Poesía José Antonio Ramos Sucre y Lazo Martí. Fue galardonada con el Premio Nacional de Poesía otorgado por el Consejo Nacional de la Cultura (CONAC), año 1988. Falleció el 31 de diciembre de 2002. (Foto: Vasco Szinetar)
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Fotografía: Ana Casas Broda
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La escritora sueca Birgitta Trotzig

 

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Cuánto ha cambiado el mundo y cuánto ha vuelto a cambiar, cuántas vueltas ha dado la rueda del espíritu del mundo. Cuán lejanos están esos destinos. ¿Quién lee sus cartas todavía? Luz del ocaso, inmutable y helada a través de los pinos (agujas de pinos sobre las tumbas, como cuando el siglo era un niño, agujas de pino en la arena, recuerdo del sabor del mar) -¿eligieron bien o eligieron mal? La tierra del otoño. Los que eligieron bien y los que eligieron mal forman ahora el mismo campo, abandonado.

 

 

 

*

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Yo tuve un sueño. El niño muerto yacía en el musgo. Una voz dijo: ¡Desespérate! Todo lo demás es hipocresía. ¡Desespérate!

Pero el niño que fue enterrado – de su delicado pecho silencioso crece una tormenta, una canción enfurecida más aterradora que el fin del mundo.

 

 

*

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Un raro hedor, un gato muerto. Los contornos de los huesos sobresalen contra el pellejo y el pelo mojado, un gato barcino demacrado y de sucio pelaje, es la humillación de la fuerza perfecta del cuerpo y de la astucia, es un desecho, uno de los millones de objetos de basurero segregados por la gran urbe -una pequeña cara animal semejante a la de un niño y al mismo tiempo a la antigua cara del poder, mirando fijamente con grandes ojos rígidos que, en el momento postrero, no se cerraron, y ya nunca más podrán cerrarse, ahora miran hacia una existencia que no pertenece a la vida ni a la muerte, un estado intermedio, laberíntico y siniestro.

 

 

 

*

 

26239605_736774879846719_1130674075616861645_nBirgitta Trotzig (1929-2011) Escritora sueca de renombre, marcó su tiempo con  los temas referentes a la muerte y a la resurrección.  Entre sus novelas se encuentra La enfermedad (Sjukdomen) y La hija del rey del pantano (Dykungens dotter). También ha escrito ensayos y artículos sobre poesía, así como diversos trabajos de poesía en prosa: Anima (1982) y Contexto. Material (Sammanhang. Material) de 1996, traducido en España en 2005. Fue miembro de la Academia Sueca desde 1993. Entre otros, fue galardonada con el Premio Aniara en 1981, el Premio de Literatura Selma Lagerlöf en 1984, el Premio Pilot en 1985, el Premio Kellgren en 1991 y el Premio Övralid en 1997. 

 

 

 

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Foto: Berndt Klyvare

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Un poema

 

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I

Asomándome a las voces de los ausentes
mundo de aparente quietud
yerbas en la distancia
vida extendida bajo el lecho
eterno de lluvias gotea.

II

Bendita tregua la que taladra.

Un río habla del mar
fecundo e hinchado
y allí las formas
de luna sembradas
desnudez de cobre.

III

Contigo salí
en contraste con la noche vencida
beatus ille
el dibujo sencillo y lejano.

Cuestionamientos
y respuestas mínimas
como farol consciente
embriaguez sin finitud.

IV

Torpes en la niebla
reservamos nuestras manos
y la despedida no llegó con su mármol
descenso torvo.

V

Te alcancé
al otro lado de la mesa
con fina y rugosa mano
que recién recogía
el olor extenso de las estepas

y pronuncio tu nombre
como lectura poblada
intentando entender
que no has muerto.


© Natalia Lara
(Venezuela)

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Fotografía: Mila Kucher

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Un poema para Nora

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Un pedazo del mundo
que recuerdo
era un terreno alto
en el cesto de las horas.
Lo miro
fragante es la arboleda
plácida morada.

Es intrépido el espíritu
en el que se incrustan los hombres
para anticipar sus deseos.

Este es el misterio:
transcurren los años
con sus negros azadones
de puntas opuestas
y no se corta el cuello
de la vieja madriguera.

