Un poema para Nora

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Un pedazo del mundo
que recuerdo
era un terreno alto
en el cesto de las horas.
Lo miro
fragante es la arboleda
plácida morada.

Es intrépido el espíritu
en el que se incrustan los hombres
para anticipar sus deseos.

Este es el misterio:
transcurren los años
con sus negros azadones
de puntas opuestas
y no se corta el cuello
de la vieja madriguera.

Impreciso o no
el destino es una boca abierta.
Vagamos en él
como la noche en sus calambres,
agujero subterráneo…

De pronto un hierro rojo
golpea las cabezas.
Y esa sensación
de anidar hilos como amarillas serpientes
en la piel de un cráneo roto.

El patio se inunda
s a n g r a n t e
con sus múltiples flechas.
Descubrimos nuestras manos
parados frente a un espejo.

En ese lugar, espejeante,
redescubrimos nuestros ojos;
se abren florecidos
sin lamento que descosa
ni serpientes amarillas…

Sí una boca abierta
en el cesto de las horas.

Y aquellos ojos

                                                   que no se mudan.

 

 

© Natalia Lara

(Venezuela)

 

 

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Foto: Hans Hartung

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