Un poema de Julián del Casal

 

 

Sensaciones

Para el niño Gonzalo Aróstegui y
González de Mendoza

Tu pupila, cual vívida esmeralda,
guarda el fulgor de cosas celestiales,
y descienden los rizos a raudales
sobre el mármol bruñido de tu espalda.

Coronado de angélica guirnalda,
soñar debiste dichas inmortales,
del cielo en los jardines siderales
o de la Virgen en la amante falda.

Hoy que te halaga el paternal cariño
y sonríes al oír tu nombre,
cada vez que tu espíritu escudriño,

siente mi alma, aunque de ti se asombre,
con el vago deseo de ser niño,
la tristeza profunda de ser hombre.

 

 

 

15854279Julián del Casal (1863-1896). Abandonó sus estudios de leyes para dedicarse a la literatura.  Trabajó como escribiente en la Intendencia de Hacienda primero y de corrector y periodista luego. Publica su primer libro, Hojas al Viento en 1890. Después publica en 1892, Nieve y su volumen póstumo, Bustos y rimas en 1893. No sólo figura entre los mayores poetas del modernismo sino que, con Martí, Gutiérrez Nájera y José Asunción Silva, es también su precursor. En la obra de Casal podemos encontrar todas las facetas que dieron carácter al modernismo y todos los elementos que constituyeron la temática de ese movimiento. Fue amigo de Rubén Darío. 

Murió la noche del 21 de octubre de 1893, súbitamente en la sobremesa de una familia amiga cuando en un ataque de risa sufrió la mortal rotura de un aneurisma.

 

 

 

http://www.los-poetas.com/c/casalbio.htm

D e c l i v e

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«Yo soy las alas con que huyes de mí»
Manuel Scorza

 

 

Un pájaro extraviado carcome mis pechos
e n r o j e c i d o s
sanguinolento líquido humedece la piel.
¿Por qué en el umbral de la queja
si “El Pájaro” de Miró
reposa en el Museo de la Reina
no en mi cuerpo?

Te eternizas en el borde
irregular de mis pezones
desde la punta observas
el tortuoso conducto entretejido.
¿Cuántas células ves multiplicadas?

Penetra de una vez, enteramente
invasiva hiel que me hace daño
en agujeros funestos convertiste mi frente.

Persisto inmóvil
entre el cincel de los fármacos
que no resucitan muertos.

(El aire es una turba
de matizados grises
que ahúman mis contornos…)

¡Préstame tus alas!

¡Préstame tus alas
quiero perderme!

 

 

© Natalia Lara

(Venezuela)

 

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Foto: David Jay

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La tarde en el poema de Aladar Temeshy

 

 

 

Estar presente es

 

Conocer los árboles de ayer
que estarán cuando tú ya no estarás
estar presente es
beber de las fuentes de la plaza
que estarán cuando tú ya no estarás
estar presente es
navegar los ríos
que correrán cuando tú ya no estarás
estar presente es
vivir en la sombra del tiempo
que siempre estará.

 

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*

 

Mediodía

 

 

El sol derrite los rostros errantes

escondidos entre las moradas lavandas

los laberintos se abrieron

el mundo es caliente , vertical

el mediodía se comparte

entre el hombre y su inercia

el suelo devoró ya su sombra.

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*

La lluvia

 

esperaba la promesa lejana

La lluvia mordiendo el verano

esperaba las letras domingueras
La lluvia mordiendo el tiempo

busqué la imagen nocturna

La lluvia mordiendo el mundo

vi el árbol viejo al fin del camino
La lluvia mordiendo la vida

no hay promesa, imagen, árbol
La lluvia borró el recuerdo.

 

CL178-51

 

***

 

aladár temeshyAladar Temeshy (Hungría, 1925). Arquitecto de perfil renacentista con estudios en Budapest, Viena, Perugia, Los Ángeles y Caracas. Perteneció al grupo literario de Alfredo Silva Estrada. Participó en los talleres del Celarg coordinados por el mismo poeta y por Belkys Arredondo. Ha publicado artículos en El Universal (entre 1992-93) y La Razón (1995-05); los poemarios: Líneas cortas (1993: Tres Impres); Probando el tiempo (2001: La Diosa Blanca); El Califato (2005: El Pez Soluble); Hierba alta (2006: El Pez Soluble); El libro de las decepciones (2008: La Diosa Blanca) y Viajes en la noche (2009: La Diosa Blanca), los relatos: Estrellas fugaces en las esquinas del mundo (2006: El Pez Soluble).

 

 

 

 

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Foto: Olive Cotton 

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Gracias, Letralia.