Impreciso o no
el destino es una boca abierta.
Vagamos en él
como la noche en sus calambres,
agujero subterráneo…

De pronto un hierro rojo
golpea las cabezas.
Y esa sensación
de anidar hilos como amarillas serpientes
en la piel de un cráneo roto.

El patio se inunda
s a n g r a n t e
con sus múltiples flechas.
Descubrimos nuestras manos
parados frente a un espejo.

En ese lugar, espejeante,
redescubrimos nuestros ojos;
se abren florecidos
sin lamento que descosa
ni serpientes amarillas…

Sí una boca abierta
en el cesto de las horas.

Y aquellos ojos

                                                   que no se mudan.

 

 

© Natalia Lara

(Venezuela)

 

 

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Foto: Hans Hartung

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A media sombra

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I

 

 

Lejano me sumerjo en el pantano

porque la noche con su barba cubrió la casa

y me pierdo en la húmeda penumbra

próxima a los helechos.

 

 

II

 

El comienzo de una imagen palpable

donde rozo las manos y las piernas de los otros

áspero lino el de los calvarios

sin una lámpara que sostenga luz metal.

 

 

III

 

Oigo los pasos de piedra

gente deshojada que vació sus cabezas

y sacan los gorgojos ofrendados en el trigo

y persiguen los gusanos en la harina del maíz estancado…

la leche salada y podrida dispersa con su furor de años.

 

 

IV

 

 

Mórbidas veredas de bambúes y silencio

adonde viene una flor espesa

viola tricolor que se perpetúa

sin abrir una sola de sus llamas:

escaso es el oxígeno.

 

 

V

 

Se apaga el brillo de los meses

la multitud parte hacia una ventana con frutas

para cubrir de olores el rostro

reservarlos en las callejuelas del estómago

y encender los días sin que avance más el hambre.

 

 

VI

 

 

Yo, que habito una puerta sin hora clara

debajo de la húmeda penumbra

al lado de una casa cubierta de barbas

donde me persiguen con pasos de piedra

entre el amarillo de una espada que cae

retorno alucinado y salvaje

cual viola tricolor: a media sombra.

 

 

© Natalia Lara

(Venezuela)

 

 

 

 

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Foto: Willy Ronis

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Ribera fluvial…

guacamayos

ººº

 

Ribera fluvial
guacamayos
encendidos

Frente a la
cumbre del
tiempo ido

Un racimo
de lluvia
mueve sus

ramajes.

 

 

©  Natalia Lara

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Foto: https://exooticos.wordpress.com/category/guacamayos/

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Mi hermana…

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  ººº

 

Mi hermana con cinco años de edad tenía el cabello como el fruto del totumo. Templo brillante donde moraban los almendrones y el ponsigué. Con un poco de onda, se lograban visualizar las serpentinas en sus pequeños ojos asiáticos: negras yerbas entre el tapiz de una clara piel. Luz del relámpago silente, aquella fina cintura. Hubo una palma abierta como sostén, en las madrugadas de cucarachas inflamadas. Una hendija en las cabezas de las camas nos ayudó a entrelazarnos. En medio del tiempo y sus barrancos, una campana movida por las piedras me lleva a resbalar lentamente… cambures y galletas de media noche. Abajo, en las escaleras, las viejas palmas relucientes, infancia donde duermo, vuelvo, duermo y me abandono.

(para Natacha)

 

©  Natalia Lara

 

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Foto: Robert Doisneau

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Poema XI

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Por los arenales de tierra rojiza
lejos de la lumbre del río
el paraje con flores enterradas,
tiros de gracia en lo cóncavo del hombre.
 
 
He aquí el carbón que sobrepasa la noche
mendigos desaparecieron lentamente
pasos que engendraron peligrosos yuyos
extrañamente amarrados, uno al otro.
 
La ruta dentellada y angosta
apagado el pulso frente a una puerta inútil.
¿Qué pasará en las espaldas donde el mar desfallece,
encallada bruma silenciosa?
 
No hay luz que arrime un racimo de frutas
ni tulipanes que se abran en el cráneo:
en vano arrastrarás la apagada antorcha.
 
Escúchame.
En las huestes las panteras llevan despojadas
                                                    [sus pesadas manos
apenas un sorbo de dilatada nieve  en lo desértico
                                          y comenzará la huida.
 
