Del solitario Dámaso Ogaz : El huevo estéril

1.1

El huevo estéril*

Crecida en la época de la inseminación artificial, de las células fotoeléctricas, la publicidad luminosa, el radar, las antenas de televisión, ella ostentaba modales en consonancia con los gustos de su tiempo. Era delgada, pequeña, irritable, amante de la economía, la ciencia-ficción y tenía la inveterada costumbre de soñar.
Era bastante conmovedora con su ojo color de acero bruñido, con su alma girando sobre un eje, incapaz de salvación o perdición.
Se ignoraba qué manos invisibles marcaban su rumbo, sus pensamientos inseguros entre el trajín parisiense. Sólo conocía esa caja cerrada donde vivía, esa buhardilla estrecha, enjuta: largo cajón lleno de tradición desde cuya cúspide se veía la Tour Eiffel –el viejo ardid de las tarjetas de turismo–.
Tenía un marido altamente culto y espiritual, encuadernado en cuero flexible y gran lector de los best-sellers. Su marido, que la amaba en forma especial y nada peligrosa, trabajaba en horarios nocturnos. Cuando en la madrugada veía asomar su cabeza calva, aquella cabeza que ella hubiese deseado se pareciera a la de Landrú, plegaba la piel de su cara y poníase a incubar su único huevo, cumpliendo su deber legal. No obstante era también esa tenaz voluntad de darle un hijo legítimo, seguro, reconocible la que había creado este púdico ritual. Su infidelidad marital era una historia con cierta dosis de ambigüedad. Comenzó hace un tiempo, con la llegada de aquel vendedor de oráculos, de abundantes carnes, que la sorprendió cuando estrechaba amorosamente el precioso huevo contra sus senos… Éste fue el primero que le predijo la esterilidad del huevo tras una demostración práctica. Después una sucesión de rostros, manos, piernas, gestos y frases diferentes sobre el huevo. Pero era siempre el mismo chapuzón entre las sábanas y los trajes de aquel trabajador nocturno, con una confusión de leves gritos, gestos convulsionados y silencio. Para ella esta sucesión de amantes no era más que un juego, una broma, un deporte ligero, empero, se obstinaban en gritarle que ese adminículo negro que solía adornarle las piernas en lo más alto, lejos estaba ahora de permanecer en su lugar. Ella, entonces, se quedaba perpleja sin saber qué dirección tomar y qué palabras decir para no dejarse atrapar por los implacables engranajes de sus vecinas. Dudaba un tiempo, mas apenas podía fijar los pensamientos. Cualquier observación de este tipo hacía trabajar su organismo y la sangre se le empozaba en el sexo.
Después de algún tiempo cedía no al furor que las reglas del juego exigen sino al deber conyugal: el viejo sueño de darle un hijo legítimo, idéntico. Y sigue empollando su único huevo. ¡Oh dulce locura!
Llegaron los años de madurez y el huevo estéril, putrefacto, yace todavía entre sus piernas inmóvil.
– ¡Cochino mundo! – dijo, mientras movía el ojo ciego en dirección a lo alto.


  • Rayado sobre El Techo, n° 2. Ediciones El Techo de la Ballena, Caracas, mayo de 1963.

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Foto: Piotr Rosinski

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