 

I

Asomándome a las voces de los ausentes
mundo de aparente quietud
yerbas en la distancia
vida extendida bajo el lecho
eterno de lluvias gotea.

 

II

Bendita tregua la que taladra.
Un río habla del mar
fecundo e hinchado
y allí las formas
de luna sembradas
desnudez de cobre.

 

III

Contigo salí
en contraste con la noche vencida
beatus ille
el dibujo sencillo y lejano.
Cuestionamientos
y respuestas mínimas
como farol consciente
embriaguez sin finitud.

 

IV

Torpes en la niebla
reservamos nuestras manos
y la despedida no llegó con su mármol
descenso torvo.

 

V

Te alcancé
al otro lado de la mesa
con fina y rugosa mano
que recién recogía
el olor extenso de las estepas
y pronuncio tu nombre
como lectura poblada
intentando entender
que no has muerto.

El viejo
sobre mi pecho
más ancho que el río.

 


 

Poema XXII

“Sin memoria, no somos”.
Luis Rojas-Marcos

La tiesura de los pasos de piedra,
el río de muertes atizadas

En el verdor de unos huesos
Golpeados…….irrescatables
indefensos ante el musgo
la lluvia rompe la aridez
quiebra el calor del mediodía
se hace ronca la tarde.
Un hombre limitado
sonríe con tristeza
traga el ramalazo del sacrificio
asume la afrenta por un corto momento
misterioso……….abandonado
raído.
Huye de la imagen babélica y
……………………………….[empurpurada
como si existiese un cuajo de luz;
Para subsistir,
viaja laberíntico e insoluble
apenas la espuma olfateada
—entallada estación.
¿Acaso la blandura del párpado
lentamente vencido?
¿La línea acorazada y desnuda
en el silbo del tiempo senil y roto?
¡El reflejo empobrecido de alborozos,
la abundante esperanza afligida!
¡Mayo revelador
de amarilleada sombra!
No hay ventura que refleje la nueva vida.
¿Quién domina en la distancia?
¿Voraces tentáculos atabacados?
El ritmo impreciso desprende la saña
una nota borrosa
m a s t i c a d a
donde los rastros se diseminan.

Hubiese querido abrir la boca de los caños,
destilar mar bajo tu lámpara
ser la orilla que alcanzabas
con pisadas seguras en la tierra
y no soy más que el espigado temblor
que pule neblinas sobre tu frente.
Lejos de la columna vencida que te sostiene,
del desolado invierno y desmemoria,
tus hombros con acacias extendidas
que escuchan el silencio de tu carne.
¡Ya tus várices salpicadas de hogueras!
Desde el vigoroso estanque de la noche
la voz que no resuena entre los ciervos
el grito dormido del relámpago
rojo el umbral del olvido.
Iris que te arroja a la eternidad
tibio metal el del navío
próximo a tus cabellos oceánicos.
Recuerda………………….recuerda
recuerda
Hay una plenitud de cielo hacia el fin
una blancura densa y remota
que sostiene campanas y corales
para tender la edad del inicio
y derramar nueva savia en la sencilla hora,
[padre.

 


 

Un pedazo del mundo…

para Nora

Un pedazo del mundo
que recuerdo
era un terreno alto
en el cesto de las horas.
Lo miro
fragante es la arboleda
plácida morada.
Es intrépido el espíritu
en el que se incrustan los hombres
para anticipar sus deseos.
Este es el misterio:
transcurren los años
con sus negros azadones
de puntas opuestas
y no se corta el cuello
de la vieja madriguera.
Impreciso o no
el destino es una boca abierta.
Vagamos en él
como la noche en sus calambres,
agujero subterráneo…
De pronto un hierro rojo
golpea las cabezas.
Y esa sensación
de anidar hilos como amarillas serpientes
en la piel de un cráneo roto.
El patio se inunda
s a n g r a n t e
con sus múltiples flechas.
Descubrimos nuestras manos
parados frente a un espejo.
En ese lugar, espejeante,
redescubrimos nuestros ojos;
se abren florecidos
sin lamento que descosa
ni serpientes amarillas…
Sí una boca abierta
en el cesto de las horas.
Y aquellos ojos
……………………………………………que no se mudan.

