Guillermo SUCRE

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Guillermo Sucre: ilimitada extensión

 

 

 

 

(Tumeremo, Edo. Bolívar, 1933)

 

 

 

“Nadie tiene la palabra aunque hablen

o todos la tienen aunque callen”

 

 

El aporte del poeta, traductor y crítico literario, Guillermo Sucre, ha sido de gran valía como pensador de las Humanidades en Venezuela, ahondamiento visible muy elocuente en la creación poética y ensayística.

La calidad de su obra fue reconocida a tiempo, sin embargo, el prestigio más alto lo obtuvo con los textos ensayísticos sobre poesía hispanoamericana situados en La máscara, la transparencia, publicación realizada en el año 1975. Como poeta, pudiera decirse que ha permanecido subestimado.

Guillermo Sucre Figarella nació en Tumeremo, Estado Bolívar, el 14 de mayo de 1933. Su infancia y parte de su adolescencia la vive en Ciudad Bolívar, después de haber quedado huérfano de padre. Su iniciación en la literatura fue a través de los libros de su abuelo, Juan Manuel Sucre Ruiz, miembro de la Academia Nacional de la Historia. Se traslada a Caracas en el año 1945 para cumplir estudios de bachillerato. Se integra al grupo literario Cantaclaro. Colabora con la dirección del periódico Espiral. Durante un acto en el Centro Venezolano-Americano participa en una actividad política que lo lleva al presidio en la Cárcel Modelo donde permanece tres semanas. Después ingresa a la Universidad Central de Venezuela para estudiar la carrera Filosofía y Letras, estudios interrumpidos por la huelga universitaria. Con la pérdida de la autonomía de la universidad, decide participar en actividades de protesta. Es detenido en la cárcel de El Obispo, luego pasa a la Cárcel Modelo y más tarde se le exige el exilio, en 1952. Permanece por tres años en Chile; allí continúa los estudios que en su país natal inició, en el Instituto Pedagógico. Una vez que los culmina se traslada a París (1955-56), realizando un doctorado en Literatura Latinoamericana. En 1956 regresa a Venezuela como prisionero político, condición en la que permanece hasta 1958. En esos años escribe su primer poemario Mientras suceden los días, donde manifiesta su experiencia del exilio.

En 1958 funda el grupo literario Sardio que se disuelve en 1961, entre cuyos integrantes estaban escritores notables como Salvador Garmendia, Ramón Palomares, y Adriano González León. En ese año publica su primer libro de poemas. En 1959 regresa a Francia becado por la Universidad Central de Venezuela y el gobierno francés para estudiar Literatura Francesa. Regresa a Venezuela en 1962 y ejerce la docencia en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela y en el Instituto Pedagógico de Caracas. Trabaja como redactor en la revista Zona Franca y dirige el Suplemento Literario del diario oficialista La República junto al chileno Martín Cerda y el venezolano Luis García Morales. Como trabajo de ascenso en la UCV en 1965 escribe un libro de ensayo sobre la poesía de Jorge Luis Borges: Borges el poeta, editado por la UNAM en 1967, también será publicada por la editorial venezolana Monte Ávila y traducida al francés en 1971. En 1967 dirige la revista Imagen; al año siguiente viaja a Estados Unidos con la finalidad de ejercer la docencia en la Universidad de Pittsburg donde da clases de literatura latinoamericana.

Durante esa época publica su segundo y principal libro de poemas: La mirada (1970). Entre 1972 y 1975 colabora en las revistas literarias de difusión continental Revista Iberoamericana, Eco y Plural, y en los libros de estudios colectivos: América Latina en su literatura (1972) y Aproximaciones a Octavio Paz (1974). Ese mismo año publica una obra sin precedentes en la ensayística venezolana, La máscara, la transparencia, que será premiada el año siguiente con el Premio Nacional de Literatura. En 1975 regresa a Venezuela y trabaja como director literario de la editorial Monte Ávila, publica el poemario En el verano cada palabra respira en el verano y, en 1977, Serpiente breve. Hacia finales de 1988 publica La vastedad; da clases en la Escuela de Letras, edita y prologa varios de los libros de escritores venezolanos como José Antonio Ramos Sucre y Mariano Picón Salas. En 1933 publica el que hasta ahora es su último poemario La segunda versión, y fruto de sus vastas lecturas de poesía latinoamericana que ya había demostrado dos décadas antes con su libro La máscara, la transparencia, su Antología de la poesía Hispanoamericana. Realizó labores como traductor, trasladando del inglés a los poetas William Carlos Williams y Wallace Stevens, y del francés a André Breton, Saint-John Perse y René Girard. Entre las distinciones logradas tenemos: Beca Guggenheim (1970), Premio Nacional de Literatura en el género Ensayo con la obra La máscara, la transparencia (1975), Premio Francisco de Venanzi por la Universidad Central de Venezuela por su gran trayectoria investigativa (1996), Doctorado Honoris Causa por la Universidad Central de Venezuela (2009).