Con el negro inenarrable del tiempo fugaz y melancólico
  podrás anclarte en la blanda arena rojiza
(no habrá lugar donde el félido pueda esconder su hocico).
 
Más allá del relámpago y los despojos,
del día donde desahuciado sollozas,
de la espera que lleva a enterrar los ardores de las horas,
                                                                   respira.
 
respira
                                                                   respira.
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© Natalia Lara
(Venezuela)
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Foto:  MasaoYamamoto
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Bajo el orden de las llamas

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El mar ha remolcado las palmeras
conduciéndome hacia los suaves ojos ariscos
escarlata nevada.
Espadas desnudas desdoblaron el cardón
ruptura rebelde de erizado luto
blanco suburbio.

Te he visto desnudo bajo el orden de las llamas
cubierto de incandescencias, diseminado;
corteza de un árbol que desvanece la escisión.
riachuelos callados ——– paredes viejas
astillado en alguna parte, iris mojado.

Más allá de la carne viva
hojas líquidas como ubres de la tierra
huida a rastras del jardín pálido.

¿Recordarás el crujido del comienzo?

Suprime la fuerza, la voz del lanzallamas
su faz insípida, la sombra roída
los helechos de piedra, leche fangosa…

Rebélate en la noche estática
con tu postal transpuesto de luz

atraviésame.

 

© Natalia Lara
(Venezuela)

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Fotograma de la película eslovena “Pomladni veter
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Secreto de familia por Blanca Varela

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Secreto de familia

 

 

 

soñé con un perro

con un perro desollado

cantaba su cuerpo su cuerpo rojo silbaba

pregunté al otro

al que apaga la luz al carnicero

qué ha sucedido

por qué estamos a oscuras

 

es un sueño estás sola

no hay otro

la luz no existe

tú eres el perro tú eres la flor que ladra

afila dulcemente tu lengua

tu dulce negra lengua de cuatro patas

 

la piel del hombre se quema con el sueño

arde desaparece la piel humana

sólo la roja pulpa del can es limpia

la verdadera luz habita su legaña

tú eres el perro

tú eres el desollado can de cada noche

sueña contigo misma y basta.

 

 

 

 

(En Valses y otras falsas confesiones, 1972)

 

blanca-varela-barranco-vicente-de-szyssloBlanca Varela (Perú, 1926). Poeta peruana nacida en el seno de una familia de escritores y artistas.

«En París empecé a escribir y lo hice con un poema sobre Puerto Supe, los paisajes de mi infancia, las sensaciones e imágenes que volvían a mí. Fue y es una búsqueda de mi identidad que ha continuado a lo largo de toda mi vida. Creo que mi escritura es muy deudora de las imágenes, de la pintura. Yo soy muy observadora, siempre me quedo con los detalles de cosas que veo alrededor. Con las escenas que me impresionan, aunque sean momentos fugaces. La pintura ha tenido mucha influencia en mi literatura. »

 

B.V., Madrid, 2001

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Foto: Martín Chambi Jiménez

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Abro los pechos lilas…

 

Hollis Dunlap Tutt'Art@ (51)

I

Abro los pechos lilas
te acuno y remojo

con un gemido estiras el cuello
y llamas al helado hocico

recorres la pulpa humana,
riegas la grava negra

impar, como los huesos,
imploras el cerco:

piernas alrededor del instinto
lomo nervioso y gastado

duna estremecida
lengua que degluta
el sabor fiero y brumoso

II

Dos cabezas
entre la misma sustancia

el relincho
abanica las cales

rojo peligro
que nombra tu hambre

figura temporal
anima mundi

III

Tactos incendiados
en el líquido

forma primitiva:
la fricción

tendidos en el aire
yerma llovizna

salvado el temblor
y el resplandor

sometida la aridez
a un color impreciso

IV

La palidez de las ruinas
año cerrado en lo oscuro

umbral de vigilias
—sangrantes—

ciegos en el ancho río
retornamos mansamente

d o m e s t i c a d o s .

