Un poema

imperfeccion

 

(…)

 

 

Los dedos se ahorcaron en tacones feroces,

un delgado cinturón invadió la cadera,

la blusa fue pino blanco perfumado

con el sudor exhumado de las líneas paralelas

bajo unos pechos desguazados

al portar pan, fruto, lloviznas.

Las manos de él pesaron lo que pesa un espejo

eran como una antigua tierra amarilla,

agrias por la edad hecha lanza

pero, sin desmoronamiento ni horcadura…

Justas como un sol mediano,

tiernas en el juego de descubrirse

en esa líquida zanja trenzada

donde los dioses sollozan y se unen…

 

Del hotel mordimos la tarde

y su alabanza.

 

 

foto3

 

 

© Natalia Lara
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

 

 

 

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Foto: Miyako Ishiuchi

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