Natalia Lara

Escritora venezolana (1978). Reside en Puerto Ordaz, Bolívar. Formó parte del grupo literario El Círculo Impreciso (2011). Cursó talleres auspiciados por la Sala de Arte Sidor, a cargo del poeta guayanés Francisco Arévalo. Ha publicado sus escritos en diarios de circulación regional del estado Bolívar y en otros, tales como El Venezolano y El Periodiquito (Maracay, Aragua). Ha participado en diversas lecturas poéticas. Gracias a Néstor Rojas y Francisco Arévalo, al apoyo de Fundaletra y la Sala de Arte Sidor, realizó el Diplomado de Poesía Venezolana Siglo XX (2017).

Sus textos publicados antes de 2015
285290296

 

 

 

https://letralia.com/letras/poesialetralia/2019/08/07/tres-poemas-de-natalia-lara/

Sobre la depresión.

RobertGregoryGriffeth_thumb[2]
Cajón de Sastre
«La muerte es el enemigo. La muerte es contra lo que cabalgo
con la espada envainada y el pelo flotando al viento.»
Virginia Woolf
Desciendo y suspende
el quicio de la puerta,
libélulas extrañas sobrevienen
asaltan y carcomen las mieses.
Hipócrates observa
el impregnar de bilis negra,
inyecta las córneas transidas
confines de mis ojos.
Abomino las horas oscilantes
en el badén que sostiene
tristezas                 alegrías.
¿Trastorno?
¿Manía?
¿Psicosis?
Hundida resisto estabilizadores
hasta que un episodio dirija mi muerte.
En las manos de Luzbel.
© 2012 Natalia Lara

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Foto: Robert Gregory Griffeth

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Poema XXII

 

ALEXTENNAPEL

Poema XXII

“Sin memoria, no somos”.

Luis Rojas-Marcos

 

 

La tiesura de los pasos de piedra,

el río de muertes atizadas

En el verdor de unos huesos

golpeados                  irrescatables

indefensos ante el musgo

la lluvia rompe la aridez

quiebra el calor del mediodía

se hace ronca la tarde.

Un hombre limitado

sonríe con tristeza

traga el ramalazo del sacrificio

asume la afrenta por un corto momento

misterioso                        abandonado

raído.

Huye de la imagen babélica y

[empurpurada

como si existiese un cuajo de luz;

Para subsistir,

viaja laberíntico e insoluble

apenas la espuma olfateada

– entallada estación.

¿Acaso la blandura del párpado

lentamente vencido?

¿La línea acorazada y desnuda

en el silbo del tiempo senil y roto?

¡El reflejo empobrecido de alborozos,

la abundante esperanza afligida!

¡Mayo revelador

de amarilleada sombra!

No hay ventura que refleje la nueva vida.

¿Quién domina en la distancia?

¿Voraces tentáculos atabacados?

El ritmo impreciso desprende la saña

una nota borrosa

m a s t i c a d a

donde los rastros se diseminan.

Hubiese querido abrir la boca de los caños,

destilar mar bajo tu lámpara

ser la orilla que alcanzabas

con pisadas seguras en la tierra

y, no soy más que el espigado temblor

que pule neblinas sobre tu frente.

Lejos de la columna vencida que te sostiene,

del desolado invierno y desmemoria,

tus hombros con acacias extendidas

que escuchan el silencio de tu carne.

¡Ya tus várices salpicadas de hogueras!

Desde el vigoroso estanque de la noche

la voz que no resuena entre los ciervos

el grito dormido del relámpago

rojo el umbral del olvido.

Iris que te arroja a la eternidad

tibio metal el del navío

próximo a tus cabellos oceánicos.

Recuerda                 recuerda

recuerda

Hay una plenitud de cielo hacia el fin

una blancura densa y remota

que sostiene campanas y corales

para tender la edad del inicio

y derramar nueva savia en la sencilla hora,

[ padre.

 

 

© Natalia Lara

(Venezuela)

 

 

 

 

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Foto:  Alex Ten Napel

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«Jóvenes distintas», de Virginia Woolf

 

 

 

 

«Arranqué mayo y junio enteros», dijo Susan, «y veinte días de julio. Los arranqué y los retorcí, así que ya no existen, salvo como un peso en mi costado. Fueron días estropeados, como esos insectos que van a la luz pero con las alas encogidas sin poder volar. Quedan solamente ocho días. Dentro de ocho días bajaré del tren a la plataforma a las seis y veinticinco. Entonces mi libertad se desplegará y todas estas restricciones que arrugan y encogen —horas y orden y disciplina, y estar aquí y allá en el momento preciso— se harán pedazos. Surgirá de golpe el día en el momento en que abro la puerta del vagón y veo a mi padre con el sombrero y los botines de siempre. Temblaré. Romperé a llorar. Y a la mañana siguiente me levantaré al amanecer. Saldré por la puerta de la cocina. Caminaré por el campo. Los grandes caballos de los jinetes fantasmas atronarán detrás de mí y se detendrán repentinamente. Veré la golondrina rozar el pasto. Me echaré en una ribera del río y miraré los peces entrar y salir del juncal. Las palmas de mis manos tendrán impresas hojas de pino. Allí habré de desplegar y sacar eso que haya hecho aquí; algo duro. Ya que algo creció en mí aquí, a lo largo de los inviernos y los veranos, en escaleras, en dormitorios. Yo no quiero, como quiere Jinny, ser admirada. Quiero dar, ser dada, y soledad en la que desplegar mis posesiones».