 

 

 

 

© Natalia Lara
(Venezuela)

 

 

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Pintura: Hollis Dunlap

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La espera

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Es grasiento el día que te violenta
incluso la desprotección del sol,
la inocente lluvia que también se aleja
y el suelo como amenaza ¡tan áspero!
Hablamos de alguna ruta
entre tantos ojos suplicantes
y piernas que se estremecen.
La conmoción de un frío interminable.
Lacerados, en el destrozo,
apenas a centímetros del desamparo
pasamos de la derrota
a un territorio más humano.
Habitados por lo que fuimos
sin reverencias aguardamos.

 

© Natalia Lara
(Venezuela)

 

 

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Foto: Donald McCullin

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La beatitud de una mujer…

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La beatitud de una mujer que miro de frente. Ojos sin filtro por donde puedo entrar siendo apenas luz oscurecida, dada la belleza de la firmeza y líneas puras del largo ayer. Alma invadida, saturada de alcoholes que recorrieron la sangre de otros. El destino en los años con sus movimientos precisos, lejos de la cólera: te instruye. Llegas a engullir el estropeado mar descubierto y paralizado. Abajo las escarchadas ruinas, madre, sigues la nota más aguda, el final.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

.

 

 

 

 

 

 

© Natalia Lara

(Venezuela)

 

 

 

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Foto: Olivier Föllmi
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Poemas de Salustio González Rincones

*

Borracho

Bebe tu caña clara y ardiente

Oh! Bebedor de nariz colorada!

Jugo del trópico! Alegra tu mente

Con su mortal palidez destilada!

Alza la copa! Burla la gente

Tu desenfado en la cara pintada…

Foete de sangre! Vidrio candente

Te hará amigo de todo y de nada!

Huye la pena! Caña, tu hermosa

Besos te ofrece, te da una rosa

Y danza por ti en su retablo.

Dale más besos en la taberna

Y traspiés urde bajo tu pierna

Atajando los pollos del Diablo!

*

Sifilítica

¡Virgen de la roséola:  la siniestra corona

tú llevaste en las sienes! ¡Sufre de ti mi ausencia!

El mal francés te muerde con su muda presencia

y a tu cuerpo de estatua callado desmorona…

¡No quieres el arsénico y tu mal no perdona!

¡Dices que no lo tienes con torcida  inocencia,

y al hijo que tuviste lo azota la demencia,

lo corroe el espirilo  y su sangre atizona!

¿Por qué niegas curarte con tus tan tercos labios

y del elixir huyes que inventaron los sabios?

¡Tu esquivez no levanta una voz de perdón!

¡Diste a luz una víctima por ti herida en la cuna!

Madre quieres ser de otra. ¡No te basta con una!

¿Es que tienes ya sífilis dentro del corazón?

Estrambote:

Dijo el Santo Paracleto con su lengua de fuego:

El que no quiere ver es el mejor ciego…

*

A lo lejos, PALABRAS.

Quemaron con el odio

rojo del fuego

el Sauce.

Las ramas son carbones.

Hojas hábiles

corren

lúgubres por el Suelo.

El Sauce era tan viejo.

Ya ni nidos,

ni luceros,

ni aroma de vida bajo los aguaceros.

Su savia se había ido,

al Cielo

con los Ventarrones.

¿Su savia se había ido?

..en los vientos bufones…!

Sauce muerto.

Sauce

muerto. El blanco sauce

del Riachuelo tuerto

tiene la lóbrega acuarela del tronco muerto.

Ni estrellas. Ni Lunas.

Sólo Ranas algunas

en los Charcos que protegiste

con tu galante sombra triste;

Algunas

brunas.

Huiste

en humo. Como enorme incienso.

Intenso

Oro: Crepúsculo.

ORO minúsculo

del Lucero. ORO.

Cabras en coro.

Cabras en coro.

… muchas cabras.

A lo lejos palabras,

Voces que ignoro.

Sauce; saucines crecen.

Los vientos los estremecen.

Cuando anochecen

las arboledas,

se mojan en sombras.

Sombras

Sedas

que desaparecen en el camino

ebrio de vueltas, pálido como un asesino

El Río. El Sauce. El Lucero.

Frío

corre en su cauce

el Riachuelo tan vocinglero.

El Lucero,

El Sauce,  El Río.

Lo quemaron

con el Odio (Blanco nublado)

rojo del fuego.

Los sauces parece sollozaron

(Esplendían los carbones)

en genuflexiones.

Hábiles hojas corren.

¿Era un ruego?

Ignoro

de Crepúsculo todo el oro.