El epígrafe de José Martí que acompaña a La nueva mirada, correspondiente al Capítulo I del “libro más abarcante y penetrante que se conoce sobre la poesía hispanoamericana del siglo XX”, —como lo señala Alfredo Chacón en sus Lecturas de poesía sobre La máscara, la transparencia— interpela:

“¿Quién no sabe que la lengua es jinete

del pensamiento, y no su caballo?”

Con ese preámbulo nuestro autor nos muestra lo que mantiene, probablemente, como ideal: lo idiomático es la trascendencia, lo sempiterno, sumado a la aquiescencia del destino. Así lo devela en su poesía, presente, aunque un poco desmembrada en este atabacado siglo.

El primer libro de poemas Mientras suceden los días (1961), compuesto por los textos escritos en el exilio entre los años 1955 y 1957, está dividido en tres partes: “Mientras suceden los días”, “De los viajes y el regreso” y “Donde el viento no ha podido vencer”.

La visión que identifica la soledad, el destierro, el exilio:

“Y nuevamente

soy el movimiento de los días,

el movimiento de los árboles,

el movimiento de las hojas de otoño

recién extinguido”.

El diálogo con las palabras, la búsqueda por hallarse en nuevas imágenes, cierta melancolía entregada en el lenguaje. En el poema III dice:

“Este rostro en cuyo tácito fulgor

los recientes martirios

se coronan de soledad,

de orgullo.

O aquél donde la nostalgia abate

águilas, devora soles y sólo

encuentra edades ya desaparecidas.

O el que se transfigura en su penuria

y se hace implacable

como la tierra

se hace ilimitada extensión.

O el más solitario , mi otra faz,

mi doble vertiente de luz y sombra,

ése en quien el honor modela

su propia máscara, su agria ternura.

Oscuros rostros. Hirientes, luminosos.

Huesos labrados o combatidos por el tiempo.

Relámpagos que surgen de sus noches

y rasgan la otra penumbra, la otra

desdicha del cielo.

Astros al fin perplejos en donde lucen

el horror y la grandeza

de estos días”.

La estética de Sucre ha sido comparada a la de escritores como Octavio Paz y, Jorge Luis Borges. Cómo comunica su decir poético, la negación de la historia por la poesía, entendiendo que el lenguaje no es sustituto de la realidad, ni del mundo. En el poema V tenemos:

“Me abandono a la gloria de ser.

Celebro esta soledad, este orgullo.

Distante y próximo de mí mismo,

doy al fuego lo más feroz,

lo más puro del odio que rezumo,

y ardo luego en sus llamas

como en mi sangre.

Asumo mis dudas, mis tormentas:

soy lo que la tierra conquista,

más que su muerte, su destino.

Amo lo implacable, lo que fluye.

Del hombre exalto el júbilo

de su instinto, el rayo vengativo

de su amor, sus vigilias.

Y no doy paz ni tregua,

sino espadas,

a la turbia idolatría del espíritu.

Paciente, todo en mí se contradice,

se redime,

y en mi alma se engendran,

se devoran y al fin comulgan

los mitos y la realidad de mi especie.

Y digo que nada sucede, que nada

se levanta o derriba,

se apaga o se ilumina

bajo la mirada del hombre,

sin que la amorosa ráfaga del sexo

se desencadene sobre el mundo”.

Toda presencia se integra al silencio, la aceptación del destino que, aun siendo Sucre un exiliado, mantiene en la mirada el recuerdo, y se tiñe de compañía.

La pérdida temprana de sus padres, el sentimiento de la ausencia, la infancia útil en el tiempo, se observan en su literatura.

“Las palabras que no logro inventar

son las que me explican.

Sonido ahogado bajo las grandes lluvias

de mi infancia

y ese horror ese estupor

entre los follajes de la noche”.

La naturaleza es nutriente y, toman importancia las palabras cuando hacen contacto con el mundo:

“Ya no estamos en el verano

Pero somos el verano

Pudimos ser de otro modo

Nos tocó otro destino

Somos tierra encarnada

El sol trama nuestros sueños

El mar tu fragancia

La memoria se cierne en la arena

El agua te baña y floreces

Coral del deseo

El aire y tu cuerpo se dilatan

Copa de transparencia

El seco licor del lenguaje nos somete

La soledad el orgullo

Arco del cielo

sin horizonte

Tu cuerpo crea el espacio

Si un pájaro cruza

Un relámpago rasga tus ojos

El mar se ilumina y sus heridas

Blancas

se cierran en tu piel

Sal que devora y nos devora

Brillo que ciega y nos ciega

Nos tocó ese destino

Me tocó verme

En su destello

en tu mirada”.

En el verano cada palabra respira en el verano (1976), viene a ser el tercer libro de poemas de Sucre. Dividido en cuatro partes: “La felicidad”, “En el verano cada palabra respira en el verano”, “Entretextos”, y “Viendo pasar el Monongahela”. Este conjunto fluye con la conciencia y el protagonismo es esencialmente de las palabras. Prevalece el recurso de la simultaneidad, lo que evoca la ambivalencia mantenida en la poética de Roberto Juarroz. De este autor argentino Sucre señalaba que la palabra se ve desafiada en su poder de encarnación.

“Para empezar: no moriremos de poesía

nadie tiene la palabra aunque hablen

o todos la tienen aunque callen

poetas de su tiempo llegan a destiempo

me voy con los que parten y no regreso

anuncio a los que nada anuncian

el ojo del poeta se adueña del mundo

que reaparece

condenados a la realidad por la realidad

que inventamos

(realidad, realidad, no me abandones)”.

La perspectiva de la figura femenina también es referencia, presencia que se funde y aviva, su entrega que nutre “la amorosa ráfaga del sexo”. En un poema que dedica a su amante nos muestra:

A Julieta, en Cala Ratjada

“En mi obscurecido lenguaje penetra de pronto tu fulgor

estalla la estación.

Higuera alta dorada en el verano

de aquella isla.

Vientre que entonces reposabas como

la arena.

De una palabra a la otra arde luego mi paciencia. Viña lentamente macerada

por el deseo. Lámpara que un moscardón ciego hostiga.

Los vientos, la hojarasca, las memorias han pasado. Arpa que resuena

bajo mis manos, en tu cuerpo aún habitan los silencios. Otro idioma se

engendra con los sueños. En las ruinas de un amanecer su tenebroso

plumaje se ilumina.

Mar de jóvenes amantes: vigilia bajo el tiempo. De la penumbra de la

noche al fin brotabas, triunfante, desbordada sal, irisada para la

profundidad del día. Mirábamos sin espanto el nuevo sol. El pardillo

de alba que cantaba en tus ojos. Mirada águila. Mi única cumbre por conquistar.

Mi único cielo, bajo el cual mis palabras son relámpagos”.

Alguno de los nombres que expone la historia de la literatura venezolana, y las influencias para la época, sería justamente el de José Martí y su paso por Caracas. El peso de éste, como lo expresa Gonzalo Picón Febres en su libro sobre literatura del siglo XIX, básicamente sobre la oratoria, la retórica, y la elocuencia.

Para muchos críticos, los poetas venezolanos serían acusados de “imitar cualquier asunto extranjero”. A pesar de esos señalamientos, Sucre desde los años sesenta trabajó a partir de su intuición, combatió los americanismos, hispanismos y telurismos. Ya de nuevo en la escuela de Letras en la Universidad Central, conoce a dos profesores decisivos en su formación, el destacado filólogo Ángel Rosenblat y, el escritor y diplomático venezolano Mariano Picón Salas. La relación de Guillermo Sucre con ambos maestros fue de amistad, y en el plano intelectual.

Guillermo Sucre recupera su libertad con la caída del régimen de Pérez Jiménez, comienza entonces a intervenir en el campo cultural venezolano, y su apoyo continuó para el partido Acción Democrática.

Teniendo total conciencia de su rol como crítico, yendo de la superficie a la hondura, también muestra la otra cara, la del poeta que, de lo invisible se transporta hacia la superficie.

En La vastedad (1988) el conflicto entre realidad e ilusión:

“Escribo con palabras que tienen sombra pero no dan sombra

apenas empiezo esta página la va quemando el insomnio

no las palabras sino lo que consuman es lo que va ocupando la realidad

el lugar sin lugar

la agonía el juego la ilusión de estar en el mundo

la ilusión no es lo que hace la realidad sino la ráfaga encendida

simulacros donde ocurren las ceremonias

intercambios del fulgor del vacío del deseo

ya no hay sitio para la escritura porque ella es el sitio mismo

de lo que se borra

no descubrimos el mundo lo describimos en su terca elusión

ya no volveré al mar pero el mar vive en esa ausencia

que es el mar cuando la palabra lo dice

y se derrama sobre la página como una mano

ya no estaré en el bosque sino en la hoja que escribo

y entreveo su ramaje pasa el viento

ya no habrá más verano sino sol que devora a la memoria

y viene la gran noche de la arena que cubre los ojos

y sólo podemos leer lo que no estaba escrito.”

La presencia de la poesía de Sucre ha tenido vientos contrarios, pero sus símbolos universales, la conciencia de finitud, partir del poema al autor, y “ubicar el poema en el centro del mundo”, lo hacen definitivamente necesario, con su mirada que estremece, y que busca transformar lo ya dicho, aún sin existir lo imagina, incluso la felicidad:

(…) Así pues no puedo hablar de la felicidad pero

puedo callarme en ella

recorrer su silencio la vasta memoria de no

haberla tenido (…)

Frente a lo irracional, la racionalidad del poema, pero jamás indiferente a la condición humana. La facultad del lenguaje, la mano que lo escribe sin absolutos. La creación como núcleo, y el lenguaje como horizonte para nuestro talentoso, Guillermo Sucre.

 

 

 

 

 

 

Mayo 13 de 2017

 

 

 

/nl

 

 

 

 

 

___________________

  • Guillermo Sucre, “La máscara, la transparencia”, Monte Ávila Editores C.A. Caracas, Venezuela (1975)
  • Alfredo Chacón, “Lecturas de poesía”, Oscar Todtmann Editores. Caracas, Venezuela (2005)

 

 

 

 

 

 

__________________________

 

Foto: Roberto Mata

 

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