«Entonces volveré a lo largo de los senderos que oscilan bajo los arcos de las hojas de nogal. Me cruzaré con una vieja que empuja un cochecito de niño lleno de leña, y con el pastor. Pero no nos hablaremos. Volveré por el jardín de la cocina y veré las hojas encogidas de los repollos recorridas de rocío, y la casa en el jardín, ciega de ventanas con las cortinas corridas. Subiré a mi cuarto y revisaré las cosas mías, que están guardadas cuidadosamente en el ropero: mis conchas, mis huevos, mis pastos raros. Le daré de comer a mis palomas y mi ardilla. Iré a la perrera y peinaré mi spaniel. Así que de a poco volcaré eso duro que me creció aquí en el costado. Pero aquí suenan timbres, se arrastran pies todo el tiempo».

«Odio la oscuridad y dormir y la noche», dijo Jinny, «y tendida ansío que llegue el día. Ansío que la semana sea toda un día sin divisiones. Cuando me despierto temprano —los pájaros me despiertan— me quedo tendida y miro cómo se aclaran las manijas de bronce del aparador; después la palangana; después la percha de la toalla. A medida que se aclara cada cosa de la habitación mi corazón late más rápido. Siento que mi cuerpo se endurece, y se vuelve rosado, amarillo, marrón. Mis manos recorren mis piernas y mi cuerpo. Siento sus declives, su delgadez. Me encanta oír tronar el gong por la casa y cómo empieza el movimiento —un golpe por acá un golpeteo por allá—. Puertas que golpean; agua que corre. He aquí otro día, he aquí otro día, grito al poner los pies en el suelo. Puede que sea un día estropeado, un día imperfecto. Con frecuencia me reprenden. Con frecuencia estoy en la mala por pereza, por reírme; pero hasta cuando la señorita Matthews rezonga por mis descuidos disparatados de repente veo algo que se mueve —tal vez una mota de sol sobre un cuadro, o el burro que arrastra la cortadora por el pasto; o una vela que pasa entre las hojas del laurel, así que nunca me deprimo. No se puede evitar que haga piruetas detrás de la señorita Matthews que reza».

«Y ahora llega también el tiempo de dejar la escuela y usar faldas largas. Usaré collares y un vestido blanco sin mangas por la noche. Habrá fiestas en habitaciones brillantes; y un hombre me elegirá y me dirá lo que no le dijo a nadie. Le gustaré más que Susan o Rhoda. Encontrará en mí alguna cualidad, algo peculiar. Pero no permitiré ligarme a una persona solamente. No quiero estar fijada, estar trabada. Tiemblo, palpito, como la hoja del cerco, sentada al borde de la cama, con los pies colgando, con un día nuevo para empezar. Tengo cincuenta años, tengo sesenta años para gastar. Todavía no empecé mi provisión. Este es el principio».

«Faltan horas y horas», dijo Rhoda, «para que pueda apagar la luz y yacer suspendida en mi cama sobre el mundo, para que pueda dejar caer el día, para que pueda dejar crecer mi árbol, palpitante de pabellones verdes por encima de mi cabeza. Aquí no puedo dejarlo crecer. Alguien golpea a través de él. Hacen preguntas, interrumpen, lo derriban».

«Ahora iré al baño y me secaré los zapatos y me lavaré; pero cuando me lave, cuando incline la cabeza sobre la palangana, dejaré que me flote sobre los hombros el velo de la emperatriz de Rusia. Que ardan sobre mi frente los diamantes de la corona imperial. Oigo el rugido del populacho hostil al salir al balcón. Ahora me seco las manos, con energía, para que esa señorita, cuyo nombre no recuerdo, no pueda sospechar que amenazo con el puño a un populacho irritado. «Soy vuestra emperatriz, pueblo.» Mi actitud es de desafío, no temo. Yo triunfo. »

«Pero este es un sueño fugaz. Este es un árbol de papel. La señorita Lambert lo deshace con el aliento. El solo verla desaparecer por el corredor lo parte en átomos. No es sólido; no me satisface —este sueño de emperatriz—. Ahora que se abatió me deja aquí en el pasillo más bien temblando. Las cosas parecen menos claras. Iré a la biblioteca y tomaré algún libro, y leeré y miraré; y leeré otra vez y miraré. Aquí hay un poema sobre un cerco. Caminaré a lo largo y recogeré flores, de enredadera verde y el espino color de luna, rosas silvestres y hiedra trepadora. Las rodearé con las manos y las pondré sobre la superficie brillante del escritorio. Me sentaré a la orilla palpitante del río y miraré los nenúfares, grandes y brillantes, que encendían el roble que se inclinaba sobre el borde con rayos de luna de su propia luz de agua. Recogeré flores; entrelazaré flores en una guirnalda y las tomaré y las ofreceré —¡Ah! ¿a quién? Hay algún impedimento en el flujo de mi ser; una corriente profunda que da contra algún obstáculo; se sacude; tira; algún nudo del medio resiste. ¡Ay, esto es dolor, esto es angustia! Me desanimo, desmayo. Ahora mi cuerpo se deshiela; me abro, estoy candente. Ahora la corriente se vuelca en una marea profunda que fertiliza, abre lo cerrado, fuerza lo ceñido, que inunda. ¿A quién le daré todo lo que corre ahora por mí, de mi cuerpo caliente, poroso? Recogeré mis flores y las ofreceré —¡Ay! ¿a quién? »

«Los marineros andan por el paseo, y parejas tiernas; los ómnibus traquetean por la costanera hacia la ciudad. Daré; enriqueceré; le devolveré al mundo esta belleza. Enlazaré mis flores en una guirnalda y adelantándome con la mano tendida las ofreceré —¡Ah! ¿a quién?»

 

 

 

virginia-woolf-biografia--644x462Virginia Woolf . Nace el 25 de enero de 1882, en Londres.  Fue la tercera de cuatro hermanos. Su padre era sir Leslie Stephen, un destacado crítico literario e historiador. Su madre, Julia Duckworth, era miembro de una familia de editores importantes.

Woolf empezó a escribir artículos y críticas regularmente en el periódico The Guardian y para el suplemento literario de The Times. También fue invitada a dar clases en el Morley College, una escuela para mujeres y hombres de la clase trabajadora, donde esporádicamente enseñó literatura e historia inglesa.

En 1912 se casó con el economista e historiador Leonard Woolf, a quien conoció en las charlas intelectuales en Bloomsbury, y del que tomó su apellido. Cinco años más tarde ambos fundaron la editorial Hogarth Press.  Sus obras más famosas incluyen las novelas La señora Dalloway (1925), Al faro (1927), Orlando: una biografía (1928), Las olas (1931), y su breve ensayo Una habitación propia (1929).

El 28 de marzo de 1941, Woolf se suicidó.

 

 

 


Mario Giacchino, Las mujeres observadas, Editorial Tiempo Nuevo, S. A. Caracas, Venezuela.

 

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Foto: Leonard Woolf

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Un poema de Luis Eduardo Rivero Grooscors

 

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Acuarela crepuscular

 

(Para Manuel A. Lizarraga)

 

 

Romántica la tarde se deshoja,

como una flor de angustia, sobre el río

que perezosamente va diciendo

el monólogo triste de su hastío.

 

Siguen el serpenteo de sus linfas,

con curiosa mirada femenina,

dos bueyes que en la orilla acaso sueñan

con el túrgido encanto de una ondina.

 

Forma una algarabía de colores,

del crepúsculo con los tintes rojos,

el sol cual niño, lleno de temores,

 

desesperado ante la noche bruna,

hasta que al fin cerrando va los ojos,

porque le cuenta cuentos de luna.

 

 

 

(1920)

 

 

 

*

31-For5DtDLLuis Eduardo Rivero Grooscors. Nació en Tocuyito, estado Carabobo, el 16 de abril de 1897, en el seno de una familia católica, rasgo que marcará todos los actos de sus breves días entre nosotros. Sobresalió como un joven intelectual, poeta y político de la sociedad carabobeña. Fue uno de los exponentes y cultivadores de la poesía que inaugura el siglo veinte venezolano. Destaca también su desempeño en distintos periódicos regionales y nacionales. Tenía apenas 27 años de edad cuando la muerte le sobrevino. Falleció el 16 de octubre de 1924 en la ciudad de Valencia.

 

 

 

 

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Pintura: Pablo Picasso 

 

 

 

 

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