La Luna.

Parece hoja seca

Vieja,

oportuna esa campana. Sor, Hermana

Luna, Sor Hermana…

 

*

Stridor

 

A Mademoiselle Geneviève Gaillard.

 

 

Tú que de negro metal rechinante te vi madrugádala:

Máquina sola cantando tu humo en pos de las núbeste.

Ténder cargado de fuego que rápido ruedas y súbeste

Aspid que pica del monte los senos con lengua dorádala!

 

Lejos del pueblo nativo tu cinta de largos wagónesme

Flauta de tablas lanzada en pos de sus notas agúdaste

Siempre rodando llevóme ligera a las olas desnúdaste:

Fúlgidas cantan al puerto canción de sirenas y rojos

[tritónesme

 

Salve mi Monte cobalto nevado! Mi páramo trísteme!

Ola de tierra que al Cóndor abrigas hiératico y hóscolo

Como si fuera un Dios cansado que Egipto nos dísteme!

 

Alto Paracleto gris que ciérnese sobre las niéblalas

Huido del arca del tren que riachuela híspido y fóscolo

Luz sembrando en todas las jóvenes plácidas puéblalas!

 

 

 

(25028) 09.

 

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.

JPG WEB DATOS DE SALUSTIO006Salustio González Rincones, evasivo y profundo. Emigró joven de un país donde se ahogaba. Vivió hasta su muerte en Europa. Antes de dejar Venezuela,  escribió en un año,  el de 1907, dos  poemarios y composiciones sueltas  que permanecieron inéditas, hasta el día en que Sanoja Hernández y Monte Ávila presentaran una selección de las mismas.  Los textos extraídos forman parte de esa Antología Poética, textos representativos del talento de Salustio, para la edición obsequio del año 1977, de Monte Ávila Editores.

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Foto: Henri Cartier-Bresson

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«Fruit Punch» y otros poemas. Por Fernando González (Uruguay)

«Fruit Punch», de Fernando González (Uruguay) Fruit Punch

no me pregunten de dónde viene este jugo

porque no me lo puedo ni imaginar

sé que no se acaba

que podría ser resumido hasta quién sabe

qué esencia de cáscara de eucaliptos en verano

por esta procesión de ampollas abolicionistas

pero ofrezco tres dedos con anillo

para cargar la imposibilidad de sus síntesis

no me pregunten de dónde viene el jugo

está claro que no es una reflexión de sol invertido

en las cañadas de estas pampas ni skyline

de ciudades con sabor de leyenda

sé que no se acaba

que podría ser difamado/negado/adorado/

pero jamás embalsado para generar energía-bestia

ni cicatrizado por un coro de libélulas tan inciertas

ni agitado por un alud de latas de pintura

que a mí me dejaron con este altercado mafioso

en los dientes sé que nada lo perturba y

daría mi colección de contornos bienintencionados

y sería tierra en tu maceta para verlo multiplicarse

para ver por la ventana donde todo se vuelve humo.

***

Bob Willoughby

Ya veré de tus ojos esquilarte…

ya veré de tus ojos esquilarte con sueños azules
y será tras despojos
donde se cocerá a puntadas de días
-que no te pertenecen-
este relato sobre la paranoia y
los huesos en el extranjero, sobre la venida
de monstruos que ni te imaginas
dentro de cajas de federal express.
nieve sobre nieve sucia
palacios de hielo
la princesa por 22 días,
con los dedos de los pies
más hermosos del mundial de dedos de pies femeninos,
a punto de saltar;
averiado se me queda el pensamiento,
lastimado por la grasa amarilla del sol.

***

Monty Clift

Despedida

una luz está donde está
y no se puede tirar para hundirla,
estará en lo alto de la boca,
se alojará en el bajo intestino
desviará la atención
para no herir al bullicio
de esta fascinación increíble
por el aire acondicionado;
esta luz es la energía del monje
en contradicción,
de un tango en erección,
de un brío en segundas nupcias,
es la división que atornilla el total
del ensamble del parque de diversiones
esta luz, es tanta luz, que no da luz
es el émbolo que inflama la paz
de los traidores hasta que vuelvan las nieves
a dibujar nuevos diseños de micro flores
del paraíso
entonces todo se pondrá tan en orden
y la luz se apagará consciente de su
anacronismo
como un anciano abandona la aldea
para ser comido de tigres.

***

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LO-FI

“no tengo que decir
soy el hombre muerto”

Parmenides Rodríguez.

decibel acilindrado por el canal auditivo
yendo y viniendo con constancia
de río
se sigue el gran ruido gris
fabulando
nuevas
enmiendas

destornillando a la plaga
los remolinos gruesos
hunden el triperío del hombre-res.

***

bob-willoughby7-640x700

Como un extraño felino…

Como un extraño felino
te deslizas suave, aceitado en la noche
hasta trepar tu mirada,
tocando las cuerdas de lingas de acero del puente
un felino no de comic book, no de historia de fantasía heroica
Uno que se sumerge en la pelusa subterránea de la noche
se desvive por acontecer y modificar el destino de la chatarra de memorias
de su expiación del vacío
Seguirás falopeándote para mantener intacto tu albedrío
para endulzar la ansiedad
seguirás inflamándote para inflar un globo donde tomen aire tus pulmones hartados de nicotina
cuando las bacterias se coman la carne de las paredes del ensueño
y ya no queden más holydays para escrutar la paz
y llenarnos la cabeza de tannat o cabernet sauvignon de damajuana
serás el mismo que se cure los cortes con mantecas generadas
en impresoras 3D
a fuerza de no haber hallado mejores vacas.

a-FG-anigstan

***

4

A una mujer joven de vestido azul que camina

con timidez por una vereda de piedra

mientras yo tomo mi desayuno en la cafetería

Brillaba , era una piedra y se sentía
liberando energía de calor
sintió ser el argumento de los cielos en la tierra
una especie única que acomodaba el día,
sintió que sus llagas eran bocas
por donde le estaba entrando y se le devolvía
la justicia, el equilibrio limpio de una mañana
justo antes de quebrarse y dejar caer bolsas
de suero oral sobre las orgullosas memorias de las abuelas,

pero los rayos son unidireccionales
y una criatura intensa romperá más tarde
el tubo que la contiene y el haz de energía
se partirá justo en el eslabón más débil de sus lágrimas
y será una piedra que empieza a pulirse otra vez
en el lustrado pequeño zapato de la azafata

y yo desde el coffeeshop la veo alejarse
como un ave suave justo antes de volar ese vestido azul
a los techos de los rascacielos de más allá,
en vano mis ojos solo cuencas se llenan
de intrusos taxis amarillos y el ridículo mal gusto
de una limousine blanca
perdiendo lo que pudo ser y ya no será de esta moda;
bajo la cabeza y veo mi cara al revés en reflejo
de la curva interior de la cuchara de café
y leo en los posos de la taza encuentros futuros.

***

13

Hacia distrito invernal

Y el frío bostezando abría su cerrojo,

íbamos por la autopista a Jersey.

Nos detuvimos a cargar gas

y compramos café con crema;

un niño miraba desde un Honda

a la mujer fumando afuera

debajo del jarabe caramelo

que se llovía de los postes de luz

y entonces pagamos y volvimos a rodar,

carteles verdes nombraban los pueblos

y se apagaban quedándose atrás

cualquiera podía ser el destino y la psicosis

de la bruma los hacía ser ninguno.

Entonces era que me preguntaba :

Llegarás antes con las medicinas

o será el mismo arrebato de siempre

los postes de luz doblados de la autopista

contra la madera oscura de la frente.

 

***

 

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Welcome Original

 

recuerdo que había
un ciempiés de facultades sospechosas
que me caminaba la cabeza
y creía eran pelos nuevos
creciéndome entre las orejas
hacia adentro y se encontrarían
en una especie de acueducto romano

después vi preescolares haciendo fila
y se me pegó en la piel una especie de cocoa
intrínseca vencida

tomaba solo en la esquina de la barra
y me inventaba payasos donde quería
y me reía de las mentiras de Bukowski
sobre los bares y toda esa pelusa barata
tomando solo en un bar de EE UU
el engaño ya no funcionaba.

llegué tarde
me duché/ había chances de que
el misticismo de la ducha caliente
me lavara lo que 7 cervezas de 20 oz y 3 shots
no pudieron

empezaba a creer/cuando en los
azulejos se me armó el demiurgo
entonces fui hasta el dormitorio
para ver si aún seguías ahí durmiendo
estabas tan suave y acolchonada
que no sabía como hacer para despertarte
tenía que decírtelo
y buscaba mi vieja cara de hiena depresiva
que había sido salteada en su porción
de flan casero

el sol empezaba a infectarlo todo
con su obligacionismo tributario/
el sol tiene claro para quien jode

encendí el amplificador de válvulas
y los tubos empezaron a brillar
al menos en su conducta de soles
(no obligacionistas)
kt88 (x4) y 12au7 (x2) y 12ax7 (x2)
puse en el cd player el disco de Shostakovich
The Preludes & Fuges
con Alexander Melnikov al piano (HMC 902019.20)

lentamente como una oruga silenciosa
se me pegaba el olor a limpio de mi abuela Rosa
y me dormía en el sofá con el aliento de los nísperos
hasta que la actividad del camión de la basura
me despertó cargándose
las limaduras de nuestros desechos
a veces muy a veces el temprano sol
nos sacaba la mugre

un ciervo se deja vulnerar
en los montes de Branford
donde el invierno se quedó pegado
como un chicle
en la parte de abajo de la tabla del banco
del liceo.
Bienvenido seas original.

 

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(1) Google Images

(2-8) Bob Willoughby

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«Atas mi pelo…»

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Atas mi pelo al iris de tu ojo
veo escurrir tu soledad en mi vasija
abrazas mis alas de lluvia enajenada
y te recorro…

Son tus manos y las mías
bajo el agua.

 

 

 

 

 

 

© Natalia Lara – Venezuela

L

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Foto:  Berta Vicente Salas

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« No puedo hablar de vos aunque quisiera…»


NO PUEDO HABLAR DE VOS AUNQUE QUISIERA…

No puedo hablar de vos
aunque quisiera
imantar el vientre irisado
al ilapso impudente
que desata
la ebriedad copular
de tibios labios.

No puedo hablar de vos
aunque lamiera
tejido febril en el pináculo
y en una humareda
de espermas
convulsione la negrura
de mis párpados.

No puedo hablar de vos
aunque irrumpiera
el ciclón nacional
que se apertrecha

y asalta

                   y enclava

mis zapatos.

No puedo hablar de vos
aunque ofrecieras
rasgar prominente brillantez
de mis caderas

y ensalivar

                     y embadurnar

el himen lánguido.

(Hoy mi fuego enquistado
e inalcanzable
se debate en despótico vaguido
camuflada la embestida del caudillo
en el llanto irascible de sus pasos)

No puedo hablar de amor
aunque quisiera.

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Photo by Frederic Fontenoy 


Un poema de Julián del Casal

 

 

Sensaciones

Para el niño Gonzalo Aróstegui y
González de Mendoza

Tu pupila, cual vívida esmeralda,
guarda el fulgor de cosas celestiales,
y descienden los rizos a raudales
sobre el mármol bruñido de tu espalda.

Coronado de angélica guirnalda,
soñar debiste dichas inmortales,
del cielo en los jardines siderales
o de la Virgen en la amante falda.

Hoy que te halaga el paternal cariño
y sonríes al oír tu nombre,
cada vez que tu espíritu escudriño,

siente mi alma, aunque de ti se asombre,
con el vago deseo de ser niño,
la tristeza profunda de ser hombre.

 

 

 

15854279Julián del Casal (1863-1896). Abandonó sus estudios de leyes para dedicarse a la literatura.  Trabajó como escribiente en la Intendencia de Hacienda primero y de corrector y periodista luego. Publica su primer libro, Hojas al Viento en 1890. Después publica en 1892, Nieve y su volumen póstumo, Bustos y rimas en 1893. No sólo figura entre los mayores poetas del modernismo sino que, con Martí, Gutiérrez Nájera y José Asunción Silva, es también su precursor. En la obra de Casal podemos encontrar todas las facetas que dieron carácter al modernismo y todos los elementos que constituyeron la temática de ese movimiento. Fue amigo de Rubén Darío. 

Murió la noche del 21 de octubre de 1893, súbitamente en la sobremesa de una familia amiga cuando en un ataque de risa sufrió la mortal rotura de un aneurisma.

 

 

 

http://www.los-poetas.com/c/casalbio.htm