Miller intenta resolver su situación económica… Una carta a Anaïs Nin.

Cartas Anais Nin Miller

Dijon, 29 de enero de 1932

Querida Anaïs Nin:
el Lycée Carnot, así es como se llama el centro, en mi opinión está sólo un grado por encima de lo que es una penitenciaría. Llamar a esto régimen espartano, como lo ha hecho el doctor Krans, no significa nada (1). Quizá también contribuya el tiempo para que mi imagen del lugar sea enfermiza. Es cierto que, a excepción de Londres (que, incluso en febrero resultaba más benigna que esto), nunca he experimentado nada igual. El pueblo parece amortajado en un espeso sudario de gélida neblina, los árboles están blancos por el hielo y todo parece despellejado y lleno de grietas. No, éste es un Dijon bien distinto del que he conocido durante el verano.
Me han recibido con cordialidad y todos han sido amables… pero los edificios son como frigoríficos, además de siniestros, y están en un lamentable estado de abandono, mohosos y no sé qué más. Me encuentro rodeado por una docena de monitores, a quienes llaman surveillants, unos pobres diablos que luchan para ascender y ponen buena cara, a pesar de la mala comida, del frío, de la ausencia total de atractivo de la vida de aquí.
Con toda franqueza, mi primer impulso ha sido marcharme de este lugar hoy mismo. Una habitación pavorosamente fría, sin agua corriente, en el piso superior un dormitorio que te hace sentir la agradable sensación de que entras en una morgue. Mire, no quiero tomarme esto a la tremenda. Le escribo estas líneas de modo confidencial. Después de una semana o poco más, quizá ya no advierta las incomodidades. Pero durante las primeras horas… ¡horror! No es un lugar para enviar a un hombre blanco. Esto, entre nous.
Como un dato más a tener en cuenta en este alegre cuadro, permítame que le haga saber que esta mañana me han informado de que no recibiré ninguna compensación en metálico por el trabajo: sólo hospedaje y comida, lisa y llanamente. Por Dios que, si hubiera sospechado algo así (a pesar de la palabra «espartano»), me habría quedado en París, fuesen cuales fuesen las circunstancias. Tal como están las cosas, me veo en la obligación de formular un juicio razonable. (Enseñar no es difícil y sólo son nueve horas a la semana.)
No le escribiré aún al doctor Krans. De un modo explícito, lo recuerdo muy bien, me ha dicho que era cosa de «no dejarse llevar por las primeras impresiones», pero de haberme sentido moralmente libre, me habría marchado de inmediato. Si acaso, si le viera usted en estos días, dígale de paso que me encuentro un tanto desilusionado por la falta de retribución. El mismo y Desclos (de la Oficina Nacional) me aseguraron que la habría. Por lo demás, dejemos el tema por ahora. Tal vez pueda adaptarme y estoy muy deseoso de hacerlo, ya que estoy en la buena disposición de aceptar cualquier cosa. No quisiera aparecer como un ingrato ni como un alfeñique. Con todo, los dos profesores que me han precedido, el uno americano y el otro inglés, no han podido soportarlo. El inglés, según me han dicho, huyó el segundo día, al amparo de la noche, sin decir una sola palabra.
Me disgusta escribirle estas cosas, pero siento que puedo hablar libremente con usted. Por supuesto que aguantaré el mayor tiempo posible. De hecho no tengo otra alternativa. Ya he quemado todos los puentes a mis espaldas. Y por cierto que le ruego que no arme ninguna algazara al respecto. Me imagino que se trata de una situación típicamente francesa y nada puede hacerse acerca de ella. Y no importa lo que usted, o yo, digamos: nos considerarían americanos locos, convertidos en niños mimados por las excesivas comodidades físicas. Cuando pienso en el hotel Princesse, que a June le pareció tan difícil de tolerar, me resulta encantador.
Le haré tan sólo una descripción: el «refectorio». Allí es donde comemos los surveillants y yo. Parece una clínica judía barata, con los veladores de las mesas de frío mármol, frío como el hielo. Nos traen todos los platos al mismo tiempo: sopa, carne, verduras, postre. Por las mañanas te endilgan una buena taza de café, ya azucarado y mezclado con leche. El resto: pan sin mantequilla ni mermelada ni ninguna otra cosa. Eso a las siete y media de la mañana. Hacia el mediodía andas famélico, con aquello del frío y todo lo demás. La siguiente comida es a las siete. Nada de café en las comidas fuertes. Para prepararse para esto, para afrontarlo, los muchachos cantan y pelean y discuten sobre política. Dios mío, lo siento por ellos. Son grandes muchachos. Muy cerca de allí está la enfermería, en donde se atiende a los alumnos cuando están enfermos. El dormitorio en el que duermen es tan frío como el mismo infierno. La escalera recuerda algún lugar elegido por Edgar Allan Poe, o una especie de tragedia del Grand Guignol.
Pero qué diablos, basta ya de esto. Quizá la próxima vez logre escribir algo más interesante.

Cordialmente,
                                                                                                                                            Henry

_________________________

(1) Para resolver la situación económica de Miller, un amigo le había presentado al doctor Krans, administrador del sistema educativo de Francia, y éste le había ofrecido un trabajo en Dijon, como répétiteur d’anglais, instructor de inglés.

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