«Jóvenes distintas», de Virginia Woolf

 

 

 

 

“Arranqué mayo y junio enteros”, dijo Susan, “y veinte días de julio. Los arranqué y los retorcí, así que ya no existen, salvo como un peso en mi costado. Fueron días estropeados, como esos insectos que van a la luz pero con las alas encogidas sin poder volar. Quedan solamente ocho días. Dentro de ocho días bajaré del tren a la plataforma a las seis y veinticinco. Entonces mi libertad se desplegará y todas estas restricciones que arrugan y encogen —horas y orden y disciplina, y estar aquí y allá en el momento preciso— se harán pedazos. Surgirá de golpe el día en el momento en que abro la puerta del vagón y veo a mi padre con el sombrero y los botines de siempre. Temblaré. Romperé a llorar. Y a la mañana siguiente me levantaré al amanecer. Saldré por la puerta de la cocina. Caminaré por el campo. Los grandes caballos de los jinetes fantasmas atronarán detrás de mí y se detendrán repentinamente. Veré la golondrina rozar el pasto. Me echaré en una ribera del río y miraré los peces entrar y salir del juncal. Las palmas de mis manos tendrán impresas hojas de pino. Allí habré de desplegar y sacar eso que haya hecho aquí; algo duro. Ya que algo creció en mí aquí, a lo largo de los inviernos y los veranos, en escaleras, en dormitorios. Yo no quiero, como quiere Jinny, ser admirada. Quiero dar, ser dada, y soledad en la que desplegar mis posesiones”.

“Entonces volveré a lo largo de los senderos que oscilan bajo los arcos de las hojas de nogal. Me cruzaré con una vieja que empuja un cochecito de niño lleno de leña, y con el pastor. Pero no nos hablaremos. Volveré por el jardín de la cocina y veré las hojas encogidas de los repollos recorridas de rocío, y la casa en el jardín, ciega de ventanas con las cortinas corridas. Subiré a mi cuarto y revisaré las cosas mías, que están guardadas cuidadosamente en el ropero: mis conchas, mis huevos, mis pastos raros. Le daré de comer a mis palomas y mi ardilla. Iré a la perrera y peinaré mi spaniel. Así que de a poco volcaré eso duro que me creció aquí en el costado. Pero aquí suenan timbres, se arrastran pies todo el tiempo”.

“Odio la oscuridad y dormir y la noche”, dijo Jinny, “y tendida ansío que llegue el día. Ansío que la semana sea toda un día sin divisiones. Cuando me despierto temprano —los pájaros me despiertan— me quedo tendida y miro cómo se aclaran las manijas de bronce del aparador; después la palangana; después la percha de la toalla. A medida que se aclara cada cosa de la habitación mi corazón late más rápido. Siento que mi cuerpo se endurece, y se vuelve rosado, amarillo, marrón. Mis manos recorren mis piernas y mi cuerpo. Siento sus declives, su delgadez. Me encanta oír tronar el gong por la casa y cómo empieza el movimiento —un golpe por acá un golpeteo por allá—. Puertas que golpean; agua que corre. He aquí otro día, he aquí otro día, grito al poner los pies en el suelo. Puede que sea un día estropeado, un día imperfecto. Con frecuencia me reprenden. Con frecuencia estoy en la mala por pereza, por reírme; pero hasta cuando la señorita Matthews rezonga por mis descuidos disparatados de repente veo algo que se mueve —tal vez una mota de sol sobre un cuadro, o el burro que arrastra la cortadora por el pasto; o una vela que pasa entre las hojas del laurel, así que nunca me deprimo. No se puede evitar que haga piruetas detrás de la señorita Matthews que reza”.

“Y ahora llega también el tiempo de dejar la escuela y usar faldas largas. Usaré collares y un vestido blanco sin mangas por la noche. Habrá fiestas en habitaciones brillantes; y un hombre me elegirá y me dirá lo que no le dijo a nadie. Le gustaré más que Susan o Rhoda. Encontrará en mí alguna cualidad, algo peculiar. Pero no permitiré ligarme a una persona solamente. No quiero estar fijada, estar trabada. Tiemblo, palpito, como la hoja del cerco, sentada al borde de la cama, con los pies colgando, con un día nuevo para empezar. Tengo cincuenta años, tengo sesenta años para gastar. Todavía no empecé mi provisión. Este es el principio”.

“Faltan horas y horas”, dijo Rhoda, “para que pueda apagar la luz y yacer suspendida en mi cama sobre el mundo, para que pueda dejar caer el día, para que pueda dejar crecer mi árbol, palpitante de pabellones verdes por encima de mi cabeza. Aquí no puedo dejarlo crecer. Alguien golpea a través de él. Hacen preguntas, interrumpen, lo derriban”.

“Ahora iré al baño y me secaré los zapatos y me lavaré; pero cuando me lave, cuando incline la cabeza sobre la palangana, dejaré que me flote sobre los hombros el velo de la emperatriz de Rusia. Que ardan sobre mi frente los diamantes de la corona imperial. Oigo el rugido del populacho hostil al salir al balcón. Ahora me seco las manos, con energía, para que esa señorita, cuyo nombre no recuerdo, no pueda sospechar que amenazo con el puño a un populacho irritado. «Soy vuestra emperatriz, pueblo.» Mi actitud es de desafío, no temo. Yo triunfo. ”

“Pero este es un sueño fugaz. Este es un árbol de papel. La señorita Lambert lo deshace con el aliento. El solo verla desaparecer por el corredor lo parte en átomos. No es sólido; no me satisface —este sueño de emperatriz—. Ahora que se abatió me deja aquí en el pasillo más bien temblando. Las cosas parecen menos claras. Iré a la biblioteca y tomaré algún libro, y leeré y miraré; y leeré otra vez y miraré. Aquí hay un poema sobre un cerco. Caminaré a lo largo y recogeré flores, de enredadera verde y el espino color de luna, rosas silvestres y hiedra trepadora. Las rodearé con las manos y las pondré sobre la superficie brillante del escritorio. Me sentaré a la orilla palpitante del río y miraré los nenúfares, grandes y brillantes, que encendían el roble que se inclinaba sobre el borde con rayos de luna de su propia luz de agua. Recogeré flores; entrelazaré flores en una guirnalda y las tomaré y las ofreceré —¡Ah! ¿a quién? Hay algún impedimento en el flujo de mi ser; una corriente profunda que da contra algún obstáculo; se sacude; tira; algún nudo del medio resiste. ¡Ay, esto es dolor, esto es angustia! Me desanimo, desmayo. Ahora mi cuerpo se deshiela; me abro, estoy candente. Ahora la corriente se vuelca en una marea profunda que fertiliza, abre lo cerrado, fuerza lo ceñido, que inunda. ¿A quién le daré todo lo que corre ahora por mí, de mi cuerpo caliente, poroso? Recogeré mis flores y las ofreceré —¡Ay! ¿a quién? ”

“Los marineros andan por el paseo, y parejas tiernas; los ómnibus traquetean por la costanera hacia la ciudad. Daré; enriqueceré; le devolveré al mundo esta belleza. Enlazaré mis flores en una guirnalda y adelantándome con la mano tendida las ofreceré —¡Ah! ¿a quién?”

 

 

 

virginia-woolf-biografia--644x462Virginia Woolf . Nace el 25 de enero de 1882, en Londres.  Fue la tercera de cuatro hermanos. Su padre era sir Leslie Stephen, un destacado crítico literario e historiador. Su madre, Julia Duckworth, era miembro de una familia de editores importantes.

Woolf empezó a escribir artículos y críticas regularmente en el periódico The Guardian y para el suplemento literario de The Times. También fue invitada a dar clases en el Morley College, una escuela para mujeres y hombres de la clase trabajadora, donde esporádicamente enseñó literatura e historia inglesa.

En 1912 se casó con el economista e historiador Leonard Woolf, a quien conoció en las charlas intelectuales en Bloomsbury, y del que tomó su apellido. Cinco años más tarde ambos fundaron la editorial Hogarth Press.  Sus obras más famosas incluyen las novelas La señora Dalloway (1925), Al faro (1927), Orlando: una biografía (1928), Las olas (1931), y su breve ensayo Una habitación propia (1929).

El 28 de marzo de 1941, Woolf se suicidó.

 

 

 


Mario Giacchino, Las mujeres observadas, Editorial Tiempo Nuevo, S. A. Caracas, Venezuela.

 

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Foto: Leonard Woolf

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