Antes que la medianoche cayera…

 

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Antes que la medianoche cayera
habría querido borrarte
corresponder a los pálidos balbuceos
aniquilar el trozo de realidad
mudarla desde adentro.
No se puede esconder el charco
donde mis manos sumisas se quebraron.
Pequeñas y cosidas manos
desfiguradas y huidizas
sin color para palpar la soledad
sin fuerza para encender el farol.
Repetida fuga
entre las cuerdas de un camino denso
con las moradas sombras encorvadas
ausente de regresos borrosamente sonoros…
No se puede esconder el charco
donde mis manos sumisas irrecuperables se hunden
 
 
                    en alta noche sin luz.



© Natalia Lara – Venezuela

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Foto: Lieko Shiga

 

Relato

 

5

 

La tarde perseguidora se interrumpía con los soplos de luz metal, de pronto la noche sobre los cimientos: imposible eludirla. Ya topábamos con las angostas calles de un pueblo diminuto. Olor a salitre combinado con la brisa fría. Sabíamos que lejos de las luces se arrastraba un mar tibio, frente a él, todas las casas abandonadas. Cucarachas en siniestra metamorfosis protegían al suelo de cualquier mal presagio. Ellas se enredaban en nuestros tobillos y nos agitábamos. Manteníamos interrogantes en medio del paso vigoroso. ¿Qué significado tendrían? ¿Qué debíamos comprender de la formación de sus alas quebradizas, y su sexo? De repente la tierra, naranja y espesa. El bahareque simple y honroso nos sorprendía. Sin demoras tomamos la puerta gratuitamente bañada de óxido. Cajas y botellones distribuidos en hileras. Telarañas altaneras con sus presas, multiplicadas… Habían pequeños objetos que, lejos de parecernos nauseabundos, nos remontaban a otra época de frente a nuestros antepasados. Alargamos las manos, necesitábamos plegarnos, rápidamente. Escaseaban los instantes en dónde desahogar las fiebres. El juego de la depravación, extremo absoluto.  Fuera del sobresalto, inducidos por los tiempos que como finas astillas se mantenían mirándonos.  ¡Días de júbilo los de la procreación! Y ahora mostrándonos sin pieles, abrumados por los líquidos, resbalando.  Conocedores del lapso de vibración de la carne. Particularmente me bastaba moverme en su rodilla, lustrarla. Volverme cilíndrica, rotar en su pecho. Ensamblados, tragando ociosamente la vigilia; confiados del tacto, inclinados, prolongando la huella, para volver al espacio, estremecernos en nuestros tres hijos, y proseguir en los bordes de las montañas, dentro de las plantaciones de café, contemplándonos satisfechos. Delectación flotante, con nosotros este ahora.

 

 

 

 

 

 

© Natalia Lara
(Venezuela)

 

 

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Ilustración: Kaethe Butcher

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El viejo…

 

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El viejo
sobre mi pecho
más ancho que el río.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Natalia Lara

(Venezuela)

 

 

 

 

 

 

 

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Foto: Paul